El momento liberal de Alberto Fernández que no termina de ser

Luciana Vázquez
Luciana Vázquez PARA LA NACION
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18 de julio de 2020  • 14:38

La última vez que Cristina Fernández de Kirchner estuvo en un acto del 9 de julio fue en 2015. Era el último año de su gestión como presidenta y para el Día de la Independencia se trasladó a Tucumán junto a Daniel Scioli, que estuvo aquel día como candidato a presidente por el Frente para la Victoria. Eran días de campaña electoral.

Aquel 9 de julio, la celebración se desdobló entre el acto de estado en la Casa Histórica de Tucumán, el Tedeum y el Hipódromo tucumano. Al Tedeum, Cristina Kichner no fue. Evitó así las críticas del arzobispo de Tucumán, Alfredo Zecca, que fue fuerte contra el gobierno.

En la Casa Histórica de Tucumán, Fernández de Kirchner no pronunció palabra alguna para dirigirse a la ciudadanía en ese día histórico. Dejó ofrenda de laureles, cantó el Himno Nacional, saludó a los presentes, todos funcionarios del gobierno provincial y nacional, y firmó el acta de visitas.

En el Hipódromo tucumano, en cambio, desde un gran palco, bien rodeada por miembros de su gabinete, por autoridades provinciales del Tucumán de José Alperovich y los pañuelos blancos de las Madres de Plaza de Mayo, llegó la hora del discurso, de casi 20 minutos. Fueron palabras militantes dirigidas a una multitud de unas 40 mil personas con pancartas oficialistas, que vivaba "Cristina no se va" y cantos en homenaje a Néstor Kirchner. Un discurso de balance del legado kirchnerista, tramado con la fecha patria. Se transmitió por cadena nacional.

¿Por qué volver hoy a aquel acto del 9 de julio de 2105? Porque el contraste entre el ritual desplegado por Cristina Kirchner para aquella fecha y la puesta en escena protagonizada por Alberto Fernández hace poco más de una semana, en su primer 9 de julio como presidente, deja en claro la escala de la anomalía introducida por el presidente con esa escenificación.

LA ANOMALIA POLITICA DE FERNANDEZ

Esa disrupción producida por el 9 de julio de Alberto Fernández, el nivel de esa disrupción, obliga a una lectura política. Me refiero al lugar estelar que el albertismo le reservó a una muestra muy específica del empresariado. El famoso G-6 que agrupa a seis de las cámaras empresariales.

Esa ceremonia inauguró además una de las semanas políticas más agitadas de la gestión de Fernández, siete días que concluyeron ayer con la conferencia de prensa por la pandemia, con el presidente junto al jefe de gobierno de la Caba, Horacio Rodríguez Larreta, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, y otros tres gobernadores a la distancia. En una semana, una cascada de hitos políticos que permiten sacar conclusiones interesantes sobre la disputa entre distintas versiones del sentido común. El eje de esa puja: el lugar o el no lugar de la noción de libertad.

¿En qué sentido el acto del 9 de julio del presidente Fernández representa una anomalía en la vida política? Hubo ocho personas en ese escenario, lo sabemos. Con la presencia del sindicalista Héctor Daer, de la CGT, el ritual se mantuvo dentro de las tradiciones peronistas esperables. Pero con las siete figuras empresarias se rompieron todas las tradiciones, las pero-kirchneristas pero también, los rituales del estado.

Seis hombres y una mujer, todos empresarios, los únicos sobre el escenario acompañando al presidente, los únicos mencionados uno a uno con nombre y apellido -Miguel Acevedo y Carolina Castro, de la UIA, Adelmo Gabbi por la Bolsa de Comercio, Eduardo Eurnekian por la Cámara Argentina de Comercio y Servicios, Javier Bolzicco por la asociación de Bancos Argentinos, Néstor Szczech de la Cámara Argentina de la Construcción, y Daniel Pelegrina por la Sociedad Rural Argentina-, los únicos enfocados detenidamente por la cámara a lo largo de la palabra presidencial.

Como telón de fondo, la imagen de los 24 gobernadores. Justo en épocas de virtualidad pandémica, cuando la presencia material se ha vuelto excepcional y la opinión pública se construye con palabras que salen de fragmentos de cuerpo, torsos y cabezas vía Skype o Zoom, justo en ese contexto, sobre el escenario del acto oficial del Día de la Independencia, una muestra sesgada del empresariado argentino presente como escoltas de la figura presidencial. Nada menos.

Para ser clara: se trata de la esfera económica -industrial, comercial, financiera- de la Argentina instalada por decisión del presidente en medio del escenario de la patria, una presencia excluyente. Para ser más clara todavía, fuimos testigos de la decisión política de evitar cualquier formalismo obvio en ese ritual de la patria que pudo haberse conformado con la presencia virtual de los gobernadores, o la presencia real de algunos de ellos o de representantes de otros poderes del estado, magistrados del poder judicial por ejemplo, en línea con algunas de las batallas que está dando el oficialismo, o legisladores del oficialismo y la oposición si lo que se quería mostrar era pluralidad y el fin de la era del odio y de 'los odiadores de siempre", como dijo el presidente en ese discurso. Y sin embargo, Fernández optó por siete empresarios.

Y no sólo eso, en el escenario, en primera línea, a la derecha del presidente, un lugar de enorme peso simbólico, Pelegrina, de la Sociedad Rural, una de las instituciones del agro más vapuleadas por la retórica kirchnerista, que la concibe como reducto de la oligarquía agropecuaria y expoliadora.

CAPITAL PRIVADO VERSUS ESTADO

La presencia de los empresarios llamó la atención. La interpretación en general minimizó el sentido de ese gesto: en definitiva, empresarios también hubo en muchos actos de Casa Rosada en tiempos de Cristina Fernández. Se sabe que hoy también escucha alguno de ellos aunque de formas menos públicas. En definitiva, también Máximo Kirchner se reúne con empresarios: hubo mención a la tan mentada reunión del diputado Kirchner con los empresarios en casa de Jorge Brito hace unas semanas.

Sin embargo, hay una diferencia sustancial cuando se sube a los empresarios al escenario de la patria con un protagonismo casi único. La desmesura política de esa imagen que vimos por televisión queda en evidencia con comparaciones.

Por un lado, poniéndolo a contraluz de la tradición histórica del ritual del 9 de julio. Y ése es un punto clave: el ritual patriótico, la efeméride y su celebración, es una escena relativamente estable a lo largo de la historia de un país, protegida por las coyunturas y las hegemonías partidarias ocasionales. Hay un núcleo que se preserva en el escenario oficial del estado y la nación: el mensaje es la continuidad de la nación y de la patria más allá de los avatares de la historia. Determina lo perdurable de la patria más allá de la finitud de las coyunturas y sus protagonistas.

El 9 de julio se celebra como fecha patria oficial desde 1835 por decisión de Juan Manuel de Rosas, que por decreto fijó una fecha exclusiva para el Día de la Independencia, que desde 1826 se celebraba el 25 de mayo. A lo largo de la historia argentina, ocho presidentes constitucionales celebraron el 9 de julio en Tucumán: el primero, Roque Sáenz Peña, luego Juan Domingo Perón y los demás, los presidentes de la democracia recuperada en 1983. Fue Carlos Menem en 1991, por entonces presidente, que estableció que todos los 9 de julio, por ese día, la capital federal se traslada a San Miguel de Tucumán y el acto oficial debe realizarse desde ahí. En todos esos años, los poderes del estado fueron los protagonistas, y la relación crítica con la Iglesia, que fustigó al poder político en algunos Tedeum. Por eso una novedad introducida, como la de los empresarios, enseguida se destaca y obliga a hacer interpretaciones.

El otro contraste surge de la comparación con los actos del 9 de julio kirchneristas, como el de 2015. Ni Néstor Kirchner ni Cristina Kirchner rompieron tradiciones ni en el sentido ni en la escala en que lo hizo Alberto Fernández. La escena oficial del acto estuvo dominada por la clase política y los poderes del estado. Si había empresarios, estaban ubicados en las plateas o en palcos abigarrados donde se hacían indistinguibles de otras figuras de la vida pública.

Los 9 de julios de la presidencia de Mauricio Macri siguieron los andariveles de la tradición. La composición de sus actos privilegió al Ejecutivo y a las figuras parlamentarias. Su novedad fue recuperar el desfile militar, que resultó también un gesto simbólico para parte de su electorado y una diferenciación con el kirchnerismo en la consideración del instrumento militar. En el caso del kirchnerismo, la novedad fue incluir a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo en los escenarios de la patria: una disrupción que fue mensaje, los derechos humanos en el centro de la nación.

En este marco, se comprende mejor el tuit de la vicepresidenta Kirchner el domingo, cuando tuiteó la nota del periodista Alfredo Zaiat con el cuestionamiento al empresariado argentino. El periodista Claudio Jacquelin valoró con precisión las implicancias del tuit: una marcada de cancha a Alberto Fernández por la convocatoria empresaria. "Para no equivocase", cerraba el tuit.

El peso del tuit quedó claro en la serie de debates kirchneristas que lo continuaron, con la carta de Hebe de Bonafini al presidente Fernández, extremando los implícitos del tuit de Cristina Kirchner, la polémica de tono subido entre el ex ministro Julio de Vido y Juan Grabois.

Pero no fue en realidad el tuit de la vicepresidenta el detonante de esa cascada de acontecimientos políticos. En el principio de todo, estuvo la anomalía pergeñada para el 9 de julio. En esa anomalía, hubo una decisión política: un mensaje, que cerró así el presidente, y cito: "Otra Argentina empieza hoy", dijo.

QUIEN MANDA EN EL FRENTE DE TODOS

No está claro si Cristina Fernández estaba al tanto o no de esa puesta en escena pero el tuit del domingo fue muestra de que no estuvo de acuerdo con ese mensaje de unidad tan abarcativa, que alcanza hasta el "establishment empresario", en términos de la retórica kirchnerista.

Si lo que sucedió esta semana es la interna del Frente de Todos a cielo abierto, el 9 de julio puede leerse como una marcada de cancha elaborada por el presidente Fernández, que detona un nuevo capítulo de esa interna. Un posicionamiento político y económico resonante que desmiente prejuicios kirchneristas.

Lo del tuit de CFK fue, entonces, una marcada de cancha a una marcada de cancha inicial: así estamos. Sin embargo, cuando el presidente se decidió a contestar contestando la carta de Bonafini, no se desdijo. En cambio, subrayó el derecho de "este presidente" a escuchar a la diversidad de voces. Es todo un dato en una palabra presidencial que suele dar marcha atrás: desdecirse se ha convertido en una de las herramientas con las que el presidente hace política.

Hubo interpretaciones de todo tipo sobre estos hechos: la más extendida, que el tuit de Cristina Fernández muestra el avance del kichnerismo más duro por sobre la moderación de Alberto Fernández, que estaría más dispuesto a negociar, inclusive con el empresariado. El poder de la coalición, en manos de la vicepresidenta.

Esta semana, el politólogo Andrés Malamud elaboró otra lectura: que el kirchnerismo es el que está perdiendo espacio, por eso la virulencia de su reacción. Una lectura interesante. El nivel del desafío que representó el acto del 9 de julio de Alberto Fernández apuntaría en ese sentido. Esa posibilidad abre preguntas acerca de los balances de poder en la coalición gobernante. La respuesta sigue pendiente.

EL PROBLEMA DE LA LIBERTAD

Sobrevolando el acto del 9 de julio, el tuit en respuesta y los coletazos varios de esta semana, es posible hacer una lectura más estructural y esencial: la dificultad histórica de Argentina para conceptualizar la noción de libertad y darle un lugar razonable en la esfera social, en la política, en la esfera económica y en medio del nuevo contexto de la pandemia, también en la esfera sanitaria.

La presencia problemática de la libertad en la matriz ideológica con la que se concibe el rol del estado y del capital privado, demonizado desde el kirchnerismo, que asocia al capital privado con el egoísmo, y al egoísmo con la libertad individual, también volvió con el caso Vicentín y la retractación del presidente. El rol que la libertad cumple en una democracia republicana y en el juego de mayorías y minorías y cómo se mide su ausencia reapareció con el debate en torno a Venezuela. Y con la cuarentena, ahora flexibilizada, el problema de la libertad se instaló en la política sanitaria en medio de la pandemia.

En la conferencia de prensa de ayer, Kicillof no habló de libertad: habló del estado presente, de la solidaridad, del miedo y de la necesidad de disciplinarnos. El presidente mencionó a la libertad pero como parte de la estrategia de contraponer vida a muerte: para ser libre hay que estar vivo.

Fue Horacio Rodríguez Larreta el que habló de la "libertad y el fuerte compromiso con la responsabilidad que esta libertad supone", una libertad que pueda ser ejercida por la ciudadanía en esta nueva etapa de la cuarentena.

Esta semana también parte de la opinión pública planteó preocupación por el avance a la fase 3 justo cuando crecen los casos. Algunos expertos insistieron en que la cuarentena no fue perfecta.

El punto es ése: una cuarentena perfecta exige un dictadura totalitaria como la de China. En el resto del mundo, en las democracias del mundo occidental, la gente hace lo que puede, inclusive con la libertad: la reduce durante un tiempo en un contexto crítico, pero se le hace difícil mantenerla restringida durante mucho tiempo, aunque tenga miedo. Sobre todo, en un país empobrecido como el nuestro, que obliga a recuperarla para ganarse el pan.

Expertos en epidemias de todo el mundo sostienen la necesidad de considerar el contexto social y ecológico en el que se producen los contagios: es la base para desarrollar las estrategias de contención más efectivas y sostenibles. Enojarse con el contexto es poco realista, además de poco científico.

La voz política que esta semana moduló más claramente la vida política concebida desde el premisa de la libertad fue la del presidente uruguayo Luis Lacalle Pou. Fue contundente en definir a Venezuela como dictadura. Y fue contundente en poner la noción de libertad en el centro no sólo de la economía sino también de la vida ciudadana en general y del manejo de la pandemia en particular.

EL MOMENTO LIBERAL

En los meses por venir, la esfera de la salud y de la economía y la producción serán centrales, atravesadas ambas por el tema de la libertad. Queda por saber si la consideración sobre el empresariado en el día del 9 de julio, destacando al capital privado productivo y financiero, es el interés del presidente Fernández por introducir una cuña en las lectura kirchneristas de la realidad en las que la libertad tiene mala prensa.

Queda por saber cuánto se sostiene esa palabra política a lo largo de los meses y si el prisma de la liberta puede dejar su huella en un programa productivo y económico en un diálogo más aceitado entre el estado y el sector privado. Un libertad que potencie el aporte privado e individual y que implique al mismo tiempo el concepto de equidad social.

Esas dudas persisten porque la palabra del presidente presenta un problema: la coherencia a lo largo del tiempo. Hoy que se cumplen 26 años del atentado a la AMIA, ese problema queda muy expuesto por el desdecirse de Fernández en sus consideraciones críticas del Memorándum con Irán en 2105 y en sus cuestionamientos legales a la actuación de la entonces presidenta Kirchner.

Todavía no está claro el sentido del gobierno de Fernández. Habrá que estar atentos a cada medida de política real ante que a las disputas retóricas. La flexibilización de la cuarentena implica otra etapa para la administración de Fernández. En la medida en que el gobierno pase de la pura potencia al acto y se ponga en marcha con temas que van más allá de la coyuntura de pandemia, se podrá saber si el 9 de julio representó efectivamente el día de la independencia política de Alberto Fernández.

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