Coronavirus: Cómo evitar que la cura sea peor que la enfermedad

Emilio Ocampo
Emilio Ocampo PARA LA NACION
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31 de marzo de 2020  • 00:46

El coronavirus está empujando al mundo hacia lo que puede convertirse en la peor crisis económica de la era moderna. La difícil situación aparentemente confronta a los gobiernos con un terrible dilema: preservar la salud de su población o mantener el ritmo de la actividad económica. El presidente Trump sostuvo recientemente que "la cura no puede ser peor que la enfermedad" para justificar la no adopción de medidas drásticas de "aislamiento social" en todo Estados Unidos.

Se trata de un falso dilema. No hay actividad económica posible, y menos aun crecimiento, sin una población que goce de buena salud. La evidencia es contundente al respecto. En realidad el único dilema que enfrentan los gobiernos es entre buenas y malas políticas, tanto en el plano económico como de la salud pública. Al preguntársele que combinación de política fiscal y monetaria era la más adecuada en estas circunstancias, Ben Bernanke, que fue presidente de la Reserva Federal durante la crisis de 2008, contestó enfáticamente: "Nada va a funcionar, la Fed no va a ayudar, la política fiscal no va a ayudar si no conseguimos resolver el problema de salud pública... el problema de salud pública es el más importante". Bill Gates, quien hace varios años advirtió el riesgo de una pandemia como la actual, expresó la misma opinión en otra entrevista.

Hay varios países que han logrado contener el virus exitosamente sin frenar abruptamente sus economías. Corea del Sur y Singapur son los que se mencionan más frecuentemente. Quizás el de Taiwán sea un caso aun más interesante. Un artículo de la revista Foreign Affairs resume a grandes rasgos la clave de su éxito. Estos países han tenido éxito en la contención del virus porque implementaron rápidamente políticas sanitarias basadas en la ciencia médica y la experiencia acumulada en la contención de otras pandemias. Al mismo tiempo, preservaron la flexibilidad de sus economías y adoptaron medidas fiscales para paliar el efecto inmediato del virus sobre la actividad productiva. Esta es la única manera de que la cura no sea peor que la enfermedad.

En el caso de Taiwán, su éxito se debe a la combinación de la aplicación tecnología avanzada en el manejo de datos, políticas públicas activas y una fuerte conciencia y participación cívica.

Es interesante destacar que, a diferencia de lo que sucede en China, la tecnología no ha servido para fortalecer el autoritarismo, sino la democracia. Un estudio de la Escuela de Medicina de la Universidad de Stanford detalla en orden cronológico 124 medidas adoptadas por el gobierno taiwanés para contener el coronavirus. Sería recomendable que los funcionarios del gobierno argentino estudiaran estos documentos si no es que ya lo han hecho. No todas las medidas son aplicables, pero muchas son adaptables al caso argentino.

Es un error muy difundido creer que la cuarentena es la esencia de la política sanitaria para contener el coronavirus. La clave para frenar cualquier pandemia es su detección y contención temprana. La cuarentena es necesaria cuando faltaron o fallaron ambas. Es un perÍodo, dos semanas, que le permite a las autoridades detectar y aislar a los infectados y frenar el contagio y al mismo tiempo "achatar" la curva de infección para evitar el colapso del sistema hospitalario). Para lograr ambos objetivos es clave llevar adelante una intensa y extensa política de testeo. Sin ella, la cuarentena no sólo es inútil para frenar el virus sino también dañina para la economía.

Cuando el gobierno chino decretó el aislamiento de Wuhan no se quedó con los brazos cruzados, sino que dedicó todos los recursos del estado a detectar y aislar a los posibles infectados. Todo indica que tuvo éxito en contener la expansión del virus. Sin embargo, lo ha hecho de una manera autoritaria que no es viable en países democráticos.

En Estados Unidos y Europa no ha ocurrido lo mismo. En parte por falta de experiencia práctica en la contención de este tipo de pandemias (los países del sudeste asiático sufrieron pandemias de gripe en 1956-59, 1967-68 y en 2002-03 con el SARS). Para cuando las autoridades se percataron del problema ya era tarde.

Estados Unidos se encuentra en una situación particularmente vulnerable. Y no es porque los norteamericanos no sepan como frenar una pandemia. De hecho tienen algunos de los mejores epidemiólogos e infectólogos del mundo. El problema fue la pasividad del gobierno durante estos meses y la politización creciente del tema. Estados Unidos podría haber frenado el virus si en vez de minimizar el problema las autoridades le hubieran prestado atención a sus propios expertos. Aun puede hacerlo si toma las medidas drásticas que estos recomiendan. Sin embargo, por ahora todo sugiere que adoptará una política intermedia que no frenará el virus ni logrará reactivar la economía.

La Argentina se encuentra en una situación muy particular. Por un lado, la economía ya se encontraba en recesión y la cuarentena la ha profundizado. Dada la ausencia de "espacio fiscal" las medidas de política económica anunciadas por el gobierno, aunque necesarias e inevitables en algunos casos, tendrán efectividad transitoria. El estado argentino está quebrado y en estos momentos no puede financiar su exceso de gasto más que con emisión monetaria. Lo cual implica que corremos el riesgo de caer en una hiperinflación con recesión con todos las consecuencias ya conocidas y algunas nuevas que generará una crisis simultánea de salud pública.

Por otro lado, dado el relativamente bajo número de infectados (tanto reportados como reales) y el hecho de que sean mayormente "importados", hace que la situación sanitaria en la Argentina sea más favorable que en Estados Unidos y la mayoría de los países europeos. Esto significa que existe una oportunidad para que, con políticas públicas inteligentes, también se pueda capear mejor la crisis.

El objetivo del gobierno es, o debería ser, normalizar la economía lo antes posible. Para eso debe utilizar el tiempo de la cuarentena y todos los recursos disponibles del estado y del sector de salud privado para detectar infectados y contener el contagio. Pero cualquiera sea el tiempo que dure la cuarentena, probablemente más de lo originalmente anunciado, es esencial permitir que ciertos sectores clave de la economía sigan funcionando (por ejemplo, el de la alimentación, que no sólo incluye producción sino también transporte y distribución). También que otros, especialmente golpeados por el cese temporario de actividades, no dejen de existir de manera permanente.

La economía debe operar con la mayor flexibilidad posible para poder adaptarse a estas difíciles circunstancias. Es una excelente oportunidad para eliminar regulaciones y trabas innecesarias a la actividad productiva y reducir impuestos que dificultan la creación de empleo. Se podrían también eliminar todos los feriados de acá a fin de año para compensar los días de trabajo perdidos. Si, en cambio, el gobierno toma medidas que profundizan de manera permanente la inviabilidad financiera del estado y, por ende, la inviabilidad económica del sector privado, terminaremos en el peor de los mundos.

Desde el punto de vista sanitario, también implica capacitar a los trabajadores de sectores claves y la obligación de que usen barbijos, guantes y vestimenta adecuada. La provisión de estos elementos debería ser una absoluta prioridad. Una vez levantada la cuarentena, los argentinos quizás deban acostumbrarse por algunos meses a circular por la calle con barbijos, como es común desde hace años en los países del sudeste asiático (y ahora obligatorio). También suspender por un tiempo los besos y abrazos efusivos. Es probable que el coronavirus imponga por la fuerza ciertos cambios económicos y culturales en todo el mundo, ya que probablemente no será la última pandemia de gripe que aceche a la humanidad.

Para frenar el coronavirus sin destruir la economía, simplemente hay que emular a aquellos países como Corea del Sur, Hong Kong, Singapur y Taiwán, adaptando sus políticas a la realidad local. Todavía estamos a tiempo. Además, si frente a estas circunstancias, el Gobierno logra renegociar exitosamente la deuda pública, la economía se recuperará más rápidamente.

Profesor de Finanzas e Historia Económica en la Ucema y miembro del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso

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