El amor de "las tías queridas"
No sé si conté alguna vez que tengo una tía llamada Leondina, hermana mayor de mi madre, a la que de chico le decía "la tía querida". No porque no quisiera a mis otras tías sino porque, tal vez por la circunstancia de que vivíamos cerca, a unas pocas cuadras una familia de la otra, nos veíamos con frecuencia. Camino a su casa, tomaba un atajo por una calle de tierra a la que los vecinos denominaban "la cortada", porque en efecto por ahí se cortaba camino.
Cuando llovía, en esa calle algo desnivelada, donde algunos dejaban los escombros, se formaban charcos en los que nosotros, un grupo de amigos de siete y ocho años, vislumbrábamos lagos donde crecían especies fabulosas (eran renacuajos). En esa calle crecían flores silvestres, la flor de la manzanilla, zinnias y una enredadera con campanillas azules. De paso por la cortada, se podían crear ramos para llevarle a mi tía querida.
En esos años ella atendía una despensa de barrio de la que sólo recuerdo (la memoria es selectiva además de engañosa) el aspecto de las latas de galletitas, unos cubos donde se conservaban delicias con sabor a vainilla, galletitas con formas de elefantes, leones y jirafas, otras rellenas de una sustancia rosada y dulce. Mis padres trabajaban en fábricas y muchas veces hacían horas extras. A la hora del té, con mis primos merendábamos mientras Leondina se tomaba, como se diría más tarde en una tanda publicitaria repetida hasta la náusea, "cinco minutos", y se tomaba un té. Ese ritual se mantuvo durante décadas. Las galletitas con formas de animales dieron paso a las tostadas o al pan negro untado con queso crema y mermelada.
Es verdad que el tiempo del pasado tiene un espesor diferente: la fugacidad, en el recuerdo, imita una duración lenta. Me sorprendió, durante la adolescencia, que un personaje de En busca del tiempo perdido, se llamara (casi) como mi tía. Pensaba que su nombre era único.
Vuelvo seguido al barrio donde vive mi tía a visitarla, a ella y a la familia de su hija. Para todos nosotros, los años pasaron y en ese paso por momentos delicado o pesado los años trajeron alegrías y despedidas. Por un problema de salud, la memoria de mi tía querida se remonta a un pasado que pocas veces me incluye. Eso pienso cuando la escucho hablar en un dialecto de la península italiana: imagino que dialoga con los padres, los hermanos, las amigas de la infancia que veían crecer las flores, los animales y las plantas en el campo, un campo menos enorme que el de la pampa sudamericana.
Cuando mis otras tías, mis primos, los hijos de mis primos y yo llegamos de visita, la mirada de Leondina (a la que siempre le dije “tía”) se ilumina como cuando, eso quiero creer, aquel que era yo caía cerca de la hora de la merienda con un ramo ralo de flores que había cortado en el jardín improvisado de una calle del barrio que, por milagro, había quedado sin asfaltar.









