Cuando viajo en tren, me gusta escuchar conversaciones ajenas
Me gusta escuchar conversaciones ajenas cuando viajo en el tren. Si puedo, elijo sentarme detrás de dos personas que estén charlando. Y, si son una pareja, mejor. Oír si a la noche cocinarán pollo, fideos o cuál de los dos se ocupará de llamar al plomero por la pérdida de agua que está debajo de la mesada, me interesa. Quizás es solo por el uso de alguna palabra o el modo al decir: “No, pollo no. Quiero carne.” Pequeños fragmentos en la cotidianidad de esos desconocidos que esconden una forma de relacionarse y me hacen imaginar historias de vida como hace cuánto estarán juntos, si tendrán hijos, si serán felices o no.
Pero algunas mañanas me subo al tren y nadie habla. Está aquel que se acaba de fumar un cigarrillo e invade el vagón con olor a tabaco, la que intenta leer y subrayar un libro de pie haciendo malabares para no caerse, el que escucha música con auriculares y se hace el distraído cuando sube una embarazada y el resto: hombres y mujeres hipnotizados mirando a su celular.
A mí también me pasa, aunque hay días en los que decido no sacar el teléfono de la cartera, como quien decide no pedirse una medialuna con el café porque está a dieta. Entonces miro a mi alrededor y me pregunto con quienes chatearán tanto, ¿qué miran? ¿Facebook? ¿leen el diario? ¿cuántos e-mails tienen que contestar a las 7.30 de la mañana? ¿tan ocupada está la gente que viaja a Capital Federal? Internet ha traído nuevas formas de comunicarse, angustias y ansiedades, pero también ha traído más silencio y menos charlas dentro del transporte público. Menos miradas, también.









