El necesario y posible consenso social
Por Rodolfo A. Daer Para LA NACION
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La dirigencia argentina, de variada pertenencia, viene predicando la necesidad de lograr un consenso que consagre un nuevo contrato social. Sin embargo, en razón de la disparidad de las propuestas, el anhelo del consenso parecería pura retórica que prolonga, paradójicamente, la consolidación del desacuerdo.
Para evitarlo habría que tomar como marco referencial, sin prejuicios ni preconceptos irreductibles, la sustantividad mínima compatible y moderna de las proposiciones, que debería ser la constituyente esencial del consenso final. No es hablando y convenciendo sólo a los propios adherentes -suerte de autismo institucional- como se construyen acuerdos, sino reconociendo la discrepancia y rescatando los contenidos esenciales de cada propuesta.
Las diferencias compatibilizables debemos tomarlas como señales para las coincidencias, en el marco de nuestra urgencia social bajo el común denominador de defender un modelo de nación política, económica y socialmente democrática y moderna. En la simplicidad y transparencia de los contenidos consensuables anida la viabilidad y al mismo tiempo la complejidad de la concreción.
Debemos también lamentar que los desacuerdos sean favorecidos, a menudo, por los fogoneros de la incredulidad, que clientelizan y trafican los valores renovados de la ciudadanía, cuya vigencia plena resulta condición esencial para la propuesta renovadora.
El diálogo y la concertación, obviamente, son instrumentos eficientes de equilibrio y de renovada legitimación social a favor de las condiciones para el crecimiento y para una mejor calidad de vida de nuestros representados. Para ello necesitamos políticas de Estado que aseguren como objetivo irrenunciable la ética solidaria, con trabajo decente, seguro y estable, sin exclusiones, con educación, salud, cultura, servicios públicos y vivienda.
En definitiva, a través de la concertación debemos asegurar una mayor equidad y una mejor y más justa distribución de la riqueza.
Los sindicatos argentinos, en general, han sido organizaciones que, más allá de sus aciertos y desaciertos, con continuidad temporal y legitimación profesional han venido proclamando, desde hace años, la urgente necesidad de consensos maduros.
Por citar un ejemplo, relativamente reciente, en los meses de octubre y noviembre de 1999, apenas elegido el nuevo gobierno, propusimos desde CGT la apertura de una instancia, sin exclusiones, en procura de un acuerdo que reflejara las coincidencias realistas para la paz social, con crecimiento, justicia y equidad.
Se desoyó nuestro pedido, por pecado de soberbia e infantilismo, olvidando que el diálogo constituye un elemento esencial para una filosofía de la acción democrática y de la lucha social. Los que hoy aplauden la prudencia del presidente Lula para consensuar con el adversario enrostraban supuestas complacencias, propias del imaginario mezquino y escaso, carente de grandeza, empedrando, sin saberlo, el camino fragoso que nos condujo a diciembre de 2001. "Por cambiar el agua de la palangana estaban arrojando al vacío, también, al recién nacido."
Otra experiencia sindical fue la de los acuerdos interprofesionales de 2002, los que estamos persuadidos de que constituyen un mensaje esperanzador, sobre la importancia y validez de la concertación tripartita, tan necesaria a nuestra debilitada democracia.
Bloque de poder democrático
La mayor fuente del descrédito político deriva no tanto de las condiciones personales de los dirigentes como de la imposición que perciben los compatriotas de tener que convivir pasivamente con la intolerable desigualdad y con el desmanejo frente a la cuestión social.
El desguace del Estado de bienestar, hoy renaciente en otras latitudes, ha creado un sentimiento intolerable de impotencia. Por eso hoy más que nunca debemos propiciar que haya mucha más política que posibilite un nuevo proyecto de país, disciplinando el fundamentalismo de mercado y desterrando la opulencia insultante, el desaliento y la resignación colectivos.
No puede haber concertación sin que los dueños de la riqueza se sometan a la juridicidad solidaria, sin que recreemos la industria, sin un empresariado responsable de los deberes sociales derivados de la empresa y, sobre todo, sin un Estado activo que asegure y garantice una programación de la acumulación y distribución equitativa de la riqueza. Es ése el marco para recrear las expectativas de crecimiento, con producción, productividad y competitividad, fijando reglas para asegurar la justicia solidaria hoy ausente. Debemos recuperar el papel del Estado como dique de contención frente a los embates neoliberales y que eche las bases de un proyecto nacional que destierre la irritante e intolerable desigualdad social imperante.
Una concertación exitosa debe prever resultados fácilmente visualizables por los compatriotas destinatarios, posibilitando la mayor participación democrática del conjunto, a partir del presupuesto que nos señala que "la política social desempeña un papel distributivo e integrador crucial" y que no hay consenso sin intermediación y representatividad genuinas, con virtudes visibles y tangibles.
En la Argentina, el adecuado grado de regulación jurídica de las relaciones industriales constituye una base en la que la intermediación y la representación preservan interlocuciones válidas, constituyendo la concertación parte esencial de la cultura social de los asalariados organizados.
Los sindicatos, en tanto actores necesarios de un consenso amplio, debemos alentar la integración de redes sociales, nacionales y regionales, afianzando una articulación moderna y un nuevo bloque de poder social democrático.
Se impone, al mismo tiempo, en nuestras organizaciones, una modernización en la gestión, impidiendo atomizaciones que debilitan, y aumentar, vía fusiones, poder y eficiencia para organizar la vida social liberada de la dictadura del mercado.
El consenso social debe ser la preocupación urgente, pues, de todos los compatriotas que queremos consolidar soberanía, independencia, dignidad, justicia y equidad derivados de la cultura y la ética del trabajo y de quienes no toleramos la continuidad de la miseria, la precariedad y la exclusión.





