Falsa tranquilidad o calma activa

Bernardo Stamateas
Bernardo Stamateas PARA LA NACION
Crédito: Unsplash
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9 de abril de 2020  • 02:14

Los seres humanos poseemos una capacidad de adaptación que ni aun nosotros conocemos. Un tiempo atrás estábamos hablando de otros temas y, de pronto, surgió una crisis disruptiva. Esto significa que, a partir de ella, habrá un antes y un después y nos hallamos frente a una emoción predominante: el miedo al que debemos aprender a administrar.

El miedo es una voz que nos dice que existe un peligro y debería conducirnos a elaborar un plan frente a esa situación amenazante. Imaginá que acerco una pelota a tu rostro y luego la alejo; si bien el objeto acercado no cambió, se modificó la perspectiva. Si todo el día pensamos y escuchamos sobre el coronavirus, pero no logramos mantenerlo en perspectiva, entonces no seremos capaces de elaborar un plan inteligente.

Podemos distinguir dos tipos de tranquilidad:

  • a. La falsa tranquilidad
  • b. La calma activa

¿En qué consiste la falsa tranquilidad? En un escondite frente al miedo. Como experimento la emoción del miedo, lo que hago es esconder el peligro: "Ya está; esto ya pasó". Aparece entonces el "efecto manada". Quizás te sucedió alguna vez estar en un lugar concurrido, como por ejemplo un aeropuerto, perderte y comenzar a ir hacia donde todos iban. Este temor nos lleva a minimizar, a relajarnos, a ubicarnos en la zona de confort y a procurar recuperar todo el placer rápidamente.

Podríamos graficarlo con la imagen de una mamushka. Dentro de nosotros hay un recurso muy importante llamado información que es aquello que nos brindan la OMS, los científicos, los médicos, etc. Y dentro de ese recurso encontramos otros recursos con los que contamos que son nuestras fortalezas o capacidades. Es decir, esa caja de herramientas personales que alguna vez hemos utilizado en los momentos de crisis. Por eso, para alcanzar una calma activa, debemos pararnos sobre estos dos elementos: la información y los recursos.

Los seres humanos somos seres emocionales que pensamos (no somos seres racionales que sentimos). Nuestro cerebro límbico, que es el cerebro emocional, es, para realizar un paralelo, como un elefante; y la emoción de contagio es muy fuerte. Muchas veces tendemos a armar nuestra normalidad en base a lo que los demás viven, lo cual es un peligro en tiempos como los que estamos atravesando. Lo ideal es pararnos sobre la información que recibimos de los profesionales para cuidarnos. No debemos perder de vista que todo lo que estamos llevando a cabo es con el objetivo de cuidar nuestra vida y la de los demás.

El cerebro siempre desea recuperar la zona de confort. Si estoy bajo presión, a partir de todos los hábitos nuevos que tengo que incorporar, ¿qué querrá nuestro cerebro? Recuperar todo lo perdido. Por eso, si la tranquilidad no está basada en la información sino en la sensación, estaríamos negando la realidad. Todos estamos administrando la incertidumbre. El cerebro tiende a buscar, organizar y conocer. Entonces, cuando se halla frente a no saber, arma respuestas en base a lo que sentimos y lo que vemos en el otro.

Necesitamos alcanzar un balance entre la homeostasis, o lo ritual, y la flexibilidad. En el encierro se experimenta una distorsión del tiempo interno. Como resultado, podemos sentir que el tiempo va demasiado rápido. "¿Qué va a pasar con mi trabajo… y con mi vida?". Eso es ansiedad y esta nos hace huir hacia adelante. O podemos sentir todo lo contrario: que el tiempo no pasa más. "Ya no sé qué hacer en casa". Por eso, debemos tener rituales fijos:

  • La hora de levantarnos y acostarnos.
  • El hecho de arreglarnos (bañarnos, vestirnos, peinarnos, etc.).
  • La hora de cada comida.
  • El horario de estudio con los hijos.
  • El horario de juego con los niños.

Al movernos en función de "lo conocido", los rituales nos ahorran combustible psíquico. Algunos profesionales, como cirujanos y pilotos de avión, siguen una "checklist" para revisar todo lo que deben hacer. ¿Para qué? Para contar con energía a la hora de enfrentar una crisis. Confeccionemos nuestra propia checklist. Y, sobre todo, dispongamos de un espacio para lo novedoso. Mejoremos los vínculos, la empatía, la conexión. Acariciemos con las palabras.

Viktor Frankl, quien estuvo en el campo de concentración de Auschwitz, contaba que, en una oportunidad, un hombre le dio un trozo de pan mirándolo a los ojos y le dijo: "Esto es para usted". Y sobre esa experiencia, Frankl solía decir: "El pan alimentó mi cuerpo unos minutos; pero sus palabras alimentaron mi alma hasta el día de hoy".

Si tenés alguna inquietud, podés escribirme a Bernardoresponde@gmail.com

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