Ricardo Barreda y el fascismo cultural de una Argentina primitiva

Luciano Román
Luciano Román PARA LA NACION
El machismo, también expuesto en las simpatías populares por el femicida recientemente fallecido, es una de las tantas caras de un totalitarismo que habita entre nosotros
Ricardo Barreda
Ricardo Barreda
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2 de junio de 2020  

Nos perturba suponer que un asesino múltiple pueda mostrarnos algunos de nuestros rasgos sociales. Sin embargo, la muerte del cuádruple femicida Ricardo Barreda nos recuerda comportamientos colectivos que quizá preferiríamos olvidar. La Justicia, con más o menos rigor, se ocupó de investigar y esclarecer qué le pasó a Barreda. Tal vez nosotros deberíamos formularnos otra pregunta: ¿qué nos pasó con Barreda? ¿Qué extraños prejuicios y sentimientos inconfesables llevaron a muchos a justificarlo, a exaltar su locura o a minimizar su arrebato criminal? Así como su furia homicida estremeció a una parte de la sociedad, otra lo elevó casi a la categoría de ídolo popular. Barreda mostró, después de haber matado a su suegra, a su esposa y a sus hijas, hasta qué punto anida en nuestro inconsciente colectivo una suerte de fascismo cultural que incluye, en dosis inquietantes, machismo visceral y primitivo, racismo, homofobia, distintas variantes del fanatismo sectario y una arraigada vocación por descalificar y suprimir al otro.

Barreda ha mostrado la pronunciada tendencia de una parte de la sociedad argentina a banalizar el mal. También ha exhibido, con la potencia de un caso conmocionante, otras aristas conocidas de la peripecia institucional: la liviandad con la que se cumplen las condenas penales, la morosidad con la que la Justicia resuelve casi todos los asuntos y la dificultad del Estado para cumplir algunos propósitos elementales. La antigua casona de Barreda (emplazada en el corazón céntrico de La Plata) es una prueba de esta impotencia negligente del Estado: después de haber sido expropiada hace casi una década, espera ser recuperada como un centro contra la violencia de género. Ni siquiera han podido evitar el deterioro y poner una placa en homenaje a las víctimas. Ahí está, como una ruina que recuerda el horror y la desidia, atrapada en un infinito laberinto judicial.

En todas las sociedades habitan monstruos criminales. El tema es qué se hace con ellos. ¿Se les hace cumplir las penas de verdad o se los manda un tiempo a la cárcel para entrar, más pronto que tarde, en el sistema de las excarcelaciones fáciles? ¿Se los repudia o se los justifica? ¿Se los ignora o se los abraza para una selfie? ¿Se los confronta con sus propios actos o se los entrevista con superflua benevolencia? A las pocas semanas de los crímenes de Barreda, Francia se estremeció con un caso que tiene muchas similitudes (aunque nunca, en hechos de esta naturaleza, uno es igual a otro). Fue el protagonizado por el falso médico Jean-Claude Romand, quien también mató a toda su familia después de que se desmoronaran las mentiras sobre las cuales había edificado su vida. Su historia fue retratada con maestría por el genial novelista Emmanuel Carrère en El adversario.

Barreda y Romand fueron condenados a prisión perpetua con un año de diferencia, uno en la Argentina (1995) y el otro en Francia (1996). Barreda estuvo efectivamente en prisión 16 años (desde 1992 hasta 2008, cuando se le concedió arresto domiciliario); Romand cumplió prisión efectiva durante 26 años (desde 1993 hasta 2019). Al salir de la cárcel solo le permitieron ir a vivir a un convento de monjes, con rígidas limitaciones, que incluían la prohibición de dar entrevistas. Barreda anduvo de acá para allá. En una carta desde la cárcel, Romand escribió: "Sé que soy un asesino; tengo la imagen más baja que pueda tener en la sociedad". Barreda, en una entrevista, admitía: "En la calle muchos me gritan ídolo, maestro.". Podría haber, en aquellas reacciones, una desviación menor, el "cholulismo" de una sociedad que valora más la notoriedad que la reputación. Pero algo más profundo parece haber en esa expresión de idolatría popular.

Es cierto que hemos evolucionado. En 1992, cuando Barreda cometió sus crímenes, la palabra "femicidio" todavía pertenecía al futuro. La violencia de género no figuraba, como ahora, al tope de la agenda pública. Pero la construcción de Barreda como un "justiciero" fue posible en una sociedad que minimiza el crimen y hasta es capaz, por izquierda y por derecha, de amparar la violencia bajo un halo de romanticismo.

Así como una parte de la sociedad le ha gritado "ídolo" a Barreda, otra reivindica con ligereza el setentismo y la violencia política. Parecen partes antagónicas, pero tal vez estén unidas por un mismo germen: el de la banalización del mal, el de la justificación de la muerte cuando creemos que es "ideológicamente justa", cuando "encaja" con nuestro fanatismo de ocasión, sea el machismo o la causa revolucionaria. Después de todo, Barreda podía andar por la calle sacándose selfies como Firmenich es entrevistado ahora para que dicte cátedra de cuarentena. Los extremos siempre encuentran puntos en común. El fascismo, sea de un signo o de otro, construye sus propios vasos comunicantes. La homofobia, elevada a "causa de Estado", ha sido tan fuerte en los totalitarismos de derecha como en los de izquierda. El machismo tuvo en Mussolini y en Fidel Castro exponentes cabales.

Conectar hechos aparentemente desconectados puede parecer una arbitrariedad. Pero vale la pena correr el riesgo en un intento de entender algunas de las cosas que nos pasan. Barreda, que desde la cárcel cursó varias materias de abogacía en la Universidad Nacional de La Plata, contó hace unos años en TV: "Un profesor de Derecho, al tomarme examen, me dijo que soy su ídolo". Pasó como una anécdota, porque en la Argentina nos escandalizamos con otras cosas. Hoy, otra Facultad de Derecho (la de la UBA) le impide hablar al exjuez del Lava Jato, Sergio Moro, "por presión políticopartidaria". Claro que son hechos inconexos, incluso muy lejanos uno de otro. ¿Pero no habrá algún túnel que los conecte en la profundidad de nuestra conciencia colectiva? La exaltación del odio, la violencia y la muerte (representados por Barreda) siempre tiene algo que ver con los autoritarismos, la intolerancia y el sectarismo que cultiva una sociedad. También con el virus del fanatismo y con el primitivismo ideológico. Podrían arriesgarse otras conexiones: Barreda firmaba autógrafos mientras un condenado por parricidio era arropado como activista de los derechos humanos y usaba esa bandera para hacer negocios.

La locura criminal de Barreda se fue con Barreda. Fue sepultada en una merecida soledad la semana pasada. Pero quedamos nosotros. Queda una parte de la sociedad que lo miró con incomprensible simpatía, que lo hizo letra de canciones en tono reivindicatorio, que lo consagró con desparpajo en el humor misógino y que hasta lo convirtió (según cita Wikipedia) en "San Barreda", una suerte de protector de los maridos humillados. Ahora mismo, basta buscar el nombre de Barreda en las redes sociales para comprobar con qué fuerza late, al amparo del anonimato, esa liviana banalización del mal. En las masas digitales se expresa, sin rubor, un relativismo axiológico que también define, de alguna forma, el talante de nuestra época.

En la Argentina de tantos héroes olvidados, recordar a Barreda podría parecer una herejía. Pero vale la pena mirarnos en el espejo, aunque tantas veces nos devuelva imágenes que nos dan vergüenza. Hoy hemos incorporado el femicidio a nuestro diccionario. La causa de la igualdad de género ocupa un lugar central, al menos en la dialéctica contemporánea. Pero ¿qué hemos hecho con el fascismo cultural arraigado en parte de nuestra sociedad? ¿Nos hemos liberado del nutrido repertorio del autoritarismo? Nunca es tarde para enfrentar estas preguntas. El machismo es, al fin y al cabo, una de las tantas caras de un totalitarismo que habita entre nosotros.

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