¿En qué están pensando los filósofos?

Un revival de la metafísica y la corriente del "realismo especulativo" encabezan la renovación del pensamiento filosófico después del desencanto posmoderno
Candela Potente
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27 de septiembre de 2015  

Ilustración: Sebastián Dufour
Ilustración: Sebastián Dufour

La escena de la filosofía parece hoy desolada si la comparamos con momentos de florecimiento del pensamiento como lo fueron la Francia ilustrada o la Alemania de Hegel y los románticos, cuando la filosofía tenía una potencia efervescente que animaba los debates entre pensadores, artistas, científicos e historiadores. El siglo XX aparentó agotar muchos de esos debates, lo que dejó para el siglo XXI la impresión de que la tarea del filósofo es cada vez más difusa.

En los últimos años del siglo XX un acontecimiento señaló cierta desesperanza de la filosofía. Una revista académica publicó un artículo del científico estadounidense Alan Sokal que no era más (ni menos) que un chiste. Sokal parodiaba allí una crítica de la filosofía francesa posmoderna a las ciencias naturales, apoyándose en el pensamiento de figuras como Gilles Deleuze, Jacques Derrida y Luce Irigaray. El discurso académico parecía haber encontrado en esa publicación una suerte de pelotero infantil donde expresarse con libertad e impunidad en el contexto de un escrito que pretendía ser de filosofía posmoderna, supuestamente liberada de esos protocolos viles. Sokal logró que se publicara este texto a pesar de tener una cantidad nauseabunda de notas al pie, referencias bibliográficas excesivas y un estilo de redacción que ninguna persona razonable soportaría más de cinco minutos.

Pero lo que buscaba criticar ese artículo no era el género discursivo de los artículos académicos, lo que hubiera sido más que adecuado y digno de celebración. De lo que se burlaba era del antirrealismo de los posmodernos, de su tendencia a pensar a los individuos como determinados por su contexto y por el discurso, inmersos en un juego de apariencias detrás de las cuales no hay ninguna realidad última. Sin embargo, el debate sobre el realismo y el antirrealismo no recibió mucha atención en ese momento, sino que se ha vuelto a activar recién en los últimos años.

La escena de la filosofía actual parece dividida en varias ramas, en las que las cuestiones metafísicas no tienen un lugar preponderante. Una de las corrientes importantes deriva del pensamiento nietzscheano y posnietzscheano, donde entran las ideas de autores como Michel Foucault y Gilles Deleuze. Friedrich Nietzsche fue el que declaró la muerte de Dios y de todas las verdades últimas en filosofía, así como también el carácter ficticio del yo. El sujeto, para Nietzsche, no es un sustrato que permanece, sino una ficción narrativa que hace creer que un grupo de estados "pertenece" a un mismo sujeto, es decir, se trata de una continuidad aparente entre meros fragmentos. Así, los estudios de género o la reflexión en torno a la animalidad, por ejemplo, buscan encontrar modos de pensar la subjetividad en una época en que la fragmentariedad y la pluralidad -tan enfatizadas por Nietzsche- se han vuelto fundamentales. En el marco de la filosofía política se debate en torno a la idea de comunidad, donde el problema consiste en determinar si es posible pensar comunidades cuyos integrantes no estén unidos por "lo común", es decir, aquello que los identifica, sino por la diferencia.

A esto se suma la producción de algunas de las grandes figuras de la filosofía europea contemporánea que siguen en actividad, como en el caso del italiano Giorgio Agamben, el alemán Jürgen Habermas y el francés Alain Badiou, o como el alemán Peter Sloterdijk y el esloveno Slavoj Zizek, que oscilan entre la filosofía y la crítica cultural. Por otro lado, la filosofía contemporánea de corte anglosajón se focaliza muchas veces en cuestiones como la relación entre filosofía y ciencias cognitivas, la bioética o el problema de la justicia, en la línea del filósofo estadounidense John Rawls.

Disputas sobre el pasado

La distinción entre estas dos corrientes, la "filosofía analítica" y "filosofía continental", la primera derivada del pensamiento anglosajón y la segunda del europeo, existe desde el siglo XX. El filósofo estadounidense Graham Harman explica que la tradición analítica tiende a pensar la historia de la filosofía en términos de "argumentos", mientras que la continental considera que esta reducción es una blasfemia y que se debe pensar en términos de proyectos filosóficos y de cosmovisiones originadas en distintas miradas sobre la realidad. La tradición analítica utiliza los "argumentos" que encuentra en la historia para pensar problemas contemporáneos, lo que en cierto modo los deshistoriza. Por el contrario, los filósofos de la tradición continental tienen tanto respeto por los pensadores del pasado que muchas veces la discusión de sus ideas apenas es más que una reseña bibliográfica.

No obstante, un punto en común entre estas dos tradiciones es que muchas veces se vuelve necesario, para ambas, establecer relaciones con otras disciplinas: así, la filosofía dialoga con especialistas en arte, psicoanálisis, ciencias sociales, ciencias naturales y otras disciplinas de las humanidades. En una época signada por la superespecialización, estos intercambios ofrecen un panorama esperanzador que acaso permita dejar atrás el aislamiento claustrofóbico que muchos campos de estudio padecen.

La metafísica no tiene un gran protagonismo en este panorama, pero ya en 2002 Harman pronosticaba un revival para ella en la filosofía de la Europa continental, donde se encuadra el reciente movimiento filosófico llamado "realismo especulativo". La editorial Caja Negra tradujo en la Argentina dos libros fundamentales de este nuevo movimiento filosófico: Después de la finitud, de Quentin Meillassoux, y Hacia el realismo especulativo, de Harman. Esta corriente busca recuperar el pensamiento especulativo y la reflexión en torno a los objetos, que fue dejada de lado desde la Modernidad.

En efecto, hacia fines del siglo XVIII las clásicas obras de Immanuel Kant generaron lo que de allí en adelante se denominaría "giro copernicano" de la filosofía: para conocer el objeto era necesario analizar el sujeto, ya que era su estructura racional la que determinaba la presentación de los objetos para nuestro conocimiento. La "filosofía trascendental" trataba de reflexionar sobre las condiciones de posibilidad de la experiencia, y no de la experiencia desnuda. El llamado "sujeto trascendental" era precisamente aquella estructura que hacía posible la experiencia.

En Después de la finitud, Meillassoux hace un recorrido por la filosofía desde Kant y afirma que la pregunta por la relación entre nosotros y el mundo se convirtió a partir de la Modernidad en "correlacional". Esta pregunta debía transformarse forzosamente en la pregunta por el mundo tal como es "para nosotros", bajo la perspectiva de que es imposible salir del pensamiento y reflexionar acerca del mundo "en sí".

El filósofo escocés David Hume se había preguntado ya en el siglo XVIII si era posible demostrar que a ciertas causas siempre le seguían los mismos efectos. En otras palabras, ¿de dónde proviene la necesidad de las leyes de la naturaleza? Hume había respondido que en realidad no había ninguna necesidad, sino que teníamos la costumbre de esperar los mismos efectos de las mismas causas, dado que la experiencia sólo nos daba información sobre el pasado y el presente, pero nunca sobre el futuro. Para Meillassoux, en cambio, hay de hecho una necesidad: la contingencia. Lo que siempre será necesario es el carácter contingente de las leyes de la naturaleza.

La posibilidad de un mundo sin un sujeto que lo piense está en la misma línea de la "ontología orientada a objetos" que propone Graham Harman. En Hacia el realismo especulativo, señala la necesidad de volver a ocuparse de cuestiones metafísicas como la sustancia y, especialmente, de volver a reflexionar sobre los objetos con independencia de un sujeto que los perciba. Esa necesidad está ya, para él, en un pasaje fundamental de El ser y el tiempo (1927) del filósofo alemán Martin Heidegger, donde se afirma que los objetos son usados antes de ser percibidos. Pese a que Heidegger ha sido considerado un héroe en la lucha contra la metafísica, Harman ve en él el pionero de una metafísica de los objetos.

Harman propone así un alivio de la "resaca trascendental" que sufrió la filosofía después de Kant, en consonancia con la perspectiva de Meillassoux. En lugar de ocuparse de la mamushka infinita de las condiciones de las condiciones de las condiciones de posibilidad de los objetos, la discusión debería estar centrada en ellos.

Es en este escenario, para Harman, donde el debate metafísico sobre los objetos debe resurgir en el contexto de la filosofía continental, cuando el antirrealismo parece haber obturado las discusiones sobre cuestiones metafísicas. Quizás el actual debate sobre realismo especulativo y el resurgimiento de la metafísica permita volver a reflexionar acerca de la tarea filosófica en nuestra era, y así recuperar la esperanza en la filosofía, cuyo debilitamiento bien supo manifestar Sokal con su gesto irónico.

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