
El conflicto con Uruguay tiene solución
Por Juan Larreta Para LA NACION
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La intervención del rey de España abre una oportunidad excepcional que la Argentina y Uruguay no deben desaprovechar. Si la desperdiciamos, el conflicto se tornará largo y con alta probabilidad de agravarse.
Debemos reemplazar el estéril y peligroso intercambio de acusaciones y agresiones por un intercambio de propuestas -que incluyan concesiones mutuas- con el objeto de converger hacia una solución realista para ponir fin al conflicto.
Los siguientes son los puntos que constituyen una propuesta de posible solución al problema:
1) Lograr que el rey de España designe un comité internacional de expertos. Este comité, provisto de metas acordadas de antemano, podría monitorear la calidad de los procesos y de los efluentes de la planta de Botnia y tendría el poder de exigir las modificaciones necesarias, imponer multas e incluso cerrar transitoriamente la planta hasta que se cumplan los requisitos acordados.
2) Construir un conducto de desagüe que desemboque 30 o 40 kilómetros río abajo, de modo que los efluentes líquidos jamás puedan alcanzar la zona de Gualeguaychú. Este conducto, que no es costoso, resulta clave para evitar que el turismo en esa zona se vea afectado. En efecto: un control por parte de un comité internacional de expertos que dictamine que las dioxinas y los furanos emitidos por la planta se encuentran por debajo del nivel máximo permitido por el convenio tal o cual, si bien es necesario, no será suficiente para convencer al turista de que la planta de Botnia se convirtió de golpe, gracias al monitoreo, en inofensiva: sólo el traslado río abajo de los efluentes líquidos logrará tranquilizar al turista que visita nuestros balnearios.
3) Lograr un compromiso por parte de ambos países de no construir más papeleras ni pasteras sobre el río Uruguay y de no aumentar la capacidad de la planta de Botnia. Esto es fundamental para evitar nuevos conflictos y constituiría una importante concesión por parte de Uruguay y de la Argentina, ya que ambos países poseen bosques suficientes para abastecer nuevas plantas.
Hay tres tipos de contaminación: la producida por líquidos, la producida por gases y la visual.
Respecto de la contaminación producida por los efluentes líquidos, considero que su traslado a 30 o 40 kilómetros río abajo solucionaría en forma casi total el problema del turismo.
Los motivos son los siguientes. Primero: si bien cuando sopla el viento sur el río Uruguay corre en sentido opuesto al normal, las aguas no alcanzan a subir 30 o 40 kilómetros como para llevar los efluentes desde el lugar de desagote hasta la altura de Gualeguaychú.
En segundo lugar, está el hecho crucial de que, desde las playas de Gualeguaychú hasta el Río de la Plata, la costa argentina sobre el río Uruguay es baja, fangosa e inundable, se encuentra prácticamente despoblada y carece de potencial turístico.
En cambio, el margen uruguayo en ese trayecto es alto, se encuentra poblado, posee bellas playas y dos ciudades turísticas: Nueva Palmira y Carmelo. Todo esto permite inferir que serán nuestros vecinos los más interesados en preservar la calidad de las aguas.
Por supuesto que nada de lo dicho exime a Botnia de preservar los estándares fijados de antemano sobre la calidad de los efluentes.
Respecto de la contaminación producida por gases, debemos tener en cuenta que existen muchas plantas similares a la de Botnia en Europa y Japón que no generan protestas por este tipo de contaminación, a pesar de hallarse a cortísima distancia de zonas densamente pobladas.
Esto permite suponer que, si exigimos que Botnia adopte los mismos métodos utilizados por estas plantas, dicha contaminación puede ser evitada. Conviene señalar también que la enorme chimenea que posee esa planta no es una simple chimenea, sino que contiene un recirculador de gases por medio del cual se logra que la emisión de gases se produzca sólo durante ocho a diez días por año.
Esta situación hace posible que Botnia aproveche los días en que el viento no se dirige a las costas argentinas para verter sus efluentes gaseosos. Esto último debería formar parte del convenio.
Finalmente, la contaminación visual también puede ser eliminada, tal como lo propuso recientemente el arquitecto Torcello en la revista Debate , creando frente a la planta una barrera vegetal mediante la construcción de una serie de canteros escalonados. Dichos canteros podrían ser mucho más pequeños y alojar cañas en lugar de árboles, disminuyendo drásticamente el costo de la obra.
No debemos olvidar que los asambleístas de Gualeguaychú lograron un triunfo poco esperado y sumamente importante: que la planta de pasta celulósica de ENCE fuera relocalizada en una zona próxima a Colonia, donde no afectará a la Argentina. En suma, Gualeguaychú logró eliminar una parte importante del problema.
Finalmente, cabe señalar que la pretensión de relocalizar la planta de Botnia no parece realista, dado lo avanzado de su construcción.
En efecto: el costo de las indemnizaciones que debería afrontar el gobierno uruguayo sería del orden de los quinientos a ochocientos millones de dólares, que representan entre un cinco y un ocho por ciento de su producto bruto.
¿Estaríamos dispuestos los argentinos a pagar una suma del orden de los cinco mil a ocho mil millones de dólares (que representaría un esfuerzo equivalente) para satisfacer un reclamo similar? Por otra parte, existe un motivo tanto o más importante por el cual la propuesta no parece realista: el gobierno uruguayo, todos sus partidos políticos y el pueblo, casi en su totalidad, se han encolumnado firmemente en contra de este traslado, al que consideran una humillación inaceptable.
En suma: no repitamos la misma actitud intransigente que, en el conflicto de Malvinas, nos condujo a rechazar la "propuesta de las tres banderas" (la argentina, la inglesa y la de las Naciones Unidas), que nos otorgaba una parte importante de lo que pretendíamos y que era un buen comienzo para una negociación de más largo plazo. Es muy difícil plantear una relocalización de Botnia. Exijamos, en cambio, que exista un control estricto e imparcial de la calidad de los procesos y efluentes, que los gases se emitan sólo aquellos días en que el viento no los derive hacia nosotros, que los líquidos debidamente tratados se viertan 30 o 40 km río abajo, que la contaminación visual sea eliminada por una "barrera vegetal" y asumamos ambos países, el compromiso de no construir más papeleras sobre el río Uruguay o sus afluentes.






