Aprender a manejar la polaridad

Diego Serebrennik
Diego Serebrennik PARA LA NACION
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15 de agosto de 2019  

Nuestras crisis recurrentes se han convertido desde hace tiempo en síntomas de una alta conflictividad entre dos polos, la cual se remonta al nacimiento de la nación. A pesar de que cada uno intentó siempre eliminar al otro, el otro siempre regresó. Desde el punto de vista económico, uno de los polos, al que suele llamarse liberal, propone el desarrollo a través del aprendizaje y el intercambio con las naciones más desarrolladas, y el otro, al que suele llamarse popular, propone un desarrollo autónomo que minimice el riesgo de ser dominado por esas mismas naciones.

Todo ser humano necesita momentos de apertura y momentos de protección para desarrollarse. Elegir una sola de estas estrategias le resulta fatal. De la misma manera, la falta de reconocimiento mutuo de la legitimidad entre nuestros dos polos históricos nos ha llevado a la decadencia a largo plazo. Si queremos desarrollarnos debemos considerar esta alternancia inevitable como una polaridad a manejar y no como un problema a resolver.

Al reconocer esto, las expectativas de las personas se templan, suavizando los ciclos y reduciendo la volatilidad. Esto permite tener una mirada dinámica de las alternancias, haciendo que estas ocurran con fluidez. No aceptar la legitimidad del otro provoca que en cada inevitable cambio de ciclo haya un quiebre. ¿Cómo manejar una polaridad? Cada extremo tiene su lado positivo (la protección y la apertura cuando son necesarios) y su lado negativo (los excesos o defectos de cada una). Se debe entonces tomar lo mejor de cada polo a medida que estos se van expresando a fin de lograr nuevas síntesis superadoras. Esto es el desarrollo.

Como ejemplo podemos citar la aceptación por parte del polo popular de la necesidad de cierta libertad económica y por parte del polo liberal de cierta igualdad económica. En cambio, si combaten entre sí por no ser conscientes de que se necesitan, surgirá en cada ciclo una nueva síntesis con lo peor de cada uno, llevando el sistema a la decadencia.

Reconocer al otro implica aceptar su legitimidad a pesar de no comprenderlo y hacerse cargo de las consecuencias que las propias acciones tienen sobre el otro. Esto permite admitir lo bueno y lo malo de cada uno. Lo opuesto nos lleva a buscar solo argumentos confirmativos de nuestra cosmovisión, encerrando nuestro pensamiento y nuestra acción en círculos viciosos.

El otro polo siempre nos desafía dolorosamente porque es imposible entenderlo, ya que está fuera de nuestra cosmovisión. El diálogo y la libertad de expresión de la democracia permiten que el que está en la oposición pueda dialogar dentro del sistema y no busque destruirlo debido a su resentimiento por quedarse afuera.

Para lograr la estabilidad que haga posible el desarrollo, se requiere admitir que ambos son necesarios: que hay momentos para abrirse y momentos para cerrarse, momentos para que lideren las elites y otros para que lidere el pueblo, momentos para priorizar el capital y momentos para priorizar el trabajo, momentos para el progresismo y momentos para el conservadurismo. Nuestro sistema pacífico para dirimir cuál es cada momento es la democracia republicana.

Esto no quita que también haya momentos para radicalizarse, ya que la historia nos pone a veces en situaciones extremas. En ellas, la mentalidad combativa percibe que tiene una causa legítima por la cual vale la pena utilizar medios disruptivos, pues siente la urgencia de emerger. Pero perpetuarse en esas actitudes hace que esos medios no confesables se naturalicen, conduciéndonos a la corrupción y a la decadencia. A través de 200 años, nuestro país avanzó dolorosamente hacia democracias cada vez más inclusivas e institucionalizadas, atravesando las guerras civiles, alternancias entre autocracias y golpes de Estado e importantes crisis recurrentes, llegando finalmente a la polarización actual.

Estamos hoy por primera vez ante dos candidatos racionales al frente de los dos polos de nuestra historia. Esto es un indicador de que las mayorías prefieren el diálogo constructivo, lo cual da un marco para la estabilidad y el crecimiento. Separados no tienen mucho para dar, juntos pueden empezar a encaminar el país. Necesitamos urgentemente que cada polo vea al otro como legítimo, con sus pros y contras y como partes de una alternancia que nunca va a desaparecer, buscando constantemente sinergias entre ambos. Esto es lo único que nos puede dar una base para iniciar un camino de desarrollo, que, a través del diálogo, por primera vez nos incluya a todos.

Ingeniero agrónomo

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