El coronavirus resolvió “la paradoja de la productividad”

Emilio Ocampo
Emilio Ocampo PARA LA NACION
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2 de mayo de 2020  

Hace ya 50 años, el 4 de abril de 1975, Bill Gates y su amigo Paul Allen fundaron Microsoft para diseñar un lenguaje de programación Basic para Altair, la primera computadora personal. Un año más tarde, en un garaje de California, Steve Jobs, Steve Wozniak y Ron Wayne diseñaron la Apple I, que rápidamente se convirtió en la primera computadora personal con proyección comercial a gran escala. Para entonces, desde hacía una década al menos, los mainframes de IBM automatizaban la preparación de extractos bancarios y la facturación de las compañías de gas y electricidad. La tercera revolución industrial, que había comenzado en los años sesenta, entraba en una fase de rápida expansión. De 1970 a 1990 la capacidad computacional en la economía norteamericana se duplicó. En ese último año la inversión en tecnología de información (IT) representaba 24% del total de la inversión total. Pero como comentó irónicamente el premio Nobel de Economía Robert Solow se podía "ver la era de las computadoras en todas partes excepto en las estadísticas de productividad". Esta anomalía pasó a conocerse como "la paradoja de la productividad".

Sin embargo, la situación se revirtió durante los 90. A fines de la década alcanzaba casi 3% por año, un nivel históricamente alto. Para ese entonces, gracias a la irrupción de la world wide web como herramienta de negocios y los avances en telecomunicaciones comenzaba la Cuarta Revolución Industrial (también conocida como la Revolución Digital). En Estados Unidos la inversión en IT ya representaba casi un tercio del total, gran parte en hardware. Pero en la primeras décadas del siglo XXI la productividad volvió a desacelerarse aun más rápidamente que durante los ochenta.

En 2012 el economista Robert Gordon publicó un ensayo muy influyente en el que argumentó que la economía norteamericana se encaminaba hacia un estancamiento secular. La Cuarta Revolución Industrial no tendría el mismo efecto que las primeras. En vez de aumentar la productividad de la economía, la innovación tecnológica estaba enfocada en la miniaturización y dirigida mayormente al entretenimiento. Existía una diferencia fundamental entre las innovaciones de la Segunda Revolución Industrial, como por ejemplo el motor de combustión interna y el agua y la electricidad corrientes, y aquellas surgidas desde los inicios del siglo XXI, como el iPhone, la iPad y la infinidad de aplicaciones que ambos dispositivos permiten utilizar. Aquellas habían tenido un impacto fundamental tanto sobre la actividad económica como sobre la calidad de vida de la gente, mientras que estas eran, en su opinión, prescindibles.

Siguiendo esta misma argumentación, en 2014 un informe especial de la revista The Economist que llevaba como título "La tecnología no está funcionando", concluyó que la Revolución Digital no había cumplido su promesa de aumentar la productividad y generar empleos de mayor calidad. Al año siguiente, Gordon volvió al ataque y señaló que el aumento de la productividad desde 1972 hasta 2014 era un tercio del que había tenido lugar entre 1920 y 1972. Su prognosis era muy pesimista: el desempeño de la economía norteamericana desde la crisis de 2008 confirmaba la hipótesis del estancamiento secular. Los hechos parecían darle la razón: a fines de 2018 la productividad en Estados Unidos prácticamente no había aumentado.

¿A qué viene a esta reseña histórica? A que gracias al coronavirus la productividad supuestamente "invisible" de la Cuarta Revolución Industrial se hizo más visible y tangible que nunca. Lo cual confirma que la paradoja en gran parte era un problema de medición. Lo que está fuera de duda es que si no fuera por la capacidad de trabajar de manera remota que permiten las innovaciones que tanto criticaba Gordon, la caída en el PBI per cápita mundial sería mucho mayor de lo que será (proyecciones recientes del FMI la ponen en -4,7%). Imaginemos si esta pandemia hubiera ocurrido en 2002 cuando apareció el primer caso de SARS en China. El efecto económico del aislamiento habría sido devastador. En aquel entonces la capacidad de trabajar de manera remota desde el hogar era mucho más limitada no solo por la falta de software (la aplicación Skype recién se inventó al año siguiente), sino también por el menor ancho de banda.

La crisis del coronavirus ha acelerado la adopción de las nuevas tecnologías de comunicación en todos los niveles de la sociedad. Aquellas actividades que no requieren interacción física presencial se han trasladado al mundo virtual con una rapidez sorprendente. En la Argentina uno de los sectores donde la adaptación ha sido particularmente notable es el educativo, que, al menos en el sector privado, en todos los niveles, sigue funcionando sin mayores problemas.

Cuanto más duren las restricciones al contacto humano presencial, mayor será el impacto de estas nuevas tecnologías. Independientemente de lo que decidan los gobiernos, es probable que la "normalización" recién ocurra cuando se haya encontrado una vacuna efectiva para el coronavirus. En el pasado se consideraba como mínimo un período de 18 meses. Dada la urgencia, es probable que esté disponible antes de fin de año.

Los cambios provocados por esta crisis serán en muchos casos irreversibles y modificarán tanto la manera en que trabajamos como aquella en la que interactuamos. Es probable que en el plano económico, al igual que en otros, el mundo experimente un cambio estructural significativo. Aquellos países que en vez de acompañar la aceleración del cambio tecnológico busquen frenarlo quedarán cada vez más rezagados. En la Argentina enfrentamos un desafío adicional. Serán necesarias además, una racionalización del Estado y una reducción significativa de su costo. Caso contrario, la pandemia contribuirá a acelerar el colapso de la economía.

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