Cuando la vergüenza paraliza: cómo desprendernos de esta emoción

Bernardo Stamateas
Bernardo Stamateas PARA LA NACION
Fuente: Archivo
(0)
16 de enero de 2020  • 22:47

Sentimos una vergüenza paralizante cuando quedamos expuestos ante determinadas situaciones que no queremos que sean reveladas. La vergüenza es el miedo a ser descubiertos en algo íntimo o secreto que no deseamos que se revele. El "me da vergüenza que se sepa" también puede tener que ver con algo de nosotros de lo cual no estamos orgullosos. Lo que a mí me avergüenza puede no avergonzar a otra persona, ya que cada uno maneja su intimidad de una forma diferente.

Las personas construimos día a día una imagen de aceptación social. Nos importa la mirada de los otros; no la de todo del mundo, pero sí la de ciertas personas. En esa imagen que elaboramos, ocultamos ciertos aspectos de nosotros a determinadas personas y así nos adaptamos al entorno social. Por ejemplo, para concurrir a una fiesta nos vestimos de una determinada manera, dado que lo que está juego es la aceptación social, qué dirán de nosotros.

La vergüenza puede referirse a infinidad de temas:

  • vergüenza de estar en un grupo del cual no me siento parte
  • vergüenza de expresarme por miedo al rechazo
  • vergüenza de cometer un error y no ser aceptado por el otro
  • vergüenza por mi cuerpo, porque como no es mi ideal, no lo acepto, y creo que el otro tampoco lo aceptará

Muchas personas sufren, se aíslan, evitan las relaciones interpersonales debido a esta emoción tan angustiante. La persona vergonzosa siente frenado su potencial, no puede actuar; tiene deseos de proyectar y construir, pero muchas veces se siente paralizada. Por otro lado, se esconde, siente ganas de escapar, carece de relaciones interpersonales. Se siente humillada y menos que los demás, y este dolor en el ser le produce la sensación de hacerse pequeñita frente a los demás que, a diferencia de ella, son perfectos y valiosos.

Como especie, los seres humanos somos gregarios, nos aglutinamos; por ello, no pertenecer al grupo es, de alguna manera, una forma de quedar fuera de la aceptación. Hoy, a través de las redes sociales y la comunicación masiva, estamos más expuesto al rechazo.

Quien no padece esta emoción no logra captar el profundo dolor de quien sí la sufre. La vergüenza de hablar en público, de equivocarse, de ser juzgado, de hablar con gente de autoridad; esta sensación de ser deficiente en el ser genera una voz interna que juzga, evalúa y condena duramente a la propia persona, que ve al otro como un juez quien la va a condenar y rechazar.

Entender al burlador

Todo burlador es una persona insegura. Para diferenciarse exagera el error de la otra persona. Esta es una manera pasiva de decir: "Te pasó a vos y no a mí"; "Vos fallaste; yo no", típica conducta infantil que exacerba cualquier diferencia a través de la burla. La sensación interna del burlador es "Yo te gané"; "Yo soy más que vos". Es decir, es tan inseguro que necesita magnificar el error del otro para así sentirse vencedor.

Cómo desprendernos de esta emoción que nos paraliza:

  • a. Centrarnos en la gente que nos quiere y nos acepta. Todos tenemos que construir un grupo de pertenencia; gente que nos quiere por lo que somos y no por lo que hacemos. Gente sincera, que nos ama y que nos aceptará pase lo que pase. Este vínculo de amistad es un mutuo compartir de valores profundos.
  • b. Descartar la mirada punitiva del otro. Muchas veces, al observarse permanentemente, el vergonzoso proyecta una mirada condenatoria, evaluativa del error, como si este fuera el fin de todo. Necesitamos recordar que hay vida después del yerro. De hecho, todo crecimiento se produce después de la equivocación. El error nunca debería ser un motivo de burla ni de castigo, sino de aprendizaje y de crecimiento.

Para terminar podemos decir que la vergüenza es una voz interna que nos descalifica, nos condena, nos evalúa, y lo cierto es que, en vez de juzgarnos, debemos tener una actitud sana frente a los desaciertos. Cometer un error no nos hace "ser" un error. Te equivocaste, sí, pero no sos un error. Necesitamos aprender a reírnos un poco más, a sacar algo gracioso de las equivocaciones; reconocer nuestros errores sin humillarnos y saber que "todos venimos fallados de fábrica". Por otro lado, es importante que no cronifiquemos nuestros yerros; es decir, no debemos vernos como fracasados. De esta manera, dejaremos de dar examen en la vida como si el otro fuese el gran maestro que permanentemente está evaluándonos.

Cuando construimos una voz interior amigable, de crecimiento y no de condenación, decimos: "Sí, me equivoqué, pero de eso se trata la vida. Vivir es un aprendizaje continuo". A partir de allí, podemos desarrollar un sentimiento de compasión hacia nosotros mismos y también hacia los demás, sabiendo que no valemos por lo que sabemos, ni por lo que tenemos, ni por lo que hacemos, sino por lo que somos: seres valiosos.

Si tenés alguna inquietud, podés escribirme a Bernardoresponde@gmail.com

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.