Conversar con libreros

Se dice que Buenos Aires es la ciudad de América del Sur con mayor cantidad de librerías por metro cuadrado. Los porteños leen y, aunque no lean, están enterados de que los libros representan, todavía, un bien cultural único. Por ese motivo, cuando figuras de la farándula, políticos o futbolistas publican sus libros, las bromas e ironías se multiplican. Una amiga que cuida niños me dijo que habían pensado que si una vedette había escrito un libro, ella, que trabaja como niñera desde los veinte, podía firmar uno. Sin duda sería más interesante.
El de los libreros, especie de árbitros o mediadores calificados entre el lector y los libros, constituye ya un gremio característico. Hay libreros escritores, familias de libreros, libreros que actúan como gestores culturales, libreros editores, libreros amigos a los que visito con menos frecuencia de la que me gustaría. Muchos señalan tendencias (o redundancias), descubren afinidades entre libros, denuncian algunas barbaries y olvidos de la industria editorial, revelan tácticas tramposas de algunas editoriales. Conversar con libreros despierta las ganas de leer, de pensar entre libros.
“Los libros me eligieron –dice Pablo Pazos, dueño de la librería Arcadia, situada cerca del Ministerio de Educación de la Nación-. Empezó como un trabajo provisional en el verano para ayudarme con la escuela; luego, la suplencia de Navidad se extendió por el verano y a los cuatro meses me llamaron en forma permanente en la vieja Librería Santa Fe. De ahí pase a Fausto, donde me formé como librero.” En un momento, Pazos tuvo que optar entre su carrera de psicólogo y las librerías. “Fue cuando Katz me llamó para abrir Fondo de Cultura. Ahí elegí la librería como mi lugar en el mundo.” Tuvo la fortuna de conocer a escritores como Ricardo Piglia, el portugués António Lobo Antunes y Mario Bellatin, el autor de Flores y Salón de belleza. Pazos lleva casi treinta años en el oficio.
Andy Andersen trabaja en una de las librerías más hermosas de Buenos Aires, Clásica y Moderna, y una de las primeras, además, en sumar actividades culturales a ese espacio donde reinan los libros. “Mi viejo tenía una biblioteca bastante interesante, y si bien no estimuló la lectura desde allí, creo que mi interés partió de ese lugar –cuenta Andersen-. Empecé a fines de los años 80, vendiendo textos escolares y también literatura. Era un sueño, estaba en el lugar deseado.” Confiesa que lo que aún hoy le llama la atención es aquello que las personas depositamos en los libros. “Unos buscan sabiduría o verdades; otros, esparcimiento, y otros, conocimiento técnico para poder desarrollarse. Eso me fascina, la locura que provocan los libros, no tiene parangón con otro producto, como si algo hubiese allí, algo precioso y exclusivo.” Actualmente, en Clásica Moderna se organizan encuentros con editores argentinos, todos los lunes a las siete y media de la tarde.
Los libreros, como los lectores, no están afuera de esa locura de la que habla Andersen. Las anécdotas de libreros más descabelladas o apasionantes quedaron registradas en libros de escritores libreros: el clásico Memorias de un librero, de Héctor Yánover; Aquilea. Crónicas de un librero, de Hernán Lucas, y Diario de un librero, de Luis Mey. Mientras tanto, los lectores y visitantes asiduos de librerías esperamos las memorias, crónicas o apuntes de una librera.
“Supe desde siempre, no como un saber sino más bien como un reflejo ante el sinsentido de las cosas, que mi vida tenía que relacionarse con los libros –dice Debret Viana-. Eran mi único sosiego de niño y la gracia de mi adolescencia. Hallé en la librería una trinchera real ante mi ‘literaturosis’, y en la labor de librero un espacio de desprestigio social, malos horarios, poca paga y menos amor que me permitió ejercer todo mi romanticismo en una cruzada quijotesca por defender el libro y custodiar su encuentro con el lector.” Hace siete años que Viana trabaja en el Ateneo Grand Splendid, una librería enorme y concurrida, teatro y coliseo de excentricidades cotidianas. Ese palacio de tesoros de papel se convirtió en su segundo hogar. “Es un privilegio pasar los días entre cuatro pisos de libros y conversar con quienes nos visitan –indica Viana-. Tres cosas, sin embargo, no esperaba de este oficio: la pasión por la disciplina en el orden y la clasificación del libro; la fraternidad librera, que se extiende a todos los que estamos implicados en el circuito del libro, y donde hallé nobleza, candor y genuino amor; y, por último, la secta secreta y subterránea de libreros, que depara placeres extraterrenales e inenarrables, servidos sobre incunables centenarios y hasta milenarios, cuyos lomos acariciamos con la morosidad serena de quien ama un secreto.” ¿Tiene Buenos Aires un nuevo mito, el de una secta de libreros a la que, según parece, se ingresa luego de esfuerzos por recordar fechas de edición, títulos y subtítulos exactos de publicaciones remotas?









