
Ese mar de sonidos que adormece
Por José Luis Sáenz Para La Nación
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CASI una paradoja. Los hombres de la generación del 98 se ocuparon de todo lo que tuviese que ver con España (poesía, teatro, narrativa, ensayo, artes plásticas, etcétera). No se preocuparon, en cambio, por la música. "¿Música? ¡No! No quiero los fantasmas flotantes e indecisos... Ese mar de sonidos me adormece", clamaba don Miguel de Unamuno, que quería sus heridas "al infinito abiertas, sangrando". Y, sin embargo, contemporánea a esa generación de poetas y pensadores, brotó otra de grandes músicos como no había conocido España en siglos.
Así, Unamuno nace en 1864, flanqueado por Albéniz (1860) y Granados (1867). Del mismo modo, Amadeo Vives, el padre de Doña Francisquita , nace en 1871, entre Valle-Inclán (1870) y Baroja (1872). Y don Manuel de Falla, en 1876, entre los dos hermanos Machado (1874 y 1875) y Azorín (1876). E inexorablemente, en aquellos músicos se dará el mismo clima espiritual que plantea Azorín con respecto a las generaciones: también a ellos se les hará carne España, tras el desastre de la guerra de Cuba, y el fin del imperio de Colón e Isabel.
Regreso a las fuentes
El pesar por el pasado inmediato apunta a lo nuevo y al pasado remoto. Ya Felipe Pedrell ha buscado en la música el mismo regreso a las fuentes que otro precursor, Menéndez y Pelayo, inició en la poesía y en la literatura, para ir en pos del cancionero musical español, que luego recogerá Falla. Y ya nos alerta Azorín que sin precursores no existiría esa generación del 98.
Lo curioso de estos nuevos compositores es que el nacionalismo musical no surgirá en sus primeras obras, sino después. Esto coincide con ese primer "europeizar a España" de Unamuno, que luego transforma en "españolizar a Europa", al reclamar un estilo "pasional y místico" que casi podría definir toda la parábola artística de Falla.
En el caso de Albéniz, tras un intento infructuoso de componer zarzuelas, el músico cosmopolita y nómade dio en un insólito convenio en Londres con un banquero-literato para el que terminaría componiendo en inglés Pepita Jiménez y otras óperas. Luego la despistada Pepita regresó del inglés al castellano, cuando se presentó en Barcelona y en Madrid sólo obtuvo una lectura privada a la que asistió Valle-Inclán. Pero sólo en la última etapa de su vida (en Francia, de 1902 a 1909) Albéniz logró crear esa inmortal y desgarradora Suite Iberia , que parecía recoger la propuesta de Azorín de peregrinar por los pueblos españoles, con algo del visceral "me duele España" de Unamuno en cada nota de su partitura. Y fue el acta de nacimiento de la nueva música española.
Por su parte, Enrique Granados creó óperas en catalán, pero con temas no españoles, y volvió al tema nacional para sus madrileñísimas Goyescas , a las que, ya creadas para el piano, Periquet les improvisó un texto operístico entre torpe y ripioso. Tras su estreno en Nueva York durante la Gran Guerra, el compositor murió al ser torpedeado el barco en que regresaba.
Será un grande del 98, Gabriel Miró, el que hará su elogio fúnebre. ¡Ojalá en vez de la alabanza póstuma le hubiese brindado un buen texto en vida! Pero, en general, en aquel entonces los grandes poetas no colaboraban con los músicos, salvo algún libreto de Benavente o de los saineteros Ricardo de la Vega o Ramón de la Cruz. Pero se trataba de zarzuela, y ya conocemos el anatema de Antonio Machado contra "las romanzas de los tenores huecos" y "la melomanía de un corazón de zarzuela".
En cambio, un Manuel de Falla nunca despreció esa castiza zarzuela, a la sazón en la cúspide del género chico con obras de compositores que iban desde un Chueca, que no sabía escribir música, hasta músicos académicos como Bretón o Chapí. Ellos encontraban en la zarzuela no sólo la reivindicación de la música nacional (aun atándose al costumbrismo), sino también la rentabilidad negada a la música más culta.
Falla sabía muy bien que no había división tajante entre zarzuela y música culta en España, y de hecho compuso varias antes de emprender el camino de Francia llevando bajo el brazo esa Vida breve que no había podido estrenar en su patria. Y cuando regresó, ya consagrado en París por Dukas, Debussy y Fauré, el estreno español de La vida breve estaría a cargo de insignes zarzueleros -Pablo Luna, Luisa Vela y Sagi Barba-, y sería otro grande de la zarzuela, Moreno Torroba, el que tocaría el piano en el estreno de El amor brujo .
Una pajarita de papel
También Falla, como antes Albéniz y Granados, había tenido que cruzar los Pirineos para ser reconocido. "Sin París -escribió-, yo hubiera quedado enterrado en Madrid, hundido y olvidado, viviendo miserablemente de unas lecciones." Así, aquellos músicos confirmarían la premisa de Azorín sobre "la fecundación del pensamiento nacional por el pensamiento extranjero. Ni un artista ni una sociedad de artistas podrán renovarse -ser algo- sin una influencia extraña". Y tras la estada en París llegarían para Falla El amor brujo y El sombrero de tres picos , el regreso a Cervantes de El retablo de maese Pedro , a Góngora en el Soneto a Córdoba , al teatro de Calderón, su amistad con la generación del 27 a través de García Lorca...
Pero ésa ya es otra historia. Sólo digamos que recibiría el envío afectuoso de una pajarita de papel, entre artesanal e infantil. "A Falla, Miguel de Unamuno", rezaba la pajarita en el ala. Y resulta conmovedor comprobar que esos dos nombres gigantescos pueden caber y volar juntos en una hoja doblada de papel.
Si Unamuno había exclamado inicialmente que no quería música, ahora Manuel Machado escribía a Federico Moreno Torroba, ya ante aquella trágica década del 30: "Los días son duros. No es hora de versos... Los hombres se miran con odio... La vida está triste. El mundo está feo. Los jóvenes piensan, y sienten los viejos... Y pues las palabras, gastadas, perdieron, cual monedas viejas, el tipo y el precio, basta de palabras... ¡Música, maestro!" © La Nación





