
Causas de la riqueza de un país
Por Alexander Stille The New York Times
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NUEVA YORK
¿Por qué, desde que terminó la Guerra Fría, Polonia ha prosperado y Rusia lucha por sobrevivir? ¿Por qué la economía surcoreana es quince veces mayor que la de Ghana cuando, hace menos de cuatro décadas, eran comparables? ¿Por qué han medrado las minorías chinas en lugares tan disímiles como Malasia, las Filipinas y San Francisco? En todos los casos, la respuesta es: por la cultura. Así lo afirma un número creciente de investigadores, convencidos de que las actitudes sociales importan más que la política y la economía para determinar por qué algunas sociedades son más ricas que otras.
"Si algo hemos aprendido de la historia del desarrollo económico, es la importancia casi absoluta de la cultura", declara David Landes, profesor de historia de Harvard, en Culture Matters: How Values Shape Human Progress ("La importancia de la cultura. Cómo modelan los valores el progreso humano", Basic Books), una nueva colección de ensayos que viene a ser un manifiesto en favor de esta escuela de pensamiento, cada vez más influyente. Sin embargo, este último avatar de la tesis sobre la importancia de la cultura, que alcanzó popularidad a comienzos del siglo XX, perturba a los investigadores y planificadores políticos.
Importancia de la cultura
Por empezar, cuestiona las premisas de los economistas de mercado y los pensadores liberales y marxistas, que coinciden en atribuir una importancia primordial a los programas políticos y económicos como guías de los valores y actitudes sociales. "El pensamiento económico clásico presupone que las personas son agentes racionales que maximizan la utilidad y buscarán su propio interés económico. La idea de que la cultura importa, que pueblos diferentes tienen funciones utilitarias diferentes o incluso pasan por alto las normas racionales de maximización de la utilidad, es muy subversiva en relación con el proceder de la mayoría de los economistas", expresa Benjamin Friedman, profesor de economía política de Harvard y partidario declarado de la importancia de la cultura.
Sus implicaciones políticas son aún más controversiales. El libro crea un mapa de la cultura mundial comparando diversos valores culturales: por ejemplo, la confianza entre personas, la tolerancia, las actitudes hacia la autoridad y la libertad individual. Editado por Lawrence E. Harrison y Samuel P. Huntington, profesores ambos de Harvard, sostiene la existencia de correlaciones sorprendentes entre el desarrollo económico y el democrático, entre el nivel de ingresos y la religión.
Ronald Inglehart, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Michigan, escribe: "El hecho de que una sociedad haya sido históricamente protestante, ortodoxa, islámica o confuciana genera zonas culturales con sistemas de valores muy distintivos, que persisten cuando verificamos los efectos del desarrollo económico". Así, afirma Inglehart, Nueva Zelanda tiene más puntos en común con el lejano Canadá que con la vecina Indonesia, y la Argentina, con su historia de una fuerte inmigración italiana, tiene más en común con Italia que con algunas sociedades sudamericanas cercanas.
Soluciones estructurales
Tales juicios perturban a no pocos estudiosos. "Se ha pasado de un racismo basado en el color de la piel a un racismo basado en la cultura, lo cual no quiere decir que la cultura no influya en nuestra identidad y nuestro modo de actuar", opina Moustafa Bayoumi, docente del Brooklyn College que investiga los escritos de esclavos musulmanes en los Estados Unidos.
Sin duda, la tesis de que la cultura importa tiende a polarizar a la gente. Los conservadores se inclinan a ver en ella la evidencia de que la pobreza no se resuelve mediante la ayuda estatal, sino con un cambio cultural interior entre los pobres. Los liberales ven la prueba de que la pobreza no es incurable, sino que está supeditada a soluciones estructurales, políticas y económicas. Como dice Huntington, el principal teórico de la nueva escuela, citando a Daniel Patrick Moynihan: "Para los conservadores, la verdad central es que la cultura, y no la política, determina el éxito de una sociedad. Para los liberales, la verdad central es que la política puede cambiar una cultura y salvarla de sí misma". © La Nación





