Coronavirus: los aprendizajes de este tiempo

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18 de mayo de 2020  • 18:17

Fue en las postrimerías del siglo pasado, a mediados de los noventa, cuando con notable clarividencia la Comisión Internacional sobre la Educación en el siglo XXI presentó su informe a la Unesco. En el documento se definen cuatro pilares sobre los que debería descansar la educación en los tiempos que corren. Y lo cierto es que hoy, veinticinco años después y frente a una pandemia desatada, el texto compone una referencia interesante, con postulados aún vigentes.

En el escenario actual, las categorías propuestas por Jacques Delors y sus colegas - aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser - son vectores que están siendo redireccionados. Sabemos que la educación debe apuntar al desarrollo global de cada persona, abarcando los diferentes planos de su existencia y promoviendo su autonomía progresiva. Despertando su potencial creativo y posibilitando el despliegue de sus talentos. También abriendo paso a su plena inserción en el medio social. En esto existe un acuerdo unánime. Sin embargo, la clausura que por el bien de todos mantenemos deja en evidencia los desacoples existentes entre los diferentes agentes que intervienen en la educación de los niños y niñas. Puntualmente entre los dos sistemas principales: el familiar y el escolar, generando tensiones que se suman al abanico ya presente en la cotidianidad de los hogares .

Lo cierto es que aprendemos con otros porque la educación es ante todo una relación interpersonal. Independientemente del ámbito en el que tenga lugar. En tiempos de aislamiento social y sin escolaridad presencial, la labor formativa que padres y madres asumen en la intimidad del núcleo primario impacta con fuerza en las subjetividades infantiles. Es claro que la forma como los adultos estamos afrontando esta contingencia condiciona en gran medida el tránsito que por ella hacen los niños, y también su evolución ulterior. Porque esa educación familiar informal, pero decisiva, que se brinda llanamente y sin imposturas, es vital para su crecimiento armónico. Y se concreta en un terreno en el que educan más las acciones que las palabras. En todos los casos, lo central del planteo se resume en la necesidad de dirigirse a la integralidad de la persona.

El aprender a conocer, en este contexto, debe despegarse de una pretensión enciclopedista y apuntar al desarrollo de habilidades críticas para aprender a aprender, mediante la generación de hábitos o rutinas de pensamiento. Lo anterior se vincula estrechamente con un aprender a hacer que hoy por hoy se enlaza con el efecto modélico de las acciones parentales.

Pero el foco en esta situación de aislamiento social está puesto en el aprender a vivir juntos. Esta parece ser la gran enseñanza de la etapa de reclusión preventiva y obligatoria que transitamos. De estos días de repliegue en lo micro, de encierro en lo sustancial. Mientras los sistemas educativos formales, inmersos en una crisis sin precedentes, privilegian las inteligencias lingüística y lógico-matemática, ahora es tiempo de darle centralidad a los vínculos, de mejorar la interpersonalidad. De rescatar las relaciones y las prácticas que se juegan en esta convivencia expandida, descubriendo en la introspección nuestras fortalezas y poniéndolas al servicio del proyecto común.

En un mundo en permanente cambio, el aprender a vivir juntos compone un punto de despegue que nos permite cruzar el umbral del aprender a ser. Porque somos con otros. De algún modo lo relevante se juega en estos aprendizajes, en estas lecciones intensivas tomadas en un tiempo de agitación y en las transformaciones que se deriven de esta singular experiencia.

Familióloga, especialista en Educación, directora de la Licenciatura en Orientación Familiar de la Universidad Austral

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