La crisis amenaza el predominio de los moderados

Sergio Berensztein
Sergio Berensztein PARA LA NACION
Para el kirchnerismo, 2020 es el año de acumular poder; en 2021, volverían al silencio y un discurso light que les permita seducir al electorado
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8 de mayo de 2020  

Las consecuencias económicas y sociales de la pandemia serán tan terribles que pronto los argentinos recordaremos con justificada melancolía el durísimo escenario económico que teníamos antes de la irrupción del coronavirus. Entonces, solo padecíamos una inflación altísima, dos años seguidos de caída del producto y un súbito incremento de la pobreza y la marginalidad en un contexto de enorme desconfianza en el país, que lo dejó sin crédito y que obligó a implementar un severísimo ajuste en las cuentas públicas. Aquella durísima crisis había diluido el ingreso tanto de sectores medios como populares, allanando el camino para el triunfo de Alberto Fernández. La lección es muy clara: ser oposición en un contexto tan complejo permite capitalizar los errores y el desgaste de los gobiernos para, sin demasiado mérito, convertirse en una opción electoral competitiva.

Es prematuro especular qué impacto tendrá en las urnas esta coyuntura sin precedente. Hasta ahora, el Presidente conserva una imagen positiva muy alta, en especial por el manejo de la emergencia sanitaria y a pesar del descalabro económico. Considerando que Macri se convirtió en un temprano jubilado político como consecuencia de una crisis que, en dos años, acumuló una caída bastante menor de la que la economía argentina experimentó en los últimos dos meses... ¿Qué ocurrirá el año próximo durante las elecciones de mitad de mandato? ¿Cómo cambiaría el equilibrio interno dentro del Frente de Todos en caso de que le toque perder en 2021?

Pareciera que Cristina Fernández de Kirchner no hubiera aprendido de los errores de 2009, 2013, 2015 y 2017: las posturas muy ideologizadas, las propuestas radicalizadas, ahuyentan al electorado independiente y moderado y precipitan duras derrotas en comicios en los que candidatos a menudo poco conocidos y coaliciones endebles e improvisadas logran resultados sorprendentes. Durante la última semana los componentes más ultra del Frente de Todos lograron enervar a buena parte de la sociedad, incluido un amplio sector que votó por Alberto Fernández, con la inconcebible política, definida mucho antes de la pandemia, de liberar presos, en especial en la provincia de Buenos Aires. "No te confundas -advirtió un veterano observador del peronismo-. Estamos en un año par: es momento de acumular poder dentro del aparato del Estado, ganar espacios, marcar límites, demostrar autoridad... ya habrá tiempo para moderarse y volver con los largos silencios y los discursos light necesarios para seducir a los electores más renuentes".

No será esta vez tan sencillo repetir la misma martingala. La combinación del endiablado descalabro económico, una política más que complaciente tanto con presos comunes como, sobre todo, con los involucrados en causas de corrupción (incluidos la propia Cristina y sus hijos) y el previsible deterioro de la seguridad ciudadana pueden constituir un cóctel explosivo. La pregunta es si existe alguien en condiciones de sacarle provecho en términos electorales. Es imposible hacer pronósticos en un marco global y regional caracterizado por umbrales de incertidumbre sin precedente. Hace apenas un año, sin ir más lejos, casi nadie hubiera imaginado una Argentina presidida por Alberto Fernández

Pero es cierto que los que ex ante aparecen como potenciales candidatos opositores, como Horacio Rodríguez Larreta o Gerardo Morales, están mucho más que condicionados por ser titulares de los poderes ejecutivos de sus respectivos distritos: si se desatara un período políticamente tormentoso, sus liderazgos podrían quedar seriamente dañados. Sutil, Morales anunció hace más de un mes que "el GBA y la ciudad de Buenos Aires van a explotar" como consecuencia del coronavirus en sí mismo y del impacto económico de la cuarentena. Ese es hoy el principal dilema de Rodríguez Larreta: recibe tantas o más presiones que el Presidente para relajar las restricciones impuestas por sugerencia de los epidemiólogos, justo cuando se intensifican los contagios, en particular en los barrios más vulnerables, donde en los últimos doce años Pro primero y Cambiemos después focalizaron enormes esfuerzos financieros y de gestión para aliviar al menos las condiciones infrahumanas en que vivían decenas de miles de ciudadanos. Esta pandemia puede hacer tabula rasa con ese compromiso. Ya en octubre pasado, los habitantes del rebautizado Barrio 31 habían votado mayoritariamente por el Frente de Todos. ¿Quién será el responsable político de la desesperante realidad que padecen ahora? ¿Rodríguez Larreta, Fernández o los dos? A ambos los une bastante más que un espíritu moderado y componedor.

Todo podría empeorar muchísimo en el caso de que la Argentina fracasara en lograr un acuerdo con los bonistas. En las últimas jornadas mejoró la cotización de los títulos públicos: el mercado percibe que finalmente el primer mandatario da señales de querer evitar un nuevo default. Se trata de una decisión que apunta a preservar su liderazgo, pues lo contrario podría implicar una suerte de suicidio prematuro para su novel administración. Apenas una semana después de haber asumido y anunciado la cesación de pagos, Adolfo Rodríguez Saá dejó de ser presidente. Poco más de un año luego de caer en default, la dictadura militar, ya encabezada por Reynaldo Bignone, debió entregar el poder a Raúl Alfonsín. A propósito, debería cuidarse el presidente Fernández de las lábiles recomendaciones que recibe de algunos académicos comprometidos a la distancia con los problemas de países donde no viven, que presumen que en poco tiempo muchísimos países y empresas también enfrentarán situaciones terminales con sus respectivas deudas. Algunos de ellos, como Jeffrey Sachs, hicieron recomendaciones similares en el pasado, por ejemplo, a Jamil Mahuad en Ecuador, en 1999, quien al poco tiempo, luego de defaultear y dolarizar, se vio forzado a abandonar la presidencia y también su país. Vive desde entonces en el exilio en Cambridge, Massachusetts.

Cristina tampoco debe guardar buenos recuerdos de su meneada confrontación con los denostados fondos buitre. Y no solo por las derrotas electorales de 2013 y 2015. Asiduos visitantes del Instituto Patria siguen convencidos de que la profusa diseminación de información sobre los casos de corrupción ocurridos durante sus dos mandatos y el de su difunto marido estuvo directamente vinculada con las agresivas estrategias de estos abogados especializados en litigios, para corroer su prestigio y erosionar su liderazgo dentro y fuera de la Argentina. Difícilmente quiera volver a pasar por circunstancias similares. "Ella lo convocó a Alberto para que la ayude a resolver sus problemas, no para que vuelva a convertirla en el foco de una confrontación asimétrica y con final anunciado", aseguran.

La incertidumbre constituye un hilo invisible que enhebra y limita a todos los actores políticos. Saben que lo que viene será mucho peor que lo que pasó, también más grave y delicado que este presente confuso y angustiante. Sobrevivir en esas aguas turbulentas implicará una dosis extraordinaria de resiliencia, arrojo y buena fortuna.

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