El conflicto entre Rusia y Ucrania divide a la Iglesia Ortodoxa

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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1 de noviembre de 2018  • 02:17

Ucrania está convulsionada y dramáticamente dividida. Su gobierno central controla sólo la mayor parte de su territorio, con excepción de buena parte del mismo que está, desde hace cuatro años ya, en manos de separatistas cuyas propuestas incluyen la de volver a integrarse con la Federación Rusa. Hablamos del este del país.

El tema no es sólo político y no tiene que ver únicamente con la soberanía sobre espacios territoriales concretos. También conforma –como veremos- una difícil cuestión religiosa que afecta muy seriamente a la Iglesia Ortodoxa. Por su envergadura confesional, que no es demasiado distinta a la reforma protestante ocurrida hace ya cinco siglos.

En Ucrania, más de las dos terceras partes de la población pertenece a esa Iglesia. Pero, en función de acuerdos que llevan más de tres siglos de vigencia, buena parte de los ortodoxos ucranianos han estado, religiosamente, bajo la autoridad del Patriarca de Moscú que, naturalmente, ahora está siendo cuestionada.

La Iglesia Ortodoxa, a diferencia de la católica, no tiene un Patriarca supremo. Nada, ni parecido, al Papa de los católicos. Cada Patriarca es considerado supremo en su propia jurisdicción. Cada Iglesia Ortodoxa es entonces –por definición- "autocéfala", es decir, esencialmente independiente.

Todos los Patriarcas ortodoxos se consideran entonces como líderes que están a la par, con excepción de un tema crucial: aquel que tiene que ver con la determinación y extensión de sus respectivas jurisdicciones, respecto del cual el Patriarca de Constantinopla dirime históricamente los conflictos y diferencias. Hoy es el Patriarca Bartolomé, basado en la ciudad de Estambul, sede patriarcal desde que Constantinopla –en su momento- se transformara en la capital del Imperio Bizantino.

El fuerte conflicto político y militar entre Rusia y Ucrania generó tensiones muy ríspidas dentro de la Iglesia Ortodoxa ucraniana. A punto tal, que ella decidió separarse del Patriarca de Moscú y transformarse en un Patriarcado autónomo. Para ello –como era de suponer- solicitó la opinión al mencionado Patriarca Bartolomé quien –luego de convocar a un sínodo "ad hoc" de tres días- dictaminó, sin mayores demoras, en contra de Moscú, reconociendo autonomía completa a la Iglesia Ortodoxa ucraniana basada en la ciudad de Kiev, donde precisamente naciera –en su origen- la propia Iglesia Ortodoxa.

Las tensiones entre Rusia y Ucrania han generado un cisma entre las iglesias ortodoxas de ambos países, ahora reconocido como tal por el mencionado Patriarca Bartolomé.

Para el Patriarca Ortodoxo de Moscú, ello supone una derrota evidente. Los lazos entre el Patriarca de Moscú, Kyril I, y Vladimir Putin, no sólo son estrechos, sino sumamente ostensibles. Por esto, todos los líderes ortodoxos en Moscú rechazan la decisión del Patriarca Bartolomé, al que ahora –de pronto- no consideran como el primer Patriarca entre iguales.

La Iglesia Ortodoxa está dividida en 14 regiones, algunas de las cuales coinciden con naciones de Europa Oriental y otras con las viejas regiones del Imperio Bizantino. En Ucrania existen parroquias que conforman nada menos que un tercio de aquellas que el Patriarca de Moscú considera que están bajo su jurisdicción directa. El tema, aunque esencialmente religioso, tiene claramente una complicada arista económica, desde que tiene que ver con quién es finalmente el propietario de las iglesias, los conventos, y otros inmuebles de la Iglesia Ortodoxa.

Para Vladimir Putin, al haberse extinguido los elementos sobre los que –en tiempos del comunismo- se edificaba culturalmente su nación, todo lo que hoy suponga valores religiosos capaces de unificar socialmente y de conformar el núcleo central de una nacionalidad tiene una enorme importancia.

La Iglesia Ortodoxa, recordemos, nació en 1054, cuando el Imperio Romano se dividió entre Oriente y Occidente. La Iglesia Ortodoxa ucraniana, por su parte, ha estado bajo la jurisdicción del Patriarcado de Moscú desde 1686. Desde hace más de tres siglos, entonces. Por esto último el tema es urticante.

La tensión religiosa entre Rusia y Ucrania en el seno de la Iglesia Ortodoxa inevitablemente se ha extendido a varias otras naciones del este europeo. Entre ellas, a Serbia, cuya iglesia ortodoxa es muy cercana a la de Moscú, ciudad a la que considera como una tercera Roma. Y a Grecia, donde los ortodoxos tienen gran vinculación no sólo con sus pares serbios, sino con el propio Patriarca de Moscú. Hasta en el importante monasterio del Monte Athos las opiniones están divididas. La reciente anulación por parte del Patriarca de Constantinopla de la dependencia de la Iglesia Ortodoxa Ucraniana del Patriarca de Moscú ha provocado también remezones en Bielorrusia y Lituania que, por su parte, han sido históricamente más cercanas al Patriarca de Kiev.

Todo un complejo entuerto de poder en el ámbito religioso ha estallado, afectando la convivencia pacífica en el interior de la Iglesia Ortodoxa y abriendo grietas profundas, que no será nada fácil cerrar. Particularmente cuando, en el plano de lo religioso, las emociones suelen estar a flor de piel.

Lo que sucede en Ucrania genera ciertamente desconfianza externa respecto de la Federación Rusa. Más allá de la Iglesia Ortodoxa. Muy especialmente porque otros episodios recientes han provocado también preocupación en Occidente. Me refiero a los envenenamientos recientes en Salisbury, de los que habrían sido partícipes espías rusos, y al descubrimiento, también reciente, de centros de espionaje rusos en territorio de Holanda.

En idéntico sentido, también generan nerviosismo las constantes provocaciones de aviones y naves militares rusos, en diversas fronteras y espacios aéreos que parecen haberse transformado en una suerte de peligrosa constante. Estas actitudes conforman un clima de tensión nuevo, que recuerda al que en su momento existiera entre la Federación Rusa y las naciones occidentales, cuando la llamada Guerra Fría. Las consecuencias de esas provocaciones pueden ser graves. Sin ir más lejos, la ilegal ocupación rusa de la Península de Crimea generó enfrentamientos armados en el este de Ucrania con un saldo terrible de 10.000 muertos, del que pocos hablan. De aquellos que son imposibles de olvidar.

Para hacer las cosas aún más complejas Ucrania aspira abiertamente a poder ser miembro de la OTAN. A la manera de presunto "seguro" de que no volverá a caer bajo el poder ruso. Esa aspiración, sin embargo, no se ha concretado. Quizás porque ella supone trasponer una "línea roja" para Vladimir Putin, quien sostiene que el ingreso de Ucrania a la OTAN equivaldría, para Rusia, a un "acto de agresión". Complementando el tumulto en el plano religioso, la Iglesia Ortodoxa de Macedonia acaba de reclamar que se reconozca su propia independencia.

Mientras todo esto sucede, el gobierno norteamericano no acepta la legitimidad de la ocupación rusa de Crimea y Sebastopol y, por ello, mantiene duras sanciones económicas impuestas por la Casa Blanca contra la Federación Rusa.

Hasta 2014, Ucrania tenía un gobierno pro-ruso. Estaba encabezado por Viktor Yanukovych. El expresidente ucraniano –asediado por las masivas protestas callejeras- huyó de su país en febrero de 2014 y desde entonces está refugiado en la Federación Rusa, lo que es toda una señal. "Real politik", entonces. Hasta en los ambientes religiosos, lo que conforma una realidad propia del agitado tiempo en que todos vivimos.

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