
El perfil de una república imperial
Por Natalio R. Botana
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El año concluye con los Estados Unidos ocupando el centro de la escena internacional. Este rol hegemónico, que ninguna otra nación o grupo de países puede todavía disputar, poco tiene que ver con antiguas experiencias imperiales.
En 1973, Raymond Aron publicó un libro sobre los Estados Unidos en la política mundial. Lo llamó -hallazgo sin duda admirable- La república imperial . Aron describió así una contradicción que no pudo resolver la Roma clásica: una forma de gobierno republicana que, además, ejercía imperium sobre gran parte del mundo entonces conocido. Hace veinticinco años, la Unión Soviética contenía ese imperium . Hoy, como es sabido, esa restricción no existe más; no obstante, permanece intacta la otra parte de la ecuación. La república norteamericana ha entrado en su tercer siglo de vida con un impulso arrebatador de pasiones y razones que no decrece.
Este cuadro refleja una teoría conocida: por más arraigo que tenga en el suelo de la legitimidad, la república es siempre turbulenta. En estos días, una combinación de puritanismo, por momentos exasperante (como trasunta el discurso del representante republicano Robert Livingston pidiendo perdón a su esposa por sus infidelidades), con el desequilibrio entre un presidente con niveles altísimos de popularidad y un Congreso donde la oposición tiene mayoría, ha mostrado sin tapujos que la república, amén de estar fundada en razones, es un régimen que da rienda suelta a las pasiones políticas. Pasiones sobran: las elementales del presidente en la trastienda de su despacho, con su secuela de maniobras y mentiras, que dieron pábulo a las de la oposición republicana para voltearlo de la primera magistratura con un juicio político.
Es posible que esta iniciativa no prospere. Lo que sí, en cambio, despierta prevenciones es la circunstancia de que, en ese contexto (o quizá sacando partido de él), el presidente haya ordenado el ataque misilístico a Irak. Motivos para ello y amenazas previas con fecha de vencimiento no faltaron. Saddam Hussein es un peligroso dictador fundamentalista que no aceptó lo pactado con las Naciones Unidas. Sin embargo, por más revelador que sea, este hecho no conforma el eje principal de la discusión internacional. Porque, en definitiva, ¿qué clase de imperium ejercen los Estados Unidos sobre el mundo? Desde que se constituyó la experiencia histórica del Imperio, de Roma a la Unión Soviética, esta estructura de poder se forjó merced a una extensa implantación territorial. Roma no sólo movilizó las legiones e instauró la lex; también el Imperio trazó una compleja red de ciudades conectadas por caminos y servidas por acueductos.
La república imperial norteamericana no tiene imperium territorial: controla el poder desde el aire, a distancia, y expande sobre el planeta la colosal inventiva de su sociedad civil. Durante la Guerra Fría, los Estados Unidos habían desplegado tropas en determinadas zonas. Ahora gobiernan la guerra tecnológica: una guerra para ellos aséptica y selectiva que no debe causar víctimas en sus propias filas y tan sólo las necesarias en las contrarias (lo cual no la hace menos injusta).
Por ahora, esta guerra tiene un efecto paradójico: en lugar de eliminar al enemigo, porque en rigor no hay control del territorio, pretende someterlo por la fuerza a ese imperium no escrito en ninguna regla internacional (reglas que, en este caso, brillaron por su ausencia). La otra cara de esta explosión tecnológica son las represalias del terrorismo, cuyos efectos pueden provocar, en ocasiones, un número mayor de víctimas. Misiles en el aire contra bombas a ras del suelo.
¿Es éste acaso un escenario previsible para los próximos años? En un artículo titulado "The Testing of American Foreign Policy" (Foreign Affairs, noviembre/diciembre 1998), la secretaria de Estado Madeleine K. Albright dividió el mundo en cuatro categorías de países: "Miembros plenos del sistema internacional; los que están en transición, buscando participar más plenamente; los que son demasiado débiles, pobres o empantanados en conflictos para participar de alguna manera significativa; y aquellos que rechazan las reglas y preceptos mismos sobre los que está basado el sistema".
Está claro que, en esa estratificación internacional, tal cual la define el país más poderoso, no sólo existen pobres y ricos, sino también actores legítimos e ilegítimos. Según esta óptica, la legitimidad no deriva exclusivamente de que las naciones sean democráticas o autoritarias. Proviene de que sean previsibles, se ajusten al orden y no desafíen el imperium ejerciendo la violencia.
China es un régimen autoritario-capitalista, que persigue a los disidentes y hace escarnio de los derechos humanos. Ello no impide que su correcta conducta internacional, unida al cumplimiento de los contratos de inversión extranjera, ubique a este gigante en el primer rango de la estratificación, a la par de la Unión Europea o de Japón. Esto no significa que los actores pertenecientes al escalón más alto, o venidos a menos como Rusia, acepten de buen grado el estado de cosas. Pero, en el fondo, no interesa tanto la protesta (lo hicieron, en oposición al ataque a Irak, China, Rusia, Francia y la India) cuanto que, efectivamente, no desafíen con medios semejantes el curso de la acción emprendida por la gran potencia.
Aunque la señora Albright no dedique a nuestra región una sola línea en el artículo citado, la Argentina, junto con otros países de América latina, parecería estar situada en el segundo lugar de las naciones en transición. Países "en vías de desarrollo", países "en transición": los conceptos califican, al paso de los años, un largo proceso, tan duradero que, a veces, el espectador se pregunta si se trata de un estado temporario o de una condición permanente. Tanto da por el momento.
Cuando prevalecen las relaciones del poder, lo que importa es saber si esa configuración gozará, de aquí en más, del don de la estabilidad. En este sentido, el balance es, sin duda, incierto, porque mientras la república imperial no avance un paso más para establecer instituciones internacionales en campos tan vastos y complejos como la seguridad, la globalización de la economía y los derechos humanos, el mundo seguirá tomando nota, como afirma con franqueza Albright, de que en "la política exterior (...) no hay victorias permanentes".





