Filipinas, ¿un desastre solo natural?

Héctor Zajac
Héctor Zajac PARA LA NACION
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15 de noviembre de 2013  • 00:27

La naturaleza no le ha hecho la vida nada fácil a los filipinos. Situado sobre una zona tectónica altamente activa, el país sufre los embates permanentes de erupciones volcánicas, terremotos y tsunamis. Como si esto fuera poco, también se interpone en el sendero regular de los tifones más violentos del planeta que cada año –sin excepción- dejan su secuela de destrucción.

Haiyan golpeó la provincia de Leyte con vientos de más de 300 km por hora, devastando literalmente su capital Tacloban, convirtiéndose en la tormenta tropical más grande de los últimos años. Lo extraordinario no es el fenómeno sino su virulencia -los cálculos extraoficiales hablan ya de un número superior a 12.000 entre muertos y desaparecidos- y daños materiales inconmensurables. En este contexto resulta políticamente conveniente encontrar en la naturaleza un único responsable, sin embargo Haiyan no fue el primero en alcanzar la categoría 5 (la más alta de la escala). Usagi ya lo había hecho este mismo año en septiembre, y el año pasado Bopha destruyó tres ciudades en Mindanao, dejando 1100 muertos y daños superiores a mil millones de dólares. Además, es sugestivo el desplazamiento de responsabilidades en los intendentes locales que ha hecho el presidente filipino, Benigno Aquino, por el enorme caos subsecuente en el área, que lamentablemente incrementará exponencialmente la cifra de muertos y afectados así como las pérdidas económicas.

Comprender la compleja interacción entre la sociedad y la naturaleza frente a un evento de este tipo resulta fundamental para minimizar daños en futuros escenarios.

A diferencia de erupciones o terremotos cuya predictibilidad es de carácter más difuso, los casi 20 tifones que se registran por estación, seguirán ocurriendo regularmente

La dimensión social tiene un doble rol, por un lado existe una relación directa entre la temperatura del agua del océano y la magnitud de estos colosos. Los valores inusualmente altos para la década de la misma (cercanos a los 28 º centígrados) son atribuibles al calentamiento global- aunque hay controversia en la comunidad científica respecto a la causalidad humana del mismo -. Por el otro, los modos en que una sociedad se adapta mal o bien a la incertidumbre que le plantea la naturaleza separan un riesgo natural de un desastre. En medio de esta brecha yace lo que la geografía moderna llama "vulnerabilidad social", concepto que alude a dos niveles bien diferenciados del problema: en primer lugar interpela por los mecanismos históricos que legitiman el acceso de la población a un territorio ambientalmente expuesto, y la presencia o ausencia reguladora del estado en el proceso: urbanización de zonas bajas e inundables, precariedad en la definición y apego a estándares edilicios de acuerdo al riesgo preexistente parecen ser la regla en Filipinas en particular y en el mundo en desarrollo en general. En segundo lugar, la vulnerabilidad social depende directamente del funcionamiento de una serie de medidas, dispositivos institucionales y comportamientos ensayados de cara al evento. Desde la incorporación de la problemática a la currícula educativa, hasta la eficiencia y nivel de profesionalidad en el desempeño coordinado de las instituciones pertinentes: organismos de defensa civil, policía, bomberos, staff médico, equipamiento apropiado, centros de salud, etcétera.

Aquí, la ausencia de estado es absoluta, lejos de la solidaridad y compromiso expresado por la comunidad internacional, llama la atención la demora para restituir las comunicaciones -lo que retarda la llegada de ayuda organizada y la puesta en marcha de operativos de rescate - la falta de generadores de emergencia o refugios con agua y alimento suficiente. Los saqueos y robos continúan a la orden del día, mientras que "médicos del mundo" y otras ONG reportan muertes diarias por hambre y deshidratación. La aplicación de las nuevas tecnologías atravesando las instancias mencionadas no solo mejora la calidad de la gestión, sino que abre nuevas vías de acción que han probado ser clave a la hora de minimizar el impacto. Durante el último tsunami de Japón, un grupo significativo de afectados actuaron como científicos de campo: las imágenes subidas desde sus celulares a la red permitieron desde un centro especializado en Osaka la elaboración y distribución de mapas de pasos y trampas, fundamentales en las tareas de ayuda y reconstrucción. Aunque en este caso la violencia del evento fue tal que la mayoría de antenas fueron destruidas.

A diferencia de erupciones o terremotos cuya predictibilidad es de carácter más difuso, los casi 20 tifones que se registran por estación, seguirán ocurriendo regularmente, algunos desgraciadamente con la furia de Haiyan.

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