El complejo y largo viaje hasta el origen de la pandemia
La cerrazón del régimen chino impidió a la misión de la OMS determinar cómo el virus pasó del animal al humano, dato clave para evitar nuevos desastres sanitarios globales
10 minutos de lectura'

En algún momento de la segunda mitad de 2019, en China, el coronavirus dio un salto natural entre una especie de mamífero silvestre y el ser humano; en eso hay un amplio consenso entre los investigadores. Pero faltan detalles, muchos detalles, y quedan dudas: por ejemplo, si los murciélagos fueron efectivamente el origen (muy probable) y cómo llegaron a darse los contagios desde las provincias chinas donde habitan esos animales hasta el Mercado de Wuhan, donde el sistema sanitario local advirtió la aparición de la nueva enfermedad; y si hubo o no un huésped intermedio (se menciona al pangolín, una especie de mulita o armadillo asiático). Con esas lagunas, es difícil terminar de saber cómo fue la historia evolutiva del virus que cambió la historia.
Además de la lógica curiosidad humana, para los científicos es importante tener estas respuestas por varias razones. Entre ellas, ver qué errores se cometieron para no volver a las andadas (o bien reducir las chances de reincidir) y evitar nuevas pandemias. Incluso dada la estructura de la organización económica del mundo, que presiona sobre los recursos naturales y que genera –en esa interacción intensa entre humanos y animales– más posibilidades para ese tipo de saltos entre especies (la deforestación, por ejemplo, obliga a cambiar de hábitat de la fauna).
A comienzos de año –del 14 de enero al 10 de febrero de 2021– una misión de la Organización Mundial de la Salud (OMS) viajó a China para obtener respuestas a estos interrogantes abiertos, pero la conclusión del reporte fue la misma con la que terminan muchos trabajos científicos amantes de la cautela y de no caer en la tentación de hacer afirmaciones sin sustento: un decepcionante “todavía faltan más datos y más investigaciones”.
“En lo que concierne a la OMS, todas las hipótesis siguen sobre la mesa. Este reporte es un buen inicio, pero no es el final. Todavía tenemos que encontrar la fuente del virus y debemos seguir la ciencia y no dejar piedra sin remover”, dijo Tedros Ghebreyesus, director general de la OMS. “Encontrar un virus requiere tiempo y le debemos al mundo el hallazgo de la fuente [del coronavirus] para así de manera colectiva tomar las decisiones correctas para reducir el riesgo de que esto suceda otra vez”, agregó en una comunicación oficial del organismo. ¿Y entonces?
Ciencia y geopolítica
Por supuesto, aun antes del Covid-19 existía una relación entre las investigaciones –qué se investiga y cómo– con las necesidades del ordenamiento político internacional y sus relaciones de poder. Pero la pandemia dejó estas interacciones expuestas a flor de piel. Primero, la desconfianza de una buena parte de Occidente hacia China y su gobierno, encarnada en sus inicios por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, empecinado en llamar “virus chino” al Sars-CoV2 y sembrar sospechas sobre un supuesto escape de un laboratorio, o incluso una liberación intencional del agente infeccioso. Pero más allá de ese extremo, también la canciller de Alemania, Angela Merkel, se lamentó por las inconsistencias del gigante asiático a la hora de informar en las etapas iniciales de la epidemia. “No hemos sido tan transparentes como debimos haber sido, por ejemplo, respecto de la información enviada por China acerca de los orígenes del virus y también [resulta cuestionable] la política de información de la OMS”, remarcó en un intercambio con periodistas dentro del Foro de Davos, este año virtualizado. Pero, a diferencia de su por entonces colega norteamericano, en lugar de salir de la OMS, Merkel pidió fortalecer a la entidad, porque “esta es la era del multilateralismo”.
Algo de esa cooperación entre los países se había visto en su momento en algunos aspectos de la lucha contra el cambio climático, que acercó a las dos principales potencias contaminadoras de la atmósfera: el Estados Unidos de Barack Obama y la China de Xi Jinping, antes del Acuerdo de París de 2015. Lo que demuestra que tampoco es imposible la cooperación en medio de la competencia por primar.
Sin embargo, en este caso las potencias occidentales no quedaron nada contentas con el resultado de la misión técnica a Wuhan. Nuevamente encabezó el coro de indignados el gobierno de los Estados Unidos, esta vez con el demócrata Joseph Biden a la cabeza, que sumó otros trece países (europeos y asiáticos), quienes afirmaron que faltaba información y las muestras de material del lugar requeridas, e incluyeron acusaciones respecto de que los funcionarios chinos no dieron acceso a datos que los investigadores necesitaban.
Crónica de una misión
La Organización Mundial de la Salud había decidido enviar la misión especial para saber qué había sucedido en ese ahora célebre mercado húmedo, aparente cuna del nuevo coronavirus. Viajaron 17 destacados investigadores de países como Australia, Dinamarca, Alemania, Japón, Kenia, Estados Unidos, Reino Unido, entre otros, que se unieron a un grupo de otros tantos científicos locales.
No fueron pocos los tropiezos. Primero, dificultades en el ingreso mismo al país hasta que líderes mundiales pidieron que los dejaran entrar. Finalmente lo hicieron y estuvieron casi un mes reuniendo pruebas. “Y no encontraron nada, la verdad”, resume Carolina Torres, viróloga miembro del Grupo País, que hace investigación genómica sobre el coronavirus en la Argentina (que vigila las variantes). Torres señala que, dada la situación y los animales que hay en la zona, es difícil que se puedan encontrar virus ancestrales lejanos o el propio Sars-CoV2 precisamente allí, en Wuhan, donde se originó la pandemia.
Aparece como posible entonces la hipótesis deslizada por uno de los miembros de la misión de la OMS, pero no especialmente enfatizada en el informe de 120 páginas, donde apenas se la menciona como una posibilidad de rastreo hacia atrás: las granjas con animales no tradicionalmente domesticados que organizó durante décadas el gobierno chino. En declaraciones periodísticas, Peter Daszak, experto de Ecohealth Alliance, mencionó que esa implementación de granjas con animales no domesticados podía llegar a haber sido el origen del salto del virus que se transformó en pandémico.
Estas granjas, que estaban en la cadena de abastecimiento del mercado de Huanan en Wuhan, fueron cerradas en febrero de 2020, al principio del desastre que luego se extendería a los cinco continentes. Daszak le dijo a la radio NPR de los Estados Unidos que la drástica decisión fue una señal fuerte respecto de la sospecha del gobierno chino sobre el camino que hizo el nuevo coronavirus entre murciélagos y humanos. Durante unos veinte años, el gobierno local había tomado animales exóticos como civetas, puercoespines, pangolines, perros mapache y ratas de bambú y los había criado en cautiverio, señaló el ecólogo. La iniciativa fue exitosa, si se mide como tal algo que generó millones de empleos y miles de millones de dólares. Pero, como sucede con otras cuentas ambientales, si se internalizaran los gastos derivados de la pandemia, los números quedarían rojísimos.
Que hayan cerrado estas granjas no implica admisión de culpabilidad, pero al menos sí es un indicio de que también en este caso la relación entre los recursos naturales o, dicho en términos menos economicistas, los ecosistemas y la civilización debe seguir un camino de mayor razonabilidad. Las granjas estaban localizadas precisamente en la provincia de Yunnan, donde viven los murciélagos que conviven con otros coronavirus.
Otro investigador argentino que prefirió mantener su nombre en reserva admitió que es posible que China haya investigado por su cuenta. “Supongo que a esta altura ya hicieron muestras de todo lo que podrían muestrear, especialmente de esos primeros casos del mercado húmedo. Quizá se reservan dar a conocer la zona y el animal reservorio de origen, pero es algo que desde luego no se puede saber porque no existen datos públicos”.
Dar con ese origen no sería solo saciar la curiosidad. “Encontrar el origen nos daría la ventaja de poder identificarlo y tener una vigilancia más cercana. Como en el caso del Mers, otro coronavirus, con el dromedario como huésped intermedio, en el que se pudo generar vigilancia sobre ese animal. Si no se encuentra el origen en este caso, vamos a estar más a ciegas, tanto para limitar nuevas infecciones como alguna práctica que haya dado lugar a ese salto por el contacto frecuente entre humanos y animales”, añadió Torres, que es optimista respecto de que en algún momento se podría encontrar el origen del virus con rastreo genético. “El riesgo de no hacerlo es tardar más en vigilar y que haya otro salto por haberlo perdido. De un Sars, o de otro coronavirus, o por otra especie”.
¿Por qué es importante conocer el origen del SARS-CoV-2 y corresponde hacer más investigación (o reclamar la que eventualmente haya hecho China para su uso interno)? Responde ahora Germán González, investigador del Conicet en el Instituto de Diversidad y Ecología Animal (Universidad Nacional de Córdoba): “En primer lugar porque es un misterio y a los seres humanos nos encanta resolverlos. Pero además podría ser la clave para evitar una próxima pandemia”, dice, en línea con Torres. “Los coronavirus de murciélago están distribuidos por todo el mundo y mutan muy rápido, dos características que hacen muy probable que nos enfrentemos como especie a otro virus similar en el futuro. Conocer el origen de este virus nos podría permitir tomar mejores decisiones y poner el foco en el lugar correcto”.
¿Es suficiente con controlar la venta de animales exóticos en mercados de todo tipo?, se pregunta González y responde: “Si el virus provino de animales domésticos o por contaminación de alimentos congelados, dos hipótesis que la OMS no descarta, entonces habrá que tomar otras medidas”.
Pero quedan más preguntas flotando, como señala el investigador: “¿Cuándo se generaron esas mutaciones que lo hacen más infeccioso al virus? ¿Fue en murciélagos? ¿Hubo un paso por un huésped intermedio antes de llegar al ser humano, como el pangolín (la OMS sugiere incluso que podrían haber sido animales domésticos)? Encontrar el origen exacto es como buscar una aguja en un pajar: va a ser necesario secuenciar el ADN de cientos o miles de animales salvajes y domésticos para, con un poco de suerte, dar con la respuesta”. Para finalizar, González añade: “Lo que sabemos hasta ahora es que el virus más parecido al Sars-CoV2 que se encontró en la naturaleza fue en murciélagos. Pero existen algunas diferencias claves entre los dos, en especial en la proteína S, que hacen que este Sars esté mejor preparado para infectar seres humanos”.
Más allá de las idas y vueltas de China con la OMS y las potencias occidentales y sus aliados, hay algo intrínseco al virus que complica esa búsqueda del origen y que asimismo complica su control epidemiológico: la existencia de una gran cantidad de asintomáticos y personas que apenas tienen unos pocos síntomas, encima similares a resfríos comunes o gripes, lo que hace sospechar que hasta que generó un racimo de infectados graves en un mismo lugar (el tal mercado de Wuhan) pudo haber circulado durante al menos algunos meses, incluso en otras regiones de aquel país. Quizá próximas misiones e investigaciones que vayan para atrás en el linaje genómico hasta el murciélago puedan dar respuestas. Para, así, con ciencia y algo de suerte, evitar futuros brotes.








