El encantador de serpientes y su público
Cuando lo conocí en el Colegio Nacional Buenos Aires, a los 13 años (1955), le temí y no dejé de observarlo porque había en él algo que lo hacía no sólo de cuidado, sino diferente y misterioso. Ignoraba que, mucho después, habría de admirarlo.
La disciplina en el Nacional era muy severa en aquella época, sobre todo en los dos primeros años, porque los alumnos no teníamos “calle”. Los celadores eran alumnos de quinto y sexto año. Me parecía que tenían poder de vida y muerte sobre nosotros. Después dejé de temerlos, pero seguía recelando a un “auxiliar”. Dentro de la jerga disciplinaria, un auxiliar era un graduado que seguía cumpliendo tareas de vigilancia de los alumnos y de trato con ellos. Los auxiliares eran como sargentos u oficiales, les pagaban un sueldo y se hallaban por encima de los celadores.
No recuerdo si, ya en mi primer año, Carlos D’Alessio era auxiliar o celador; se comportaba como si fuera un riguroso rector. Parecía muy simpático con sus pares. Con ellos, conversaba sobre cine y música. Si, en algún momento, las voces de los alumnos se elevaban, sus ojos se convertían en quijadas a punto de devorarnos y su voz se imponía a las nuestras. Observé que podía tener gestos bruscos, pero también muy delicados y sin ninguna afectación. Quedó en mi memoria como alguien que no había terminado de descifrar. Sin embargo, registré que había en él una vertiente dramática.
Entre los treinta y los cuarenta años, quizá más tarde, vi en un ciclo sobre las películas dirigidas por Marguerite Duras. La primera de ellas fue India Song, de 1975, en la que actuaba la inolvidable Delphine Seyrig, bella, elegante y sinuosa como nunca. La acción se desarrollaba en la década de 1930. Seyrig interpretaba a la promiscua esposa del embajador francés en la India, harta del clima de opresión y tedio de su vida.
El film era la quintaesencia de un mundo decadente; los personajes parecían “estar de vuelta de todo; blasés sería la palabra francesa, hastiados de exotismo, refinamiento y víctimas de una pereza sensual hasta el punto del desdén. Pocas veces una película me hizo caer, como India Song, en un estado contradictorio de fascinación y hastío, el mismo hastío de los personajes.
La hipnosis de ese mundo imaginario se basaba sobre todo en dos pilares: los movimientos y los gestos sedosos y magnéticos de Seyrig, que parecían inspirados en los de una aristocrática serpiente; y la música envolvente. El tema melódico principal penetraba en la cabeza para no salir durante semanas. Esa música era también la que servía de fondo a los textos, igualmente magnéticos y tóxicos, de Marguerite Duras, leídos por la autora.
No me fui de la sala hasta que no pasaron todos los créditos: quería saber quién era el autor de esa música. Cuando vi el nombre, me quedé atónito: Carlos D’Alessio, No me cupo ninguna duda: era mi auxiliar, no se trataba de un homónimo. Esa música, aún no compuesta en 1955, provenía de la tristeza sonriente, intuida, pero no descifrada, por mí, del muchacho que había despertado mi curiosidad. Carlos fue nominado a los premios César por la mejor música escrita para película. No ganó. India Song se convirtió en un film de culto.
Le pregunté tiempo después a Enrique Pezzoni, el maravilloso y mundano profesor y crítico de literatura, si había conocido a D’Alessio. Por supuesto, lo conocía desde antes de que éste se fuera al extranjero en 1962. Pezzoni me contó una anécdota profética. Una de las veces que fue a Nueva York, llevaba cartas de presentación a media ciudad. Fue así como una noche llegó a la casa de una millonaria norteamericana de muy buena familia, donde había sido invitado a comer. Le abrió un mayordomo distinguido como un mayordomo polaco. No era polaco: era Carlos D’Alessio. Las miradas de los dos se encontraron y se dieron un mensaje tácito: allí no se conocían.
Posteriormente D’Alessio pasó a París y se convirtió en el músico preferido de Marguerite Duras para sus películas y también el favorito de Alfredo Airas para sus espectáculos teatrales. Con éste desplegó un humor y una ironía irresistibles.
D’Alessio murió en 1992, a los 52 años. En El País, de Madrid, el crítico Ramón de España publicó el 17 de junio de 1992 la nota necrológica del músico argentino. Lo elogiaba con admiración y cariño conmovedores: “Carlos d’Alessio supo crear un pastiche sonoro (…) tan original como fascinante. Con su aspecto de mayordomo de casa buena, iba esparciendo sentimientos por el teclado y sumergiendo al oyente en un agradable entorno en el que el ayer era el mañana”.
Música de D’Alessio en Youtube: “India Song”; el soundtrack de Delicatessen; “Valse de l’Eden”; “Rumba des Îles”; “Tango-Tango”; “Chant laosien”; “Charleston”; “Louise”: “C’est tellement simple l’amour”; “Navire Night”.







