El escenario, espacio de un rito compartido
En el teatro, el sentido y la identidad de actores y público dependen de la presencia del otro
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Qué duda cabe que esta dramática pandemia descolocó y desacomodó nuestra rutina. O, si prefieren, nuestras modalidades y costumbres familiares. Ha generado desde incomodidades tolerables hasta desconciertos sintomáticos de distinta envergadura.
Pero un punto clave a subrayar de estas adaptaciones y renovaciones son las relaciones virtuales. Vínculos y actividades que hasta ahora se fundaban en y requerían (al menos así lo creíamos) la presencia física, fueron redefinidos por las nuevas exigencias de la crisis sanitaria como "encuentros a distancia" mediados por el puente tecnológico, que se pretende cada vez más omnipotente.
Pero me pregunto si todo encuentro acepta esas modificaciones -que remiten finalmente a ausencias y a espacios vacíos más allá de las nuevas vestimentas- sin perder parte de su esencia.
Como psiquiatra y psicoanalista, hace ya meses, tuve que sustituir el encuentro presencial, que es en mi opinión inherente al diálogo psicoanalítico, por la sesión virtual.
Trato, y muchos otros colegas también lo intentan, de ubicarme en estas nuevas escenas sin perder una indispensable eficacia terapéutica. Pero la inmovilidad y rigidez que impone la imagen en la pantalla, la desaparición del lenguaje gestual y corporal que tanto expresan, así como los significados que transitan ocultos en el movimiento supuestamente casual y los sonidos que no necesitan de palabras, tal vez porque no alcanzan para decir lo distinto, son un déficit innegable en esta nueva modalidad, pienso, aun cuando busquemos naturalizarla.
Pero vayamos a otro ámbito: el teatro. ¿Escenas que se desarrollan sin público? ¿Artistas que protagonizan sus conflictos y argumentos para una platea vacía, debiendo imaginar una audiencia "lejana"?
No olvidemos que fue en la Atenas de Pericles donde los inmortales Esquilo, Sófocles y Eurípides convirtieron los mitos representados en las fiestas dionisíacas en obras teatrales. Efectivamente, en el escenario se respira desde entonces el carácter singular del rito desacralizado. De ahí que en ese movimiento empático, tanto los intérpretes como el público, en una unión indispensable, comparten una historia que los envuelve y trasciende. Unos y otros saben, más allá de los lugares particulares que ocupan, que la identidad y el sentido de cada uno depende de la presencia del otro.
La emocionalidad del encuentro necesita de una retroalimentación que sólo la otorga el diálogo vivo, cargado de una espontaneidad secreta, que existe entre los actores y espectadores, protagonistas todos ellos de esa ceremonia que todavía evoca la religiosidad original.
Por eso la cultura posmoderna hizo de los conciertos multitudinarios un testimonio de la profunda aspiración de los seres humanos de estar fusionados y confundidos al menos por un tiempo, durante el cual se disuelven los límites y diferencias para conformar con los intérpretes una celebración plena.
El teatro entonces es encuentro -yo agregaría, nostalgioso- de una totalidad míticamente vivida, donde alguna vez todos fuimos protagonistas de una ficción que nos hizo palpitar nuestras verdades.
Médico psiquiatra, psicoanalista y escritor










