Cintas porteñas

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18 de octubre de 2017  

Según la tradición, el 25 de mayo de 1810, Domingo French y Antonio Beruti repartieron entre los vecinos cintas blancas y cintas rojas, simbolizando la unión del pueblo porteño y, también, su vocación de lucha. En 1832, Juan Manuel de Rosas, gobernador de Buenos Aires y "restaurador de las leyes", con peores modales, hizo obligatorio el uso de la divisa punzó, incluso entre los alumnos de las escuelas, para distinguir los "buenos federales" de los "salvajes unitarios".

Más recientemente, los porteños adoptaron de nuevo las cintas rojas, pero con una finalidad ajena a la cosa pública y mucho más ruin y mezquina: tapar las chapas patentes de autos y motos para evitar las multas.

Hacía tiempo que esa picardía se veía por la calle. Pero, al difundirse las fotomultas e incrementado las sanciones, el incentivo para ocultar la identidad de los vehículos creció en forma exponencial. Dos años atrás, la Legislatura porteña sancionó una ley que triplica la multa por esa falta contravencional, pero los agentes de tránsito no parecen alcanzar. De modo que el ocultamiento sigue proliferando, a menos que vecinos lo denuncien enviando fotografías mediante la aplicación creada por el gobierno de la ciudad.

Hay coleccionistas de fotos curiosas que publican las variantes que la inventiva popular utiliza para salvarse de las cámaras: las clásicas cintas rojas, las brillantes calcomanías, los banderines argentinos o trapos colgando del baúl, los "pegotes" de barro, las cintas adhesivas sobre las letras, las falsas bochas de remolque, las abolladuras intencionales, los tornillos que simulan legalidad?, hasta ramitas y flores secas, como formas poéticas de burda chapucería.

Hasta allí, parecen divertidas demostraciones de creatividad para zafar del ojo fiscal con herramientas rudimentarias, casi inocuas, dentro de lo permitido por la moral colectiva. Pero, tan pronto se profundiza un poco más, el tema tiene ribetes preocupantes. Quien coloca las cintas rojas o sus múltiples sucedáneos no sólo quiere evitar un costo monetario, sino también tener carta blanca para violar las leyes de tránsito sin sanción, con un privilegio distinto al resto de los conductores. Al comienzo, era una práctica común en vehículos destartalados que proclamaban a los cuatro vientos su incapacidad para circular conforme a las normas. Pero ahora quienes lucen las nuevas combinaciones alfanuméricas también se apresuran a decorarlas como aquéllos, se trate de un auto de alta gama, uno deportivo o una camioneta familiar, sin importarles mucho el ejemplo que dan a sus hijos. También las utilizan taxis y remises, como forma de reducir costos haciéndose invisibles a la tecnología.

Si pensamos que las normas soslayadas sirven para mejorar la convivencia disminuyendo los accidentes, ordenando el tránsito, otorgando prioridades en los cruces, estableciendo reglas para circular, pasar y detenerse, sólo puede concluirse que los "inofensivos" portadores de la divisa punzó configuran un sector antisocial, egoísta y eventualmente dañino.

Hay una relación estrecha entre la propagación de esta artimaña y otros vicios tolerados que ensombrecen nuestra catadura moral, como la evasión impositiva, las zonas liberadas, los mercachifles callejeros, las recaudaciones policiales, los negocios con planes sociales, los abultados viáticos y viajes de legisladores y otros abusos de lo colectivo en provecho propio habituales y tolerados.

En otras opiniones editoriales nos hemos referido a la importancia del capital social como elemento primario de cohesión entre los ciudadanos sobre el cual se construye todo el edificio de la convivencia pacífica. El capital social se nutre de la confianza recíproca, de la previsibilidad de las conductas del prójimo, de la empatía en la interacción diaria. Que todos se sientan parte del mismo país, de la misma ciudad, del mismo destino.

Mientras veamos con naturalidad estas hilachas que se sueltan de nuestra forma de ser argentina, es señal de que aún falta mucha educación en valores. Si las cintas rojas se han multiplicado, se debe a la ausencia de sanción social y no sólo a la complacencia policial. Como en tantas otras esferas de nuestra vida en común, es indispensable un mayor compromiso ético de todos.

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