El placer (imposible) de leer de noche
Siempre envidié a los lectores nocturnos. Parientes, compañeros de estudios, amigos y conocidos, mientras yo había dormido como un tronco siete u ocho horas, habían leído un libro de cuentos, apuntes escolares, novelas policiales o ensayos filosóficos. Intenté imitarlos. Una vez tuve en la mesita de luz pilas de libros como las que espío a veces en casas ajenas, al lado de un velador que estira el cuello hacia el lado del que lee de noche. Pero fue en vano. A las pocas páginas, las letras bailaban, las líneas caían por el barranco del margen y los ojos se cerraban. A lo sumo “leería” sueños a la mañana siguiente.
“Leer de noche, en la cama, es uno de los lujos que más me entusiasman –dice Cristina Piña, poeta y traductora-. Como soy capaz de leer hasta cualquier hora (con thrillers tipo Mankell me he quedado hasta las cinco), cuando no salgo he optado por acostarme más temprano, a las once por ejemplo, ya que soy noctámbula. Y no sólo sigo con la novela que estoy leyendo sino que mecho con otros libros.” ¡Piña no lee un libro por noche sino varios! “Leo dos a la vez, narrativa y ensayo, y algo de poesía. Ahora estoy entre la relectura de Adán Buenosayres, Lo íntimo de François Jullien y poemas de Sharon Olds y Chantal Maillard. Pero en mi mesa de luz, que es tipo reclinatorio, tengo dos pilas de libros más donde se amontonan desde Georges Simenon y Fabio Morábito hasta textos de filosofía y poesía.”
¿Qué leíste a la noche?, se preguntaban amigos y compañeros de estudios. Yo ensayaba explicaciones: “Soy muy diurno, aprovecho la mañana, madrugo para ir trabajar”. Sabía que nunca sería un lector nocturno. Tal vez sí un lector en bibliotecas, en medios de transporte y en plazas, al sol, si quedaba un rato libre. Pero a la noche eran los otros quienes disfrutaban de los libros. De lector pasaba a ser oyente de desafíos y placeres lectores.
“Se apagaban las luces y empezaba la ceremonia –recuerda Vivian Lofiego, poeta y docente-. Durante diez minutos me quedaba en la oscuridad casi total del cuarto para que ningún haz de luz se colara, antes de tiempo, a través de la hendija de la puerta. Rememoro una luz ámbar al encender un velador que tenía la forma de una nena rubia perseguida por una araña. Andaba por los once años y había iniciado un camino de ida: leer por las noches hasta la madrugada. No recuerdo si fue a causa de Ceremonia secreta de Marco Denevi, o de Amalia de José Mármol, o de El idiota, de Fiodor Dostoievski. Aún hoy se me confunden aquellos títulos con las palpitaciones, la fascinación, el asombro. Llegué a los últimos años de la primaria sin casi dormir por las noches. Nadie hubiera podido imaginar que detrás de esa chica tan delgada, callada y bastante distraída, se escondía el éxtasis de leer mientras en la casa todos dormían.” Para Lofiego, ese hábito es una especie de regodeo con la eternidad.
Como si fuera poco leer de noche, algunos lectores nocturnos se vuelven, con el tiempo, escritores que escriben de noche. Cuenta Fabián Soberón, narrador y periodista: “Tengo en la mesa de luz muchos libros que esperan. Leo en el centro de la noche: las estrellas titilan como suaves aves lejanas en un océano profundo. Cuando leo, me pierdo y me encuentro en la negrura insomne. Abro las páginas y el silencio hermoso me envuelve. Ráfaga negra y transparente, la lectura se mete en mi cuerpo, enciende el viaje inmóvil, el divorcio alegre del día, el olvido de la rutina involuntaria. La lectura agranda la existencia, la expande en ciclos insospechados, la lleva a un oasis múltiple. No bien se duermen mis hijos, escribo. Antes de que se despierten, escribo. Pero siempre tengo el sonido de una escritura veloz: el pensamiento zumba como un remolino. El círculo perfecto es el ciclo de la lectura y de la escritura como una cinta de Moebius. Cuando eso sucede, la felicidad me da el sosiego utópico y milimétrico del instante.”
Quizás sienta algo parecido si llega el día (es decir, la noche) en que me convierta en un lector nocturno.










