Bruce Chatwin, escritor viajero

El cineasta Werner Herzog prepara un documental sobre el legendario autor de En la Patagonia, a treinta años de su muerte
El cineasta Werner Herzog prepara un documental sobre el legendario autor de En la Patagonia, a treinta años de su muerte Crédito: Ulf Andersen / AFP
Pedro B. Rey
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13 de enero de 2019  

No es la primera vez que Werner Herzog pasó por la Argentina casi de incógnito. El cineasta alemán ya había bajado hasta la Patagonia a comienzos de los años noventa, cuando en el cerro Torre rodó Grito de piedra, una floja historia de alpinistas. Más de un cuarto de siglo después, en noviembre último, se lo descubrió filmando en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata el cuero de cierto perezoso extinguido (el milodón). Los pasos fueron igual de sigilosos, pero el desquite parece asegurado: todos los caminos de su nuevo proyecto conducen al escritor viajero Bruce Chatwin.

En su primer libro, En la Patagonia, Chatwin contaba que su fascinación por la región surgió por el supuesto fragmento de brontosaurio que poseía su familia (resultó ser en realidad de milodón). "Soy un gran admirador de Joseph Conrad y creo que Chatwin está a su altura", dijo alguna vez el cineasta. Herzog y Chatwin terminaron siendo tan cercanos que el segundo le dejaría como reliquia su mochila de caminante. El creador de Aguirre, la ira de Dios la sigue usando hoy en sus diversos periplos. A esa complicidad íntima , que permite imaginar a quién está dedicada su próxima obra –nadie más indicado que Herzog para retratar a Chatwin en un documental–, se le puede agregar un indicio cronológico. En 2019 se cumplen treinta años de la muerte del autor inglés (el 18 de enero de 1989) y el mundo del cine siempre es sensible a los aniversarios.

Más allá de la curiosidad compartida por los diversos rincones del mundo, Herzog se diferencia de Chatwin por el titanismo romántico que refleja su vastísima filmografía. El inglés, por el contrario, pertenecía a la casta de los temperamentos inquietos que transitan el mundo con fluidez, convencidos de que somos nómades por naturaleza. A falta de proezas físicas, de tanto escribir logró involuntariamente una comercial: que unas libretas casi extintas (las hoy famosas moleskine que, como cuenta en Los trazos de la canción, se dedicaba a acopiar como un coleccionista) reactivaran su producción.

La actividad literaria de Chatwin fue meteórica, como corresponde a su muerte temprana, a los 48 años, que no hizo más que agregarle leyenda a la leyenda que empezaba a ser en vida. Su mito de origen como escritor sigue siendo tan convincente que por momentos el personaje –con su estampa de apuesto inglés desvalido y el tumulto secreto de su vida, que Nicholas Shakespeare desglosó en una biografía impecable– parece imponerse sobre la diversidad de sus libros.

El mito sostiene que Bruce Chatwin llegó a la escritura casi de casualidad. Nació en 1940 en Sheffield, el norte de Inglaterra, de paso, por la simple razón de que su madre se había refugiado ahí durante la guerra. Hizo el secundario en una localidad cercana a las ruinas de Stonehenge, lo que parecía condenarlo a la curiosidad por lo remoto. Más tarde, a los 18 años, entró a trabajar como pinche en Sotheby’s, la famosa casa de subastas, donde se destacó –dice el rumor, que él no dejó de fomentar– por su ojo para la detección de obras falsas. Pronto quedó a cargo de los departamentos de antigüedades y cuadros impresionistas, un trabajo que le sirvió como coartada para algunos primeros viajes a destinos distantes. Sobre todo a Afganistán, el país que describió en The Road to Oxiana, de Robert Byron, el escritor viajero al que consideraba su maestro in absentia. A los 26 años, amparándose en un problema visual y otras fricciones laborales, dejó en suspenso esa carrera y se fue a estudiar arqueología en Edimburgo, antes de empezar a ganarse la vida como periodista en la revista de The Sunday Times (muchos de esos textos, algunos imperdibles, se reunirían en el póstumo ¿Qué hago yo aquí?). Tal la vida de Chatwin hasta 1977, cuando sorprendió con la publicación de En la Patagonia, libro que fue fogoneado por el recuerdo de aquel pedazo de cuero atesorado en el gabinete de curiosidades familiar.

En la Patagonia todavía hoy está considerado la piedra de toque que renovó un género con historia, pero percudido por el paternalismo colonial: la literatura de viajes. Una de las razones de su impacto inmediato deriva de la construcción fragmentada, en capítulos breves, secos y directos, que favorece el retrato de un paisaje poblado por individuos pintorescos, pero también por toda clase de historias. La inmigración galesa, los fantasmas de Butch Cassidy y Sundance Kid, los anarquistas o la lengua de los yaganes, guiados por esa primera persona entre activa y prescindente, volvieron a la Patagonia un territorio insólito para el imaginario europeo. Chatwin permaneció un semestre en el sur, tanto del lado argentino como el chileno. El brontosaurio no era un brontosaurio y muchos sospechan que, a su imagen y semejanza, no todo lo que el escritor describe es necesariamente verídico. Su hallazgo narrativo parece hoy una obviedad: que todo viaje escrito tiene tanto de realidad como de literatura. Críticas similares se le harían a Ryszard Kapuscinski con el casi contemporáneo El emperador, florido testimonio coral que el polaco recogió entre los servidores de Haile Selassie, el último monarca etíope.

El impacto de aquel primer libro fue tan fulminante que, acompañado de su figura de trotamundos solitario, que podía codearse con personajes de toda índole, parece haber fagocitado el resto de su obra.

No son muchos, pero sus restantes libros dejan en claro que literatura de viajes, con sus derivaciones turísticas, es una etiqueta por lo menos mezquina para calificarlos. El virrey de Ouidah (1980), mal recibido en su momento, mezcla de manera deliberada realidad y ficción para que se iluminen mutuamente. La historia de un traficante de esclavos brasileño, sobre el que Chatwin se documentó ampliamente en el antiguo Dahomey, da paso a una narración en espiral que abarca el fenómeno de la explotación en toda su dimensión. Su amigo Herzog lo llevó a la pantalla en Cobra Verde, película que será por siempre recordada por la escena final en la que el desmesurado Klaus Kinski ("enemigo íntimo" del cineasta) parece no terminar nunca de ahogarse entre las olas de una playa.

Colina negra (1982) es más directo todavía: por mucho que se haya informado sobre el lugar donde transcurre, el límite entre Inglaterra y Gales, se trata de una novela, sin más. Tal vez por ese prejuicio (¿puede un escritor de viajes ser novelista a secas?) es el libro más subvalorado de Chatwin. Injustamente, debe agregarse. Dos granjeros mellizos (la frontera pasa por el exacto medio de su propiedad) llevan una vida tan apartada que el siglo veinte transcurre a su lado sin que ellos se anoticien de su caótico ajetreo. Hoy se podría poner a Colina negra en contacto directo con la serie campesina (la que se inició con Puerca tierra) que otro inglés a trasmano, John Berger, había empezado a publicar por aquellos años.

En realidad Chatwin solo escribió otro libro donde el viaje cumple un papel central. En el controvertido Los trazos de la canción (1987), la obsesión del escritor por las culturas nómades se centra en los aborígenes australianos. El narrador recorre zonas remotas y desérticas –entre nativos, descendientes de colonos blancos, policías racistas– para develar una versión del mundo sagrada. La hipótesis es compleja: Chatwin considera que la lengua humana se inició como canto y sus pesquisas lo conducen al descubrimiento de que los nativos poseen un sistema de lectura de los hitos geográficos (una suerte de mapa oral al que llama Dreaming-tracks) que funciona a través de canciones. La potencia poética de su interpretación resulta –para decirlo con Rimbaud– abracadabrante, aunque todavía hoy se discute hasta qué punto puede ser cierta. El retrato de la Australia profunda que propone el escritor, en todo caso, puede leerse al mismo tiempo como una suerte de crónica antropológica y detectivesca.

Después de un último libro – Utz, dedicado, para cerrar el círculo de su expertise en el mundo del arte, a un coleccionista checo de porcelanas Meissen en tiempos del comunismo–, Chatwin proyectó la ambigüedad de su obra a su propia vida, que manejó siempre con reticencia. Casado con una experta en arte como él, no le faltaron amores de uno y otro sexos. Cuando supo que se había contagiado VIH prefirió contarles a propios y extraños que su decaimiento se debía a la ingestión de un extraño hongo o la mordedura de un improbable murciélago chino. Fue criticado por esa última fabulación, pero, contra los moralistas de siempre, puede pensarse que Chatwin entendió que la literatura también permitía mantener a raya la discriminación y preservar lo más importante, su misterio personal, hasta el último respiro.

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