Buenas noticias desde el jardín
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Para los que siguen esta columna y me preguntan por algunas de las historias cuyo final ha quedado abierto, aquí van las buenas y no tan buenas nuevas.
El ciprés de los pantanos, que trasplanté en agosto y cuya suerte era incierta, porque apenas tenía raíces y era un árbol de varios años de edad, brotó enérgico con los primeros calores y las primeras lluvias. Lo justo y sin lujos, porque está ahora trabajando en sus raíces, y solo el año próximo lo tendremos con ese voluptuoso verde antediluviano propio de los taxodios. Este asunto de los árboles es así, como ocurre con los buenos textos. Importa lo dicho y también lo no dicho. El laurel, por ejemplo, que planté hace tres años y medio y que por entonces tenía más o menos mi estatura, pasó los primeros dos años estableciéndose bajo tierra, y ahora está inmenso, elocuente y presuroso, cosa rara en los laureles.
Tres años es lo que me llevó tomarle el tiempo al terreno, que es aquí muy malo, y solo entonces me animé a liberar mi araucaria, cuya historia creo haber contado alguna vez. Cuando tenía veintipocos, fui a Bariloche y traje de allí una semilla gorda y promisoria que encontré debajo de unos árboles que para mí eran todavía raros, aunque había visto algunos en la ciudad. La semilla germinó y se convirtió en una plantita robusta y vital que superó el primer año (eso es mucho para un árbol) y luego siguió creciendo, hasta que hubo que cambiarla de latita y, después, mudarla a macetas cada vez más grandes. Esta araucaria atravesó cuatro mudanzas y unos cuantos accidentes causados por tormentas, y tras 33 años de confinamiento, la liberé. Eso fue en mayo. Desde entonces, y no sin inquietud, la fui a ver cada mañana.
Por fortuna, mi araucaria, una bidwillii, especie nativa de Australia y Chile, se llenó de brotes nuevos y, cosa que no había visto antes, se está deshaciendo rápidamente de las ramitas viejas, que van desprendiéndose solas, por la base, como las hojas en otoño. Está feliz.
Tenemos, como habrán notado, otra primavera fría. Ahí hay noticias menos buenas. Los lotos están creciendo lentos (una querida amiga, que me los regaló originalmente, me confirmó el sábado que los suyos se encuentran igual) y las cúrcumas aún no han asomado, aunque sé que sus raíces están brotando. Darán, como siempre, sus hojas de verde edén, pero no florecerán. La cúrcuma es una planta bellísima, noble y generosa, pero necesita mucho más calor que el que tenemos aquí para dar flores.
Por si alguno sigue pensando que los bichos son molestos, peligrosos y todo eso que se dice de los insectos, aquí va una anécdota de primera mano con un morrón. Cada vez que cortaba un morrón, le sacaba las semillas y las arrojaba sin mayor cuidado en una maceta que teníamos en la cocina y donde languidecía un helecho de arroz, que es anual y estaba terminando su ciclo de vida. Mi planteo era que todos esos videos de YouTube donde aconsejan técnicas extravagantes para cultivar hortalizas son un cuento. Quedó demostrado. Mis morrones crecieron hasta dimensiones selváticas y luego, puntualmente, florecieron. Pero de frutos, nada. Cuando armamos la huerta –quedó muy linda, aunque mi plan es usarla casi exclusivamente para aromáticas–, trasplanté allí los morrones, que en cosa de un mes se ha llenado de frutos, gracias a la silenciosa colaboración de los insectos polinizadores.
Y antes de que alguien venga con ideas bonitas pero inviables, no podemos tener solo polinizadores. Los ecosistemas son eso: sistemas. Se necesitan abejas y mariposas –que tienen buena prensa–, pero también libélulas, arañas y hormigas. Si tan solo pudiéramos ver esto, daríamos un gran paso. Ah, y hablando de hormigas, el sauce que estos sociales y tenaces bichitos se habían devorado el año pasado ha vuelto a brotar, más fuerte que antes. Serán insectos, pero no son tontos.






