Del Giudice, el autor que sabía volar

Hugo Beccacece
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16 de junio de 2019  

El escritor italiano Daniele Del Giudice, autor de El estadio de Wimbledon, Atlas Occidental, Despegando la sombra del suelo, la nouvelle El museo de Reims y Manía, cumplirá setenta años el próximo 11 de julio. Lo entrevisté a comienzos de 1998 en su casa de Venecia, a propósito de la que sería su primera y única visita a Buenos Aires en ocasión de la Feria Internacional del Libro de ese año. En septiembre de 2016, lo mencioné en esta misma sección y conté que Daniele ya no escribía porque era una víctima precoz del mal de Alzehimer. Esa última nota no estaba dedicada a él. ¿Por qué vuelvo a ocuparme de este autor hoy casi secreto para los jóvenes? En primer lugar, porque sus libros me gustan mucho; además, porque no puedo olvidar ese encuentro, la calidad y el ritmo del silencio en su departamento del centro de Venecia, muy cerca del Harry's Bar, del Hotel Gritti y de la plaza San Marcos. Se respiraba en esas habitaciones un clima, por un lado casi monacal y, por otro, misterioso. En el piso superior funcionaba el Circolo del Bridge. Era un hombre de una amabilidad exquisita y muy versado en ciencias y nuevas tecnologías. Su conversación iba de la literatura a la física cuántica con asombrosa naturalidad.

En algunos de los libros de Del Giudice aparece su pasión por los aviones, derivada de su entusiasmo por la mecánica, pero también de su fascinación por el error, por las cosas que no funcionan. Daniele era piloto. Había aprendido a volar porque el vuelo era para él casi una experiencia mística, pero también una metáfora de la existencia. "Cuando uno vuela -decía- está expuesto hasta un grado indecible y es consciente de que en cada pequeño acto compromete toda su vida". Era socio del Aeroclub de Venecia y allí, entre otros hombres que compartían su mismo deseo de volar, pasaba unas horas por semana. Ese dato me hizo pensar que él debía de conocer a una pareja de amigos míos, el empresario austríaco estadounidense Bernard Hohenberg, ya fallecido en esa época, y la escritora angloargentina Pixie Burger. El matrimonio repartía el tiempo entre sus casas de Nueva York, Venecia y Buenos Aires. A Bernard, como a Del Giudice, le gustaba volar, y lo hacía en el mismo Aeroclub al que concurría el escritor. Cuando los amigos de Bernard y de Pixie visitaban Venecia, él les mostraba la ciudad desde su avioneta en un tour aéreo.

Le pregunté a Daniele si alguna vez se había encontrado con Bernard. Del Giudice me respondió de inmediato: "Por supuesto. Él era uno de los pocos socios que tenía su propia avioneta. Charlábamos de nuestros vuelos y también de algunos episodios de nuestras vidas. Pero lo que nos unía eran los largos momentos en que mirábamos los aparatos. En esos minutos, los pilotos amateurs, sin palabras nos comunicamos todo lo que sentimos en el aire. Bernard fue un sobreviviente del Holocausto. Era muy chico cuando los nazis entraron a su casa y se llevaron a todos, menos a él. No recuerdo con exactitud qué fue lo que pasó. Alguien lo escondió muy bien escondido. Temo cometer un error y mezclar las historias, porque he escuchado varios relatos de sobrevivientes. No sé si a Bernard alguien de su familia lo puso en el horno de la cocina y le dijeron que no saliera hasta que no se oyera ningún ruido o se lo llevó una vecina aria. Cuando murió, le hicieron un funeral aquí, en Venecia. A su esposa no llegué a conocerla, pero participé de aquella ceremonia".

Un año más tarde, le conté a Pixi Burger, la autora de la novela Mujer de dos mundos, lo que me había comentado Del Giudice. "Nunca lo leí", me dijo Pixie. "Tampoco sabía de su existencia. Ahora me entero de que él participó del funeral. Y lo hizo de un modo muy particular. Mientras estábamos en el entierro de Bernard, una flotilla de avionetas, las del Aeroclub, pasaron sobre el cementerio y todas inclinaron sus alas sobre nosotros a modo de homenaje. Así saludaron a Bernard por última vez. Por vos, me doy cuenta de que Del Giudice era uno de esos pilotos".

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