
En Birmania hay una Madre Teresa
En el país donde uno de cada dos habitantes sufre de desnutrición, vive y trabaja la doctora Cynthia Maung
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En el mapa de los derechos humanos, Birmania es sin duda uno de los lugares más pisoteados. La junta militar que encabeza el poder desde hace años persigue a los opositores con trabajos forzados, torturas y muerte. Todo esto ha sido constatado por las diversas comisiones que las Naciones Unidas envían en forma permanente.
Las persecuciones van de la mano con la extrema pobreza; Birmania es ahora la séptima nación más pobre del planeta, allí casi uno de cada dos habitantes sufre desnutrición. La endémica carencia de vitaminas -sobre todo, A- hace que la ceguera en los niños sea un mal cotidiano. Y, aun en las aldeas más remotas, la actividad económica predominante es casi siempre la prostitución.
Si la producción de arroz está en caída libre, la de heroína no cesa de crecer en un tráfico que se hace con la anuencia y la colaboración de los generales.
Y este estado de cosas hizo que Birmania sea, sobre todo, un país volcado hacia las fuerzas armadas donde el ejército va fagocitando a la sociedad poco a poco.
Tanto que si sigue aumentando en la proporción actual, pronto habrá un militar cada cien habitantes. No es que la juventud esté especialmente dispuesta a seguirlos, se trata de que no quedan casi universidades que no hayan sido cerradas, ni existe otra salida laboral, y la carrera militar es una de las pocas fuentes de empleo estable. Así se asiste a la paradoja de que los mismos que antes luchaban contra la dictadura militar hoy se inscriben por miles en las fuerzas armadas.
En un país que alberga a 135 nacionalidades se está llevando a cabo una limpieza étnica. A partir del tristemente famoso 8 de agosto de 1988 -conocido como 8-8-88-, cuando la sublevación de los birmanos comenzó en la capital y se desparramó por todo el país con una consecuencia de fusilamientos masivos, torturas y prisión, son millones los que han huido de un lado a otro y cientos de miles los que se agolpan en las fronteras.
En ese entonces, cuando el miedo llegó a la aldea en la que Cynthia Maung trabajaba como médica, ella huyó como tantos a través de la jungla. Después de muchos días llegó herida al límite con Tailandia.
Cuando alcanzó ese refugio supuso que se quedaría muy poco; no obstante como vio que la gente se amontonaba en los campos organizó ayuda médica y alimentaria. Hoy, doce años más tarde, Cynthia continua allí haciendo lo mismo. Esto es, atendiendo a los refugiados que siguen llegando por miles y sufren todas las enfermedades del hacinamiento; disentería, malaria, virosis y, desde luego, heridas que la violencia provoca. Cynthia se ocupa desde de los bebes hasta de los ancianos; esa etapa que la miseria hace comenzar muy temprano en cuerpos sufridos, desgastados y siempre mal alimentados; entre ellos, muchísimas mujeres son abuelas a los 30 años.
Se calcula que a la choza de techo de lata en la que atiende junto a sus médicos llegan por día unos ciento cincuenta necesitados, incluyendo las parturientas que traen unos 10 a 20 bebes por semana. Además, ella y sus médicos salen por los campos a llevar alivio. En la época de las lluvias, cuando los ríos aíslan a los aldeanos del resto del mundo, los médicos van cruzando los pantanos llevando canastas colgadas de la frente. Hay un total de veinte mil personas que de alguna manera u otra dependen de Cynthia.
De más está decir que ella y sus médicos no están permitidos oficialmente.
Lamentablemente, estos campos de refugiados sufren ataques periódicos del gobierno que obligan a muchos a volver al país. Los que vuelven son recibidos con trabajos forzados, tortura y muerte.
Una refugiada sin papeles
Por toda la obra que realiza Cynthia, los refugiados la consideran como una santa y la llaman la Madre Teresa.
La confiabilidad de esta mujer conmovió al mundo de tal manera que está recibiendo apoyo de donantes privados y de organizaciones no gubernamentales de los Estados Unidos, Francia, Canadá, Japón, Australia, Alemania, Inglaterra, la propia Tailandia y Eslovenia.
La doctora Cynthia Maung nació en 1959 en una choza de un pueblo karen; el mayor de sus siete hermanos murió infectado porque la partera, siguiendo la costumbre del país, cortó el cordón umbilical con un pedazo de bambú.
Fue la primera en recibir el premio Jonnathan Mann para la salud y los derechos humanos. Pero como ella misma es una refugiada, sin pasaporte ni otros papeles, no pudo viajar a Washington para recibirlo.
Algo similar sucedió en 1991 con la birmana Aung San Suu Ky, Premio Nobel de la Paz. Los militares no la dejaron salir ni entonces ni para recibir los premios Rafto por los derechos humanos, en 1990, y ni el Sakharov, del Parlamento Europeo. Aung San Suu Ky fue la vencedora en los comicios de 1990, que aún no han sido reconocidos.
Poses turísticas
Birmania es un país precioso si se tienen en cuenta la geografía, los atardeceres, los templos y los infinitos budas de oro y plata.
Sigue siendo la desconocida, el lugar donde aún se puede encontrar "tribus" que posan para los turistas.
Desde un punto de vista humanitario se puede considerar que forman parte de un Zoo humano en donde se les niega el derecho al desarrollo en pro de los intereses turísticos.
135 cultura
- El país tiene cerca de 50 millones de habitantes
- El nuevo nombre, Myanmar, adoptado en junio de 1989 por la junta militar, representa a una de las 135 nacionalidades.
- Los burmeses constituyen el 85 por ciento de la población.
- Los karens son unos siete millones y hay kayahs/karennis, chins, wa, kachins, pa-os, palaungs, mons, rakhines y shans, entre otros.
- Cada una de estas etnias tiene su propia historia, su cultura y su lengua.





