De madre extranjera
El Día de la Madre en el hemisferio norte, al menos en el país donde vive mi madre, se celebra en mayo. En ambas mitades del mundo, ese día transcurre en primavera. Es decir que mi madre festeja dos veces por año, rodeada de flores, en mayo y en octubre. Hablamos por teléfono los domingos a la mañana, sea o no sea el Día de la Madre. A los dos nos interesan las variaciones del clima y la salud de animales y plantas. Si está fresco, si nevó en el pueblo donde vive hace décadas, si llueve en Buenos Aires, si tuvimos que prender la estufa o si el calor aplastante de agosto (o de enero) nos obliga a pasar el día dentro de la casa. Los otros temas a los que dedicamos varios minutos es al riego de las plantas y a las costumbres de las mascotas propias y ajenas.
En muchas fotos con mi madre estamos cerca del agua. Eso es algo que el filósofo Gaston Bachelard hubiera aprobado. En su sistema antropológico elemental, el agua está vinculada con el útero, el nacimiento, los sueños, la nutrición y el cuidado. “De los cuatro elementos, sólo el agua puede acunar –escribió en El agua y los sueños-. Es el elemento acunador. Es un rasgo más de su carácter femenino: acuna como una madre.”
A la orilla de un río o metidos hasta la cintura en un lago de provincias, miramos a la cámara. El fotógrafo puede haber sido mi padre o alguno de mis primos o tíos. En blanco y negro, el agua del lago se parece al envoltorio tornasolado de una golosina o a la melena de un animal. También hay unas pocas imágenes de los dos entre plantas (a las que había que regar antes del sol africano de la hora de la siesta), a pasos de un aljibe.

Para tranquilizarme por los sonidos que provenían del fondo del pozo de donde sacábamos agua durante la mañana, mi madre contaba que ahí abajo vivía una familia de peces que le indicaban al agua por dónde ir, de derecha a izquierda en la profundidad de la tierra y de abajo hacia arriba cuando arrojábamos el balde de metal sujeto por una cadena. El ruido de la cadena, cuando raspaba la piedra del aljibe al descender, funcionaba como timbre de la mansión donde vivían los peces.
“Sentimentalmente, la naturaleza es una proyección de la madre”, dice Bachelard. ¿Y viceversa? Gracias a las anécdotas que traen amigos viajeros, le cuento que en San Marcos Sierras ahora existen unas acequias tan anchas que las personas se bañan en ellas como si fueran arroyos, que el agua del dique en Embalse Río III sobrepasa la altura del vertedero y que la lluvia en la sierra hizo que el río de Santa Rosa de Calamuchita ocultara el vado. Esos escenarios líquidos habían sido la materia prima de la ensoñación.
Según ella, los festejos en Italia para el Día de la Madre no se parecen tanto a los de la Argentina. Aunque quizás tengan más dinero que nosotros, los italianos gastan menos en regalos, si bien mantienen la costumbre de invitar a la familia a comer en restaurantes dos o tres platos bien servidos de quesos, jamón crudo y abundante pasta. Las personas mayores como mi madre van temprano a misa, a fin de honrar a la Virgen que, como todos sabemos, es uno de los arquetipos de la madre.
Antes de que la conversación termine, le cuento un sueño que tuve con ella. Los dos nadamos en el lago. Sin esfuerzo, como llevados por una corriente secreta de agua dentro del agua, avanzamos con lentitud hacia la orilla al pie de la sierra, donde los parientes nos esperan con toallas de dos metros de largo, baldes plateados y regalos envueltos en papeles brillantes.









