El medidor oficial de la angustia ajena

Nicolás José Isola
Nicolás José Isola PARA LA NACION
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24 de mayo de 2020  • 19:47

Pocos días atrás, decidí salir a la calle con Mateo, mi hijo de cuatro años, luego de cincuenta días en los que estuvo confinado. Bajábamos la escalera para llegar a la planta baja y levantando las manos, como quien festeja, me miró emocionado y me dijo sonriendo: "¡Voy a salir, papá!".

Con cuatro palabras me estrujó el corazón: parecía la conmemoración de un encarcelado. Con su celebración estaba gritando el dolor contenido durante su encierro. Mateo estaba asfixiado.

El aislamiento social no es una forma de vida natural para el ser humano. En buena medida, la sensación placentera de hogar tiene que ver con que volvemos. Si no volvemos a nuestro hogar, este pierde esa dimensión de refugio. Es un refugio porque salimos y volvemos a ese núcleo. Muchas veces, precisamos salir para reconocer por qué vale la pena estar. Por ello, no salir de casa puede generar hastío y tedio. Eso no es una exageración ni un signo de flaqueza. Así estamos configurados los humanos: somos sociales.

El sábado a la noche, frente a la angustia que sienten muchos por el confinamiento, una periodista le pidió al presidente Alberto Fernández que le diera un mensaje a la población. Respondió: "A mí me llama mucho la atención esta idea que transmiten muchos medios y muchos periodistas de la angustia de la cuarentena. ¿Es angustiante salvarse? Angustiante es enfermarse, no, salvarse; no, preservar la salud. Angustiante es que el Estado te abandone. (.) Estamos en una pandemia que mata gente, ¿lo entendemos? Estamos en una pandemia de un virus desconocido, ¿lo entendemos? No hay vacuna, no tiene remedio. ¿Lo entendemos? (.) Les pido: dejen de sembrar angustia".

Más que una pregunta, era un pase, un favor. Se le pedía "un mensaje", casi un centro a la cabeza para que floreciera su empatía. Pero no. Fernández comete errores no forzados en las jugadas más fáciles. Ya sabíamos que lo irritaban las preguntas sobre la economía, ahora también sabemos que ningunea a la angustia. Por momentos, en esa especie de juego del policía bueno y malo que hacen los dos Fernández del poder, el Fernández pluralista juega a la paz con kerosene en la mano.

Luego, envalentonado, Fernández chicaneó con que ahora no había una Secretaría, sino un Ministerio de Salud. Fascinante que lo recordara delante del mismo Ministro de Salud que en enero dijo: "No hay ninguna posibilidad de que exista Coronavirus en la Argentina".

Subestimar la angustia ajena es un buen indicador del nivel de empatía y humanidad. La palabra angustia viene del latín angustus que significa "estrecho o angosto". Cuando me angustio, algo se angosta en mí, me aprieta y me duele.

"Angustiante es enfermarse, no, salvarse", dijo el Presidente. Es bastante obvio que intentar salvarse produce angustia, porque quien intenta salvarse está en peligro, corre riesgo. Cuando no hay peligro, no hay nada de lo cual salvarse. Esa sensación de incertidumbre frente a lo que puede ocurrir genera estrés, palabra que viene de strictus, que es la raíz también de la voz "estrecho". ¡Picardías de la etimología!

Pero el Presidente continuó: "Angustiante es que el Estado te abandone". Una y otra vez, Fernández precisa decir que "su" Estado nos está cuidando, impidiéndonos siquiera preguntarnos si su modo de cuidarnos nos agrada. Podría hacer un test rápido interrogando a millones de bonaerenses sobre cómo se sintieron cuidados entre 1987 y 2015: 28 años que dejaron una infraestructura sanitaria vergonzosa (spoiler: dicen que gobernaba el peronismo). Memorias selectivas.

Por otra parte, podría haber sido cómico, si no hubiera sido trágico, que el gobernador Kicillof haya ironizado recordando los últimos cuatro años de gestión sanitaria: el cortoplacismo que tiene para mirar la historia es mayor que el que tiene para discursar.

Fernández debería ser más cuidadoso con la angustia de la gente, cuando el psiquismo personal y la billetera deshidratada se agotan de estar adentro, no hay panóptico estatal que dé abasto. Si la respuesta de la población hasta ahora fue bastante responsable, no era difícil darle una palmada en el hombro a ese cansancio. Es cierto que por sus funciones, Fernández no sabe lo que significó psíquicamente estar encerrado tantas semanas. En las diapositivas, la cuarentena no parece tan agotadora como en la realidad.

Hay que hacer silencio para escuchar a los niños angustiados por no poder correr, a los adultos sin perspectivas de futuro y a las pymes que quiebran, dejando hambre para la cena y miedo para el postre.

Por eso inquieta que Fernández haya dicho: "¿Qué me importa cuánto dure la cuarentena? Va a durar lo que tenga que durar". Sucede que al botoncito de la incertidumbre hay que apretarlo con mucho cuidado: activa fantasmas tan invisibles como el virus. Los seres humanos tenemos dificultades para lidiar con lo incierto.

Volvemos a casa. Mateo me mira sonriendo: "¡Papá, salir juntos fue tan divertido!". Está feliz.

Mi trabajo es escuchar a personas cansadas que tienen que resolver problemas. Debo confesarlo, nunca conocí a ninguna que haya muerto de empatía.

Filósofo, doctor en Ciencias Sociales y coach ejecutivo

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