Buenas vecinas: dos galerías porteñas programan arte nuevo en simultáneo

Obra de Cecilia Ivanchevich en Cecilia Caballero
Obra de Cecilia Ivanchevich en Cecilia Caballero
Cecilia Caballero y Miranda Bosch impulsan un circuito en Recoleta
Daniel Gigena
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10 de noviembre de 2016  • 15:16

¿Para qué reforzar los estereotipos negativos sobre el mundo del arte cuando se pueden señalar sus virtudes? Además, todo el mundo sabe que si hay algo que no debe ser reforzado son los clichés. Dos galerías porteñas, Cecilia Caballero Arte Contemporáneo y Miranda Bosch, programan sus muestras en fina sintonía desde 2016. En ambas galerías suelen apostar por las producciones de artistas jóvenes, a los que ceden el espacio para que tomen riesgos, experimenten y ensayen nuevas formulaciones de obras en proceso.

Nada en el arte está dicho de antemano; los grandes maestros no nacieron con la obra maestra bajo el brazo y hay que equivocarse para crecer. La toma de posición de las dos galerías de Montevideo al 1700 recrea un lema del arte moderno: para qué hacer siempre lo mismo si se puede intentar algo diferente. En diciembre, las dos galeristas convocarán a otras vecinas, como Cosmocosa y Rubbers, a fomentar un circuito dentro del circuito del arte local.

Intervención de Cecilia Ivanchevich sobre la pared de la galería Cecilia Caballero
Intervención de Cecilia Ivanchevich sobre la pared de la galería Cecilia Caballero Crédito: Gentileza Cecilia Ivanchevich

Un arte de la fuga

En Montevideo 1720, sede de Cecilia Caballero Arte Contemporáneo, la artista Cecilia Ivanchevich no sólo expone sus trabajos en tinta china sobre papel. Para montar Contrapuntos, intervino por completo los dos niveles de la galería, a la que ocupó con instalaciones de elementos geométricos, por fuera de los marcos de las obras, en una versión amable de un arte de la fuga.

Esos elementos, iluminados con luz negra y luz blanca, componen zonas de transición entre las obras en papel de Ivanchevich, donde formas geométricas y otras orgánicas (negro sobre blanco) acrecientan “tensiones y distensiones”, como señala Lorena Alfonso en su texto sobre la muestra. El gesto y el trazo, ambos resueltos a mano alzada, conviven en planos dinámicos similares a mapas, a croquis, a la notación de una improvisación musical. Se puede decir que el espacio de la galería intervenida se asemeja al de un club de jazz, con atmósfera nocturna y bohemia incluso a las tres de la tarde de un radiante día de primavera.

Vista de la galería Cecilia Caballero
Vista de la galería Cecilia Caballero

Hay un acento risueño en la obra de Ivanchevich, un dadaísmo aplicado en contra de la seriedad de las postulaciones formales y teóricas del arte abstracto. Colaboradora de Luis Felipe Noé desde hace años, la artista nacida en 1977 en Quilmes parece haber aprendido que el plano es un campo de operaciones. Un campo libre. “Los elementos geométricos de las instalaciones presentan el alfabeto con el que trabajo”, dice. Desde la calle, los transeúntes se detienen a descifrar ese conjunto de formas blancas, casi lilas bajo la luz, elegante y poético, sobre fondo negro. El espíritu de Kazimir Malevich recorre Barrio Norte.

Obra de Cecilia Ivanchevich en Cecilia Caballero
Obra de Cecilia Ivanchevich en Cecilia Caballero Crédito: Gentileza Cecilia Ivanchevich

¿Y su punto de vista cuál es?

En la vereda de enfrente, en Montevideo 1723, las instalaciones de Miranda Bosch se convirtieron en escenario del drama de los nuevos trabajos de Matías Ercole. En pocos años, Ercole pasó de ser un dibujante de frondas, de escenas de la naturaleza, pedregosas o volcánicas, e imaginadas con grafito, a una suerte de director de óperas protagonizadas por pinturas de gran formato.

A los montajes en apariencia caprichosos de las obras, a sus dibujos barrocos y oscuramente significantes, al desarrollo de un arte sublime con elementos módicos, sumó ahora perspectivas forzadas para la contemplación de las obras. Si alguien lo ignoraba, las obras de Ercole advierten que mirar es un acto menos ingenuo y sencillo de lo que se supone.

Instalación de Matías Ercole en Miranda Bosch
Instalación de Matías Ercole en Miranda Bosch

Cuatro trabajos integran y quiero agradecer/ una vez más a dios/ que hizo/ como todos sabemos/ todo/ y que hizo/ como todos sabemos/ nada (el título de la muestra es parte de un poema de Mariano Blatt). A la primera pintura-instalación se llega luego de trasponer unas cortinas que remedan los colores de un atardecer sin nubes. ¿Pero cuál es la pintura? ¿El cuadro pintado de negro que clausura la visión de un eclipse o ese paisaje astronómico con dos soles compuesto, por primera vez en la trayectoria de Ercole, con pintura de látex de colores?

En otra sala, el “remix” de un cuadro archiconocido de Caspar Friedrich (Caminante sobre un mar de niebla), del que Ercole borró la figura humana, sitúa al espectador a una distancia prudente, como si la niebla pudiera avanzar desde la mirada hacia la obra, y no al revés. La iluminación de la sala irradia la blancura atribuida a la obra.

Instalación de Matías Ercole en Miranda Bosch
Instalación de Matías Ercole en Miranda Bosch

Las dos propuestas ubicadas en el segundo piso son aún más radicales. En una típica pintura de la iconografía de Ercole, con volutas, bucles y rayas sobre fondo negro, el artista porteño nacido en 1987 agrega a la imagen unas manos que dibujan. Y como si fuera un fresco religioso pintado en los techos de una iglesia, obliga al espectador a mirar hacia arriba para apreciar el trabajo. La “obra-dios” de Ercole ilustra su propio génesis.

Al final, con un solo punto de apoyo, una enorme pintura parece avanzar de la pared al pasillo de la galería. Con pícaro sadismo, la pose del cuadro obliga a ponerse de rodillas para ver en profundidad. O en superficie: la obra de Ercole desactiva esa distinción.

Ambas muestran cierran al unísono el 18 de noviembre.

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