De Frankenstein a Rousseau

Silvia Hopenhayn
Silvia Hopenhayn PARA LA NACION
¿Por qué un autor elige contar una vida, en lugar de otra? Suele haber una atracción que no se explicita en la biografía; hasta podría resultar curioso comprenderla
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11 de septiembre de 2015  • 00:56

¿Qué tienen en común el biógrafo y el biografiado? ¿Por qué un autor elige contar una vida, en lugar de otra? Suele haber una atracción que no se explicita en la biografía; hasta podría resultar curioso comprenderla. ¿No entenderíamos mejor la vida narrada si el autor expusiera o diera cuenta de las motivaciones de su acercamiento al biografiado? ¿Acaso el género de la biografía excluye esta posibilidad? No me refiero a las biografías escritas por encargo –aunque el azar también es cómplice-, sino a los escritores que eligen sobre quiénes desean contar sus hallazgos y tormentos.

Acaba de aparecer la biografía de Jean-Jacques Rousseau, escrita por Mary Shelley, en la editorial Universidad Diego Portales, bajo el título, Vida de Rousseau, acompañada de un retrato de Madame d’Houdetot, adorada e inconclusa amante del autor de El contrato social. La pregunta inicial se desplaza: ¿Qué llevó a Mary Shelley, después de escribir Frankenstein, a revisar vidas ajenas, y hacerse cargo, entre otras, de la biografía de Rousseau? En todo caso, en su famosa novela el proceso es inverso: no se trata de dar cuenta de la vida de otro, sino de crear vida nueva en un cuerpo ajeno. Quizá no haya tanta diferencia entre inventar y narrar la vida...

El libro, prologado por Socorro Giménez, incluye una cita de la exquisita Jane Austen: "Puedo leer poesía, y teatro y cosas de ese tipo. Pero la historia, la historia real y solemne, no me interesa. La leo como un deber, no me dice nada que no me canse o me aburra. Las querellas entre Papas y reyes...todos esos hombres insoportables… Es muy cansador. Y aun así me pregunto por qué será tan aburrida, si una parte tiene que ser invención, los parlamentos que se ponen en boca de los héroes, casi todo debe ser invención. Y es la invención, -justamente-, lo que me agrada en los otros libros."

¿No entenderíamos mejor la vida narrada si el autor expusiera o diera cuenta de las motivaciones de su acercamiento al biografiado? ¿Acaso el género de la biografía excluye esta posibilidad?

En este sentido, una biografía es también una invención. Mary Shelley, habiendo ya creado a Frankenstein, busca dar vida a la obra de Rousseau a través de su persona: sus ímpetus, incorrecciones, descubrimientos, rechazos y amoríos. Y de allí que su obra por momentos resulta bastante contradictoria, con respecto a ciertas actitudes personales y los valores que sustenta su filosofía. Shelley no escatima repudios, aunque también le otorga méritos. Como buena biógrafa, aprovecha las contradicciones de su biografiado. La principal de ellas es que Rousseau, el autor de uno de los mejores textos sobre la infancia, la educación, la felicidad de los niños, el hombre natural, Emilio, o de la educación, haya decido enviar a sus hijos al orfelinato. Así lo escribe Shelley: "Con el tiempo, Rousseau enviaría a cinco de sus hijos a un lugar donde pocos sobreviven, y donde aquellos que lo consiguen resultan embrutecidos por su situación o abatidos la carga, que pesa siempre en sus corazones (…) Que un hombre tan dotado de genio y de deseo de virtud como Rousseau haya incumplido los dictados más básicos de la naturaleza y de la conciencia, nos muestra cuán poco podemos confiar en nuestro propio juicio." No deja de ser extraña esta actitud en alguien que perdió a su madre al nacer. El hijo que recién nacido se quedó sin madre, dejó a sus hijos sin padre al nacer.

Una biografía es también una invención. Mary Shelley, habiendo ya creado a Frankenstein, busca dar vida a la obra de Rousseau a través de su persona: sus ímpetus, incorrecciones, descubrimientos, rechazos y amoríos.

Shelley no se conforma con exponerlo, también busca redimirlo. Así, revisa la propia infancia de Rousseau, y cuenta cómo la felicidad puede ser un gran fiasco. En sus Confesiones, Rousseau relata una escena familiar en la que recibe un castigo inmerecido. Shelley agrega: "la injusticia caló profundo en su mente y despojó a aquel hogar de todo su encanto. Esta circunstancia pone de manifiesto cómo, cuanto más familiar y amablemente se trata a los niños, tanto más necesario se hace estar alerta ante la más pequeña muestra de injusticia (…) cualquier disonancia o acto de tiranía produce una impresión tremenda."

Se trata de un biografía sentimental, como si Shelley misma rescatara a Rousseau de sus enfermedades y aislamiento, para mostrar su "frescura y vigor de su estilo" arguyendo que "el corazón que ponía en los argumentos reemplazaba la razón, y convencía."

Hay un dato biográfico de Shelley que la reúne originariamente con su biografiado: la creadora de Frankenstein nunca conoció a su madre. Murió pocos días después de darle la vida.

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