Festín de libros

Silvia Hopenhayn
Silvia Hopenhayn PARA LA NACION
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4 de diciembre de 2015  • 00:57

¿Qué debe leer un niño? Mejor probemos del otro lado de la frase: ¿Debe leer un niño? La pregunta desconcierta, pero más aún si la reducimos a ¿leer es un deber? ¿Por qué no ubicar la lectura del lado del haber? Los cuentos solían empezar con "Había una vez". Pero también es extraño… Si había, ¿ya no hay? Y si fue una vez, ¿no puede volver a ser? El recurso es un guiño: había una vez siempre cada vez. De eso se trata, del presente de la historia. ¡La lectura es siempre un texto inédito! Sobre todo en la infancia, al descubrir la ficción como territorio fértil para cultivar lo incipiente (miedos, deseos, intrigas). Un lugar idílico para ensayar palabras nuevas o inventadas por otros: los escritores.

Claro que inventar palabras no es lo mismo que inventar una historia (¿qué se inventa con una palabra nueva?) María Elena Walsh fue más lejos, creó una letra. La rebelde, sentimental y oronda "Plapla". No está en ningún abecedario más que en el cuaderno del protagonista, Felipito, quien se asombra al encontrarla danzando entre sus líneas. "La maestra nunca me dijo que existiera una letra llamada Plapla".

La ficción supuestamente es lo que no existe, y sin embargo, leyendo probamos (o comprobamos) la riqueza de la existencia.

¡La lectura es siempre un texto inédito! Sobre todo en la infancia, al descubrir la ficción como territorio fértil para cultivar lo incipiente

La aparición de colecciones que recauden personajes inventados en los últimos años por autores de distintas latitudes dedicados a la literatura infantil y juvenil facilita la renovación. Nunca es fácil actualizar la lectura, ya que los clásicos se encargan de hacerlo. La misma definición de clásicos conlleva su virtud de actualizarse en las distintas épocas. Por eso la propuesta de Loqueleo (Santillana) insufla nuevos aires con autores más recientes. El nombre ya indica una acción de lectura en el presente. Lo que leo no es un deber, es más del orden del gusto. Tampoco es lo que "hay que leer…" ni una guía abrumadora de títulos. Se trata más bien de la convivencia de autores: Gianni Rodari, Yolanda Reyes, Elsa Bornemann, Luis María Pescetti, Roald Dahl, Michael Ende, Ricardo Mariño, Graciela Cabal, entre otros, y sus respectivos personajes, Momo, Matilda, Cintia Scoch, Natacha, Tomasito, etc.

Algunos ejemplos dentro de la colección: Guerra de serpientes y otras leyendas americanas, donde su autora, Ana María Shua, sacude los mitos de origen de distintos pueblos de América: los yámanas de Ushuaia, los kayapós de Brasil, los huicholes de México, los mayas, los inuits de Alaska. Con su estilo fresco y cruento a la vez, cuenta la historia de "una sequía tan grande que estuvo a punto de devorar el mundo… La tierra se abría en grietas que parecían labios resecos pidiendo agua". Ricardo Mariño juega con motivos del temor, tan presentes en la literatura infantil, en su libro El hombres sin cabeza, con dobles, fantasmas, bestias, voces, pesadillas. Y un cuento cuyo título trasvasa la identidad: El habitante de cuerpos ajenos. Elsa Bornemann ofrece un delicioso juego esdrújulo, donde las palabras se bambolean como en el Cuéntico bóbico para una nénica aburrídica. También la colección incursiona en los policiales actuales, más propios de la literatura juvenil, como la novela de Andrea Ferrari, Las marcas de la mentira, que empieza vertiginosamente, con la brusca muerte de un tal Fermín Brusco, en un auto que se zambulle en las heladas aguas del lago Lacar. Los ilustradores forman parte de estas múltiples historias, incluso algunos le dieron identidad a los personajes, como Daniel Soulier al sapo Ruperto o las ilustraciones de Quentin Blake, tan elegidas por Roald Dahl.

La premisa de la colección es que "Un lector nunca deja de ser un lector".

Agrego: siempre que haya libros cerca.

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