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Consumos culturales

Como la vida misma. El reality show devora al documental televisivo

Marcelo Pisarro
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16 de diciembre de 2018  

Ya es difícil hacerse el sabihondo diciendo que uno mira History o Discovery Channel. Hubo una época, no demasiado remota, en la que decir tal cosa daba chapa de persona a la que le sacan fotos con la mano bajo el mentón en actitud pensante. La televisión, como hecho social total, dividió a los televidentes de muchas maneras. Generó símbolos de cohesión y rechazo, a veces tan simples como una afirmación: "Yo no miro Tinelli", "Yo no miro Gran Hermano", "Yo no miro reality shows". Eran aseveraciones que se definían por la negación: por lo que uno no hacía. En otros casos se afirmaba lo que uno sí hacía: "Yo miro Discovery", "Yo miro History", "Yo miro documentales". Esta dicotomía sencilla y efectiva se formalizó en los años 90 del siglo XX. Géneros etiquetados como "telebasura" dominaban la programación de aire mientras que otros géneros cargados de capital cultural legitimado se enraizaron en el cable. De un lado había reality shows, talk shows, concursos y demás pasatiempos para la chusma; del lado contrario, documentales.

Eran artefactos predecibles. Asumían unas pocas posibilidades del género y por eso uno sabía qué esperar de canales como History, Discovery, NatGeo o Animal Planet. El documental televisivo se fabricaba con imágenes de archivo o registradas para la ocasión, entrevistas con especialistas, recreaciones con actores, narración en off aséptica y descriptiva; categorías temáticas generales (historia, naturaleza, cultura, astronomía, viajes, ingeniería) y contenidos específicos (el ascenso de Hitler, satélites de Júpiter, evolución homínida, la caída de Hitler, pintores cubistas, calamares gigantes, la amante de Hitler, templos hindúes, pescadores del Amazonas, el perro de Hitler); perspectiva cultural y de divulgación científica; el logo del canal como sello autorizado de conocimiento. El efecto de sentido era de objetividad, neutralidad y distancia. Un discurso de la sobriedad, según el crítico Bill Nichols.

Hacia 2010, estos canales cambiaron drásticamente su programación. Si antaño parecía que sólo había documentales acerca de nazis y de leones acechando gacelas, ahora no se ven más que reality shows con mecánicos que tunean autos, herreros que forjan espadas para descuartizar sandías, acumuladores de cachivaches oxidados y gente regateando el precio de las joyas de la abuela. La norma son programas de telerrealidad sobre personas que relatan cómo se sienten con sus tatuajes, sus mascotas y sus remodelaciones hogareñas, cazando ardillas, sobreviviendo desnudos en la selva, en un pantano, en una balsa, en Alaska. Y extraterrestres, también hay montones de extraterrestres.

Nada que demostrar

Los límites se volvieron borrosos. Cualquier programa encaja en cualquier canal. Aunque El socio y ¿Quién da más? salen por History, podrían ir por TrueTV; Ink Masters y Remolcadores sí van por TrueTV, pero nadie se sorprendería de verlos en NatGeo, donde pasan Tatoo Age, Médicos milagrosos y Alerta aeropuerto, y donde no desentonarían Regreso al mundo Amish y Estilista en Manhattan, que salen por TLC. Y como muchas señales pertenecen a las mismas corporaciones, un mismo programa recorre distintos canales: Mansiones en los árboles a veces está en Discovery, a veces en Animal Planet (y no se lo confundan con Viviendo en los árboles, que ése es de History). Es un melting pot televisivo, un guiso revuelto que se ofrece indistintamente en el merendero de cualquier canal.

La homogenización retórica y temática de una programación que tiene al reality show como género dominante, que reservó el formato documental para material pseudohistórico y pseudocientífico ( Contacto extraterrestre, Milagros decodificados, A la caza de fantasmas, Alienígenas ancestrales, La Biblia perdida, Misterios extraterrestres), produjo un desplazamiento: el entretenimiento se impuso sobre cualquier otra exigencia de consumo. Los programas perdieron usos sociales. Educativos, por ejemplo, que aunque no hayan sido prioritarios, sí habían sido previstos como trayectorias posibles.

Existe una enorme biblioteca que discute cómo estos documentales ingresan en el sistema escolar o cristalizan sentido común en la sociedad. ¿Programas como Cazadores de mitos son herramientas pedagógicas útiles para interesar a estudiantes medios en ingeniería y física? ¿Qué ocurre cuando el documental se presenta como fuente objetiva y neutral de información histórica sin reconocer sus condiciones ideológicas de producción y circulación? ¿Cuánto contexto y subtexto -diría Eliseo Verón- pierde el texto académico o científico al someterse a las reglas de divulgación? Los nuevos productos no permiten estos interrogantes. Entre ¿Eres más duro que un boy scout? y Megaestructuras, ambos de NatGeo, no hay diferencias de grado sino de especie.

Discovery, History y las demás señales son productos de mercado. No están atados a políticas culturales o educativas gubernamentales. No responden a las mismas exigencias de producción de contenido, ni a las disposiciones sobre su distribución pública, que deben considerar canales como Encuentro o France 5. Aunque luego, en el sistema mundializado de circulación cultural, las funciones primigenias se vuelvan difusas. Miramos en Netflix algunos documentales del director Ken Burns ( La guerra de Vietnam, Prohibición, Defying the Nazis, La guerra civil) y no reparamos en que son producciones de la PBS: la televisión pública de Estados Unidos. En cualquier caso, los viejos canales de documentales del cable siguen en otra sintonía.

El vínculo entre lo próximo y lo distante se redefinió. A lo exótico ya no se lo revela ni interpreta; siguiendo las reglas de Expedición Robinson, se lo sobrevive. Los mundos remotos ceden ante universos familiares. La fauna en estado natural está en minoría entre gatos con sobrepeso, chihuahuas que mordisquean el sofá y otros animales domésticos estresados. Las aventuras están en el living de casa.

O a la vuelta de la esquina. En la oficina, el taller mecánico, la peluquería, el restaurante, la herrería. Pero no existe voluntad de producir extrañamiento sobre estos espacios próximos. Tampoco hay una búsqueda de los molineros Menocchio contemporáneos, ni un hallazgo tardío de "la historia desde abajo" de los historiadores marxistas británicos de los años 60. Más bien, son las fórmulas del reality show: montar un escenario de conflicto y ver cómo los participantes lo resuelven. Si es a las trompadas y a los gritos, mucho mejor.

Así, se imponen relaciones específicas entre el nosotros y el ellos, mediadas por el yo y el ustedes, y esto es más que un embrollo de pronombres personales. Sugieren una adscripción identitaria determinada, un modo de pensarnos a nosotros mismos y a los demás a través de un producto audiovisual que articula pertenencias, prejuicios, solidaridades y desprecios mediante estereotipos fijados por media hora de televisión basura. Nuestros "otros distantes" ya no son los salvajes africanos filmados por Jean Rouch; ahora son las gentes del pantano, la montaña, el desierto y los caminos rurales: extraviados culturales, supervivencias folklóricas, individuos en los márgenes -pero aún adentro- de los modernos Estados nacionales.

La objetividad, cuestionada

Nosotros, acá en América Latina, no somos parte de ese "nosotros" televisado. Tampoco encajamos como otredad. Son narrativas que nos excluyen como sujetos y nos convocan como televidentes. Nos permiten poner entre paréntesis las preguntas por "lo real" de esas realidades. Hasta la traducción al español neutro colabora en ello. ¿Cómo interrogar al texto sobre "lo real" de la rutina cómica de Rick mandando a Chumlee a hacer el papeleo?

El declive del documental televisivo como expresión de realidades objetivas ocurre en un momento en que las nociones de "realidades objetivas" son cuestionadas. Pero una cosa es desmontar construcciones ideológicas asumidas como realidades naturalizadas, y otra es rebatir los hechos verificables y la investigación documentada con la misma frase de Donald Trump ante el último informe sobre el cambio climático: "No me lo creo".

Es cuestión de si uno se lo cree o no: la evolución, los platillos voladores, el Holocausto, Pie Grande, la meiosis y la mitosis, la esclavitud, los duendes y los esquimales. Lo mismo que ocurre con la corrupción, las denuncias por abusos sexuales, los informes forenses y los crímenes de Estado: yo le creo, yo no le creo. El reality show tiene la ventaja de haber pegado la vuelta hace rato. Al presentarse como una versión burdamente ficcional de situaciones existentes o plausibles, con las costuras televisivas bien a la vista, instaura principios de realidad en los que la naturalidad de esas escenificaciones es indefendible. A diferencia del documental, no tiene nada que probar.

El discurso de la sobriedad, cascoteado por la validación a través de la creencia, ya no es un mecanismo relevante en la distinción del gusto televisivo. Habrá que acomodarse en otras dicotomías si uno quiere hacerse el sabihondo.

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