El coronavirus nos plantea la posibilidad de construir un mundo mejor

Andrés Pallaro
Andrés Pallaro PARA LA NACION
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24 de marzo de 2020  • 23:22

Los grandes acontecimientos del mundo siempre se inscriben dentro de un contexto. Podemos argumentar y disentir cuanto pueden advertirse previamente gracias a tendencias y escenarios. Y cuanto peso pueden tener esos imprevistos " cisnes negros ", popularizados por Nassim Taleb en este mundo inestable. Pero si agudizamos la mirada, siempre hay un tiempo histórico para cada fenómeno.

El coronavirus , en el cual hoy se debate gran parte de la Humanidad, tiene su "zeitgest" para interpretarlo y arriesgar hipótesis para el día después. Pues bien, el virus originado en China sucede en tiempos de un mundo dominado por el malestar, el cansancio y el pesimismo. Todo ello a pesar de la opulencia material, los avances en el combate a la pobreza y el enorme repertorio de posibilidades para expandir la humanidad y resolver problemas que nos brindan las nuevas tecnologías, propias del mundo digital de esta Cuarta Revolución Industrial.

Es verdad que el Siglo XX terminó con luces expandidas: crecimiento económico, derrota del comunismo y acelerada globalización. Pero, a poco andar, el trayecto se llenó de niebla. El miedo por terrorismos desbocados simbolizado en el ataque a las Torres Gemelas (2001), la crisis financiera global y sus enormes consecuencias (2008), el alarmante crecimiento de desigualdades luego de haber facilitado que tantas personas probaran el sabor del progreso sin depender de privilegios, herencias ni títulos y el ascenso al poder de populismos nacionalistas que vuelven a polarizar el mundo de forma violenta, fueron oscureciendo el panorama.

En este mundo, lleno de contrastes entre los beneficios de las capacidades de innovación humanas y el malestar por todo lo que colectivamente aun no logramos resolver, llegó el coronavirus. Claro que hubo alertas, como el SARS o el Ebola. Y también estudios científicos previsores y mensajes visionarios como el de Bill Gates alertando sobre la escasa preparación del mundo para enfrentar pandemias. Poco escuchado por líderes mundiales encerrados en la inmediatez. Y aquí estamos, batallando por no ser arrasados por algo de apariencia tan inocua e insignificante como un virus. Ni siquiera por factores que usualmente eran depositarios de nuestros miedos más profundos: una guerra nuclear, una invasión extraterrestre o un cataclismo de la naturaleza tan atacada.

Pero quizás todo esté relacionado y haya que buscar en los crecientes desequilibrios de nuestras maneras de vivir, producir y gestionar los asuntos globales, las causas profundas de lo que hoy estamos sufriendo bajo la forma de un virus que se ha convertido en pandemia. Es que, si miramos bien, estamos estancados entre la promesa de todo lo que podemos lograr después de haber llegado hasta acá como civilización y los crecientes obstáculos para gestionar las transiciones que viven las grandes mayorías sociales para vivir mejor.

Tenemos una fuerte batalla por delante para derrotar al Covid-19. Y podemos convertirla en la plataforma para acelerar la construcción de un mundo mejor. Esta pandemia, que no discrimina entre clases sociales ni niveles de desarrollo de los países, nos dejará más conscientes que nunca de nuestra finitud, vulnerabilidad y destino común dentro del planeta Tierra. Ya no se trata de esos efectos adversos de la marcha del mundo que "les pasa a los otros". Cada uno de nosotros es una víctima potencial de este elemento químico que nos asalta sin piedad. Quizás ese sentimiento colectivo sea el que necesitamos para recrear fuerzas y tomar velocidad para superar las transiciones hacia un mundo mejor, que combine de maneras superadoras la tecnología que tanto nos resuelve con la humanidad revalorizada que tanto necesitamos. Y quizás salgamos de esta enorme amenaza preparados para dejar de refugiarnos en líderes populistas que nos invitan a protegernos volviendo al pasado, renunciando a la pesada pero ineludible carga de construir el futuro.

Después del Covid-19, reparadas las heridas y realizados los duelos (Dios quiera que no sean tantos), podremos lanzarnos a superar viejos debates. Ya no se trata, aunque insistamos, de derecha vs. izquierda, de Estado vs. Mercado, de nacionalismo vs. internacionalismo. Los debates emergentes tienen que ver fundamentalmente sobre como organizar un sistema económico y social que regule, sin ahogar, al mercado, la creación de valor y la innovación tecnológica garantizando la vigencia del motor creativo que nos ha traído tanto bienestar. Pero, al mismo tiempo, el debate consiste en como generar puentes efectivos para el ascenso social de las mayorías evitando la distopía de sociedades duales donde el progreso sea solo privilegio de unos pocos.

Y hay que hacerlo bajo tres grandes premisas: una nueva ética que respete el planeta reparando todos los desequilibrios ambientales que hemos generado; una inapelable disciplina para respetar las evidencias científicas en la toma de decisiones frente a la amenaza siempre presente de la charlatanería demagógica y una postergada cesión de soberanías nacionales en manos de una gobernanza global inteligente y justa, que nos permita estar mejor equipados para problemas de alcance global.

El informe 2019 de Naciones Unidas sobre el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de cara al año 2030 alertaba: hemos logrado mucho, pero hace varios años que la fuerza transformadora de esa hoja de ruta para un mundo mejor se estaba desacelerando. El Covid-19 nos pone de lleno y de forma dramática en una década que será decisiva para el futuro de la humanidad. No saldremos siendo los mismos de esta pandemia. El liderazgo mundial debe hacer punta pero todos tendremos responsabilidades en la tarea de recrear el optimismo, expandir nuestras capacidades y lanzarnos a crear valor en la pequeña parte que nos toca de este mundo.

¿Seremos capaces de hacerlo? Creo que sí, aunque nos esperan años muy duros. Irvin Yalom, en su obra póstuma Memorias de un Psiquiatra expresó: "Aunque la realidad de la muerte pueda destruirnos, la idea de la muerte puede salvarnos. Implica advertir que, como tenemos una oportunidad de vida, debemos vivirla plenamente y terminarla con la menor cantidad posible de arrepentimientos". Que el desenlace del Covid-19 inspire las invisibles e inacabadas fuerzas de la humanidad hacia un mundo mejor.

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