
Después de Di Tella
Por Luis Gregorich Para LA NACION
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El escritor y aforista polaco Stanislaw Jerzy Lech se pregunta, en uno de sus Pensamientos descabellados : "¿Quién era el ministro de Cultura en la época de Shakespeare?" Y es cierto que los ministros, aun si no se los somete a la comparación con los grandes creadores, son para la posteridad tan fugaces como el verde de las hojas en otoño. Nadie les levantará altares ni atesorará sus retratos.
Dentro de la especie ministerial, el ministro o secretario de Cultura es un ejemplar raro. En el siglo XX, la figura emblemática, el modelo por excelencia por imitar fue André Malraux; uno lo veía al lado del general De Gaulle, en un diálogo de gigantes, conversando tanto de los grandes problemas de Oriente y Occidente como del Louvre, los clásicos franceses y la Grand Opéra.
En la Argentina de las últimas décadas -cuando en el organigrama estatal la cultura se independiza de la educación y pasa a tener perfil propio-, la titularidad de este ramo, apenas una secretaría de Estado, presenta facetas paradójicas. Por un lado, los dirigentes políticos -tan alejados de Malraux y De Gaulle como de las pirámides de Egipto- no se pelean por ocupar este cargo, escasamente prometedor en lobbies y buenos negocios y sometido a la permanente y caprichosa crítica del ambiente artístico y cultural; por el otro, sin embargo, esos mismos dirigentes tienen la oscura sospecha de que esta "cultura" asegura cierta multiplicación mediática, promete eventos masivos con buena repercusión y permite fotografiarse al lado de ídolos populares sólo equiparables a los que brinda, en otra área, el deporte.
¿A quién designar en Cultura? No hay respuesta fácil para los atareados presidentes, gobernadores e intendentes en el momento de asumir su cargo. Se sabe que en Hacienda irá un especialista en presupuesto o políticas fiscales; en Transporte, un especialista en transporte; en Salud, un sanitarista; en Agricultura y Ganadería, un estanciero o un agrónomo. Pero ¿en Cultura? La contestación (tácita) es que debe tratarse de un amigo del presidente (Malraux lo era) y que estamos en presencia de un cargo político y no técnico, lo cual, dicho en otras palabras, significa que cualquiera puede ser secretario de Cultura.
Los trece secretarios que hemos tenido en los veintiún años de democracia no han sido cualquiera; en realidad muchos de ellos eran, y son, personas muy distinguidas en sus respectivas especialidades. Pero lo que no puede negarse es que su número y la variedad misma de sus formaciones y profesiones marcan, por parte de los jefes políticos, una cuota de desconcierto que no pudo ser reparada. Sociólogos, poetas, escritores, actores, abogados, escritores-médicos-psicoanalistas integran este equipo discontinuo y variopinto que, como es obvio, no ha podido articular políticas culturales de Estado ni en el mediano ni en el cortísimo plazo.
No se piense que en las segundas líneas de la conducción estatal hubo una situación de mayor estabilidad: la proliferación de subsecretarios y directores nacionales fue igualmente cuantiosa.
¿Quizá la causa de este desbarajuste sea que no hay todavía una disciplina o un espacio de investigación que pueda llamarse política cultural y que haya cristalizado en logros académicos o experiencias significativas de gestión pública? Pasa exactamente lo contrario. De la Unesco a las grandes universidades del mundo, de los países centrales a los países de la periferia, los documentos, diagnósticos y estudios sobre políticas culturales han tenido amplísimo desarrollo, hasta tal punto que expresiones como "patrimonio cultural", "industrias culturales", "identidad cultural" o términos como "multiculturalismo" se han constituido en capítulos indispensables de una serie mayor que incluye también aspectos legislativos y articulaciones con políticas educativas de medios de comunicación y de turismo. Por otra parte, pueden encontrarse modelos de gestiones culturales en muchas partes del mundo, de Brasil al Reino Unido y de París a Barcelona, sin mencionar a otros países latinoamericanos que nos aventajan cómodamente en la materia.
La referencia vale, porque hemos asistido, en las recientes semanas y con motivo de las declaraciones y la posterior dimisión del secretario Torcuato Di Tella, a diversas simulaciones de debates sobre cultura y políticas culturales, armadas con apuro por algunos canales de televisión, en las que -salvo honrosas excepciones- los malentendidos derrotaron a la reflexión. Era difícil saber de qué se estaba discutiendo: si de la cultura con mayúscula o con minúscula, si de la Belleza, la Identidad o el Destino. En pocos casos se tocó el tema más humilde (aunque más pertinente) de la gestión cultural del Estado nacional, de la administración, el financiamiento y el sentido de los organismos y estructuras que pertenecen a esa jurisdicción.
La palabra cultura, innegablemente, es una de las más prestigiosas y polisémicas que existen. En la perspectiva antropológica, significa todo lo hecho por el hombre, es decir, lo que no es naturaleza. Una visión más pedagógica opondría la cultura a la ignorancia. Estas definiciones dualistas -cultura/naturaleza, cultura/ignorancia- pueden ser complementadas por una visión más moderna que concibe a la cultura como una suma de procesos y objetos simbólicos mediante los cuales las sociedades producen y reproducen sus propios valores y su lugar en el mundo.
Di Tella propició, quizás involuntariamente, la degradación del debate al presentarlo envuelto en una jerga irónica y descalificadora, más aceptable en la esfera privada que en la pública. Pero no todo lo que dijo es falso. Por supuesto que la cultura (no con mayúscula, sino las estructuras culturales del Estado) debía ser absoluta prioridad para él, que para eso había sido designado, pero es cierto que no lo era, ni lo es, para el Estado, que le destina una ínfima parte de su presupuesto, muy lejos de lo recomendado por la Unesco.
Las palabrotas e insultos proferidos, aunque absurdos e innecesarios, no merecen mayores comentarios ni pérdidas de tiempo. Lo que sí resulta no sólo frívolo y demagógico, sino también un profundo error de concepto, es la comparación entre el hambre de los chicos de Santiago del Estero y eventuales acciones culturales: la gestión del Estado es simultánea y concurrente; los chicos no son animales domésticos a los que baste con tirarles un pedazo de pan (y ni siquiera a los animales les basta); la dignidad de esos chicos será resguardada sólo si el Estado, desde ahora mismo, junto con el alimento, les proporciona facilidades para educarse y disfrutar, en su formación, de los bienes culturales que su comunidad ha creado.
Pero ya -¡una vez más!- un secretario de Cultura ha partido y otro ha desembarcado. A este último hay que desearle buena suerte y paciencia; los reclamos serán muchos y los medios para enfrentarlos más bien escasos. Tal vez valga la pena apuntar el balance -no del todo negativo- que deja este pequeño escándalo mediático de la transición.
1) El tema de la cultura se ha instalado en los medios con mucha mayor frecuencia e intensidad de lo habitual, si bien no de un modo del todo racional y ortodoxo.
2) Pudo apreciarse que falta, en el Estado argentino, una burocracia (en el mejor sentido) cultural. Y no ocurre sólo en este sector. De todos modos, es el momento de destacar notables esfuerzos individuales, que han partido tanto desde el ámbito nacional como desde provincias y municipios. Sólo dos menciones (aunque no deberían ser las únicas) provenientes de los partidos tradicionales: Patricio Lóizaga (peronista) y Jorge Cremonte (radical), que en los últimos años, y desde distintos cargos oficiales y académicos, han trabajado con fuerza e inteligencia para jerarquizar y capacitar la administración de la cultura.
3) Quedó demostrado que se asignan pocos recursos a la cultura (salvo en la ciudad de Buenos Aires) y que hay que incrementarlos. Se insinuó la importancia estratégica de la cultura y su peso en términos de circulación de bienes y producción económica.
4) Se malversó la discusión sobre políticas culturales, pero, paradójicamente, se demostró con ello que vale la pena continuarla y profundizarla.
La cultura es uno de los más aptos terrenos para luchar por la libertad y la igualdad, los dos valores que resumen las mejores aspiraciones del Estado moderno. Es un buen momento para retomar, sin mezquindades, la faena. Si no fuéramos capaces de hacerlo, nos veríamos obligados a inclinar la cabeza ante otro aforismo de Lech: "Con una fila de ceros se construye fácilmente una cadena".





