Casita robada, una historia familiar que es una historia del país
María Josefina Cerutti es la autora de un libro que trata sobre el secuestro, la desaparición y el robo millonario que el almirante Massera cometió contra su familia
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Desde la cocina llega el olor a café. Italiano, fuerte. La socióloga y escritora María Josefina Cerutti invita a pasar al corazón de su casa. No bien comienza la charla ya se menciona aquella otra cocina, la de la Casa Grande, en Chacras de Coria, Mendoza, que convocaba cada verano a su familia de bodegueros donde su abuela, también Josefina, era la patrona. Sobre la mesa, en la intimidad de su hogar en el barrio porteño de Belgrano R, está su libro recién impreso, su historia familiar, un espacio que no es verdad ni fábula, sino las dos a la vez.
Casita Robada (Sudamericana, 2016) trata sobre el secuestro, la desaparición y el robo millonario que el almirante Massera cometió contra la familia Cerutti. En palabras de su autora, es la historia de una familia. "Son pinceladas de una familia de inmigrantes italianos, que se dedicaron al vino, que se hicieron l’ America y que después vieron qué se podía hacer con eso. Siempre atravesados por la historia del país y todo contado desde adentro de la casa", dice Josefina.
El libro es una crónica en primera persona que empieza con su bisabuelo piamontés Manuel Cerutti, que creó en 1927 la empresa Bodegas y Viñedos de Manuel Cerutti y que, tras su muerte, su hijo Victorio heredó la Casona de Chacras. "La Casa Grande fue nuestra cuna. La misma cuna donde Victorio y Josefina mecieron a sus hijos: Horacio "Tati", Jorge "Coco" (mi padre), María Beatriz Modesta "Malou" y Juan Carlos, el "Buby Cerutti". Y a sus catorce nietos", relata Josefina en el inicio del libro, cuando se empieza a dibujar un árbol genealógico que por momentos se parece al de los Buendía en Cien años de soledad.

Y el libro relata, también, cómo el grupo de tareas 3.3.2 de la Armada Argentina -"las bestias"- a las 2 de la madrugada del 12 de enero de 1977 metieron sus autos en el jardín de la Casa Grande y bajaron vestidos de azul y borceguíes, medias en la cara y armas en las manos y a los empujones (y encapuchados) se llevaron a Victorio (75 años) y a su yerno Omar Masera Pincolini (42 años). Ambos estuvieron secuestrados en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el campo clandestino de detención de la marina militar al mando del ex almirante Emilio Massera. Los sobrevivientes que dieron testimonio en el Juicio a las Juntas y en la megacausa ESMA los vieron. También se supo que los tiraron al Río de la Plata desde algún avión de la marina. "El Río de la Plata se tragó la cara flaca de Victorio, su sonrisa abierta, sus manos grandes y huesudas. Ese río-mar que le había desagradado tanto a su padre noventa y un años atrás me arrebató los brazos abrazadores de Victorio", escribe su nieta Josefina en Casita robada. "Siempre que llego a este lugar del libro lloro". Su voz se ahoga, contiene el llanto, bebe un sorbo de café ya tibio.
La historia no termina allí. La Casa Grande, que fue la infancia de Josefina, le fue robada. "Il mio paese", dice ella, que vivió en Italia y tiene prestas en la boca expresiones italianas, muchas heredadas, que la nombran. "Mi pueblo, también mi país. Perderla fue traumático", escribe. La peor despedida de la infancia. La evidencia es que aun 40 años después llora esa pérdida.
"Unos cuatro meses después del secuestro, la finca de Victorio apareció con otros dueños. Con un acta de asamblea fraguada en los sótanos de la ESMA, obligaron a Victorio a firmar la sesión de sus propiedades", relata Cerutti. Y se explaya durante varios capítulos en la reconstrucción de una historia -mediante testimonios, citas de libros, fragmentos de artículos periodísticos, extractos del Juicio a las Juntas- que conducen al almirante Massera como responsable de este saqueo millonario de la empresa vitivinícola de los Cerutti. Algunos de los datos expuestos en el libro que llaman la atención son el recorrido que hace la autora sobre las relaciones políticas y económicas de su tío "Buby" con los Montoneros.
Casita robada (o roba montón), el juego de cartas con el que gastaban las eternas tardes de verano los primos en la casona de Chacras, entonces un pueblito en las afueras de la ciudad de Mendoza.

Después de las esquirlas, el exilio. "Como digo en el libro, fue una explosión para nosotros", afirma. Toma el libro, lo abre y lee: "La bomba que estalló en el corazón del patio, esa que explotó debajo del colchoncito de nuestra cuna, fue tan potente y arrasadora que hizo de la Casa Grande una montaña de esquirlas desperdigadas por el planeta". Y repasa: en la Argentina quedaron "Coco" y Josefina en Mendoza, "Kuky" y sus hijos, en Buenos Aires, "Buby" y su familia, más los Malou y los suyos, en Distrito Federal, Mónica y su hija Valeria, más Horacito y Norma con su hija en Ecuador. Señala la foto de la contratapa del libro. "Fue un horror y todavía hoy lo padecemos. Ninguno de los primos está a salvo de esa historia, de todos los que estamos en esta foto, todos lloramos por esta historia hoy".
Así, desheredados, heredaron un mundo.
- ¿Cómo fue hacer memoria?
- A mí me encantó un libro que se llama Nada se opone a la noche, de Delfine De Vigan, donde la autora cuenta la psicotización de su madre sin ficción. Porque mi problema era cuando quería convertir mi historia en ficción. Hice varios intentos pero llegaba a un punto y no podía seguir, cuando tenía que entrar en el secuestro me quedaba ahí. Cuando leí ese libro me propuse yo también contar lo real, lo que para mí fue la realidad. Entonces probé de hacerlo así y cuando empecé salió, fue rodando como una película: tenía un archivo con todas las cartas que mi papá se mandaba con los parientes, tenía mi archivo de cartas con mis tíos y mis primas; eso me sirvió mucho porque una carta me llevaba a un recuerdo y así. Creo que conocí mejor a mi familia después de haber escrito el libro.
Josefina dice que se imaginaba con una cámara en la Casa Grande, donde la gente iba apareciendo. "Me gusta mucho el cine y yo siempre decía: mi familia es una película", dice. En la historia de los Cerutti late ese sentir italiano. Tienen algo de Novecento (Bernardo Bertolucci, 1976), de La caída de los dioses (Luchino Visconti, 1969), de El jardín de los Finzi-Contini (Vittorio de Sica, 1970).
- Vos decís que empezaste a escribirlo hace 40 años, ¿por qué creés que lo pensaste desde chica?
Josefina lee: "Me quedé mirando a mi primo, que siempre tuvo un aire entre tierno y soberbio. El no me vio. Volví a bajar pero me detuve. Quise escuchar mejor las teclas, que eran letras, que eran manos. Me prometí escribir la Casa Grande".

- El capítulo "Teclas" es clave. Ahí está mi primo escribiendo a máquina. Me parecían todos tan personaje, esa casa. De chica ya los miraba con curiosidad a todos. Por eso en este libro la protagonista es la casa: el jardín, la entrada, la cosa italiana.
Josefina trae una compotera de almendras a la mesa. Convida y se sirve.
- ¿Cómo fue bucear en la intimidad de la historia familiar?
- No pensé si ellos querían contarlo o no. Conté mi punto de vista de esa historia con la mayor sencillez posible. Entiendo el interés por el secuestro y el despojo, que para mí también fue clave, pero además Casita robada es mi apuesta a la literatura.
En un momento del libro relata la violencia de su padre hacia "Kuky", su mamá. "Trato de querer a las personas por lo que son y no por lo que deberían ser. Con todas las dificultades. Siento que aprendí a mirar a las personas en su humanidad: todos hicieron lo que pudieron hacer", dice. "La gente es así, ¿quién no es así? Cuento cosas duras de mi familia, pero también, amorosas. En lo doloroso de esta historia, yo a mi familia la quiero, la quiero a toda. Al único que ya no quiero es a mi tío "Buby", porque agregó desastre al desastre, pero si yo pudiera...si yo pudiera verlos de nuevo me encantaría. Era mis amores. Entonces, en esa latencia escribí".







