
Fútbol y literatura: ¿la página no se mancha?
La relación esencial que este deporte establece con el arte es cuando se emparentan a través del juego y la experimentación
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Una idea tan falsa como difundida desliga a los escritores del fútbol: casi todos los autores que conozco lo juegan y, si no lo hacen, es porque la edad o la salud los ha confinado a ejercer apenas el papel de hinchas. Más bien parece ser al revés: los autores que se desentienden del fútbol son excepción, y menos aún los que lo desprecian, como parecía dictar la moda intelectual de hace algunas décadas. Imagino que la confusión debe tener su origen en ciertas palabras públicas de Borges, copiadas y pegadas una y otra vez ("once jugadores contra once corriendo detrás de una pelota no es algo especialmente hermoso"; desinterés que probablemente haya heredado de su admirado Rudyard Kipling), y en algunos ensayos célebres de Ezequiel Martínez Estrada y Juan José Sebreli. Por lo demás, no hace falta volver a recordar las anécdotas de siempre (Camus y su experiencia como arquero) ni listar al equipo habitual (Eco, Nabokov, Cela, Hornby, Vila-Matas, Villoro, Caparrós, Bolaño) para confirmar que son muchos los que se han ocupado del fútbol en su literatura. Por supuesto que hay cuentos y novelas e incluso unos cuantos poemas dedicados al tema: pero, por alguna razón, ninguna de esas obras tiene un peso literario determinante.
Una idea tan falsa como difundida desliga a los escritores del fútbol: casi todos los autores que conozco lo juegan
De estas cuestiones hemos charlado con algunos escritores en las últimas dos semanas y seguiremos hablando, en un ciclo que termina hoy por la tarde, sin llegar a ponernos del todo de acuerdo. Aunque hayan aflorado algunas ideas. Como la que recuerda que en el Río de la Plata la tradición que vincula al fútbol y la literatura es profusa y fue desarrollada por una corriente literaria de corte popular que convirtió al asunto en materia narrativa: Eduardo Galeano, Osvaldo Soriano, Roberto Fontanarrosa, Eduardo Sacheri. Pero uno de los problemas más señalados a la hora de valorar estos textos fue precisamente la voluntad de "tematizar" desde la ficción un deporte que, desde el surgimiento de la televisión, compone su propio y poderoso relato visual. Narrar lo ya narrado por la propia dinámica del juego es tautológico, cuando no trivial. Por lo demás, la mayor parte de las veces el fútbol es meramente aburrido (cuando no se lo juega como es debido), imbécil (cuando lo que aflora en su relato es la exaltación irracional de las pasiones) o deleznable (cuando se convierte en un negocio donde priman los intereses económicos, es decir casi siempre). La literatura, en todos estos casos, sobra (descontando que la idea que sostiene que la literatura existe para tematizar, denunciar o contar historias es, a estas alturas, algo pueril).
Así y todo, existen buenos cuentos sobre fútbol, incluso muy buenos, donde por lo general la alusión al deporte es tangencial. Pero es probable que los textos más interesantes sean los que se salen de las intenciones puramente ficcionales. Algunos de ellos están reunidos en un libro en miniatura que editó la Biblioteca Nacional en su colección del Bicentenario llamado El fútbol, y cuya verdadera fuente es una antología titulada Literatura de la pelota, publicado en 1971. Allí hay al menos dos piezas memorables ("Ayer vi ganar a los argentinos", de Roberto Arlt, y "Recuerdos del fútbol del tiempo viejo", de Juan José de Soiza Reilly) que muestran que lo peor y lo mejor que tiene el fútbol ya existía desde su creación en la Inglaterra de fines del siglo XIX, y su popularización en territorios emergentes como el de la Argentina de principios del XX.
Quizá, en el fondo, la relación más esencial que el fútbol puede establecer con el arte surge cuando se emparentan a través del juego y la experimentación. Instantes de extrema fugacidad como lo que significa en fútbol tirar un caño, por ejemplo: no existe acción más gratuita y menos productiva que cuando un jugador hace pasar la pelota por entre las piernas de un rival. Un caño no sirve para nada, no tiene ninguna utilidad, y la jugada pocas veces lleva algún riesgo para el arco contrario. La posesión de la pelota, incluso, suele perderse, casi como si fuera una ofrenda o un sacrificio. Se trata de un acto de gratuidad pura y, sin embargo, o precisamente por eso, es de una belleza axiomática: puro disfrute y poco más. Como la mejor literatura.
Hay cuentos y novelas e incluso unos cuantos poemas dedicados al tema: pero, por alguna razón, ninguna de esas obras tiene un peso literario determinante
Algo así debe haber pensado Pasolini, cuando escribió en 1971 que si el fútbol era un sistema de signos, y por lo tanto un lenguaje, "hay momentos que son puramente poéticos: los momentos de gol. Cada gol es siempre una invención, es siempre una subversión del código: una ineluctabilidad, fulguración, estupor, irreversibilidad, igual que la palabra poética". No creo que pueda hacerse mucho más, desde la literatura, por el fútbol. Digo, mucho más que sentarse a disfrutarlo, cuando sucede, y callar.




