
Gasoducto cruel: nos vamos a los caños
Hay que reconocerles a los Fernández que lo están haciendo muy bien; porque es evidente que se han propuesto opacar los barullos de Juntos por el Cambio. Por ejemplo, ser más noticia que Macri y Morales peleándose por Yrigoyen, cuya memoria aparece en las encuestas como una de las mayores preocupaciones de la gente: primero inflación, después inseguridad y tercero Yrigoyen. Esta semana lo consiguieron. La fórmula para atraer la atención fue sencilla: Kulfas acusó a funcionarios de La Cámpora de corruptos, los funcionarios le respondieron que era un inútil, y los dos le hicieron saber a Alberto que no existe. Alberto no se dio por enterado, o ya estaba enterado.
En realidad, ese fue el final de la serie. En el episodio 1, el viernes pasado, Cristina denuncia que el Gobierno, su gobierno, favoreció a Techint en la licitación para proveer de caños al gasoducto Néstor Kirchner, la principal obra pública del país. Alberto acababa de reunirse con Paolo Rocca, CEO de Techint. Cris salía así en defensa del buen nombre y honor de su marido, que de ninguna forma podía quedar asociado a un chanchullo; el fundador del kirchnerismo mancillado por un gobierno kirchnerista, qué lawfare más cruel. En el episodio 2, Kulfas va al rescate de Alberto, su jefe y amigo: juntando fuerza y torpezas le contesta a la vice que el direccionamiento de la obra a Techint era responsabilidad de los amigos de Máximo del área energética. Episodio 3: Cristina pide que el ministro sea ajusticiado; con más apuro que pena, Alberto echa a Kulfas y designa a Scioli, Kulfas se despide con una carta incendiaria, los amigos de Máximo le contestan con un texto antológico, el caso llega a la Justicia; va a parar al juez Rafecas, que le impone un tremendo dinamismo a la causa, lo cual hace pensar que pronto se la sacará de encima. Kulfas declara ante el juez y el fiscal: ¿corrupción? La boca se les haga a un lado. Solo fueron amables discrepancias. Resumiendo: siete días de vértigo, roña, guerra de guerrillas, rajes, expedientes, contradicciones. La temporada 1 termina con Alberto en la cumbre de Los Ángeles dando lecciones a las Américas sobre cómo se deben hacer las cosas.
El que no se dejó llevar por esta dinámica fue Scioli: nada de apuros e improvisación. Aceptó el cargo, pero con exigencias: necesitaba una semana para conformar su equipo; su equipo de imagen y comunicación: voceros, encuestadores, escribidores de discursos, media trainer, community manager, fotógrafos, camarógrafos, vestuarista, maquillador facial, maquillador cultural, estilista, dos helicópteros… Es la única forma de encarar en serio, dijo, el desarrollo productivo del país.
Recuerdo cuando Scioli fue elegido gobernador de Buenos Aires. Vino a los diarios a ofrecer pauta publicitaria a cambio de cobertura de su actividad. No sorprendió tanto la propuesta como que la formulara él. Es el tipo de trabajo sucio al que los funcionarios no suelen ponerle su cara y su firma.
A todo esto, el gasoducto, que si ya estuviese hecho produciría este año un ahorro de unos 2500 millones de dólares en importaciones, sigue esperando. Claro: está en manos de La Cámpora, fue puesto en marcha por Alberto Fernández y se llama Néstor Kirchner; mayor ensañamiento con el proyecto, imposible. No había forma de que eso funcionara. En serio lo digo. Si la idea es fulminarlo, cuáles son las tres cosas que se te ocurren primero: que dependa de tipos elegidos por Máximo, que antes de colocar el primer tubo vaya Alberto a cortar las cintas y que lleve el nombre del más célebre constructor de obras pagadas –a sus socios– pero no terminadas.
Todo el episodio es revelador. Dos años y medio de gobierno resumidos en siete días. Cristina, más habituada a ser denunciada que a denunciar, le erró al viscachazo: le apuntó al Presidente y el tiro fue a parar a la juventud maravillosa de La Cámpora. Kulfas quiso pontificar sobre los tubos y se fue a los caños: pifió todos los datos técnicos; peor: con tantos años en la función pública ni siquiera supo manejar un off the record, ciencia que se aprende en tres o cuatro minutos. En su repuesta a Kulfas, ya desmenuzada anteayer por Carlos Pagni, los camporitos demostraron que así como el canciller Cafiero tiene serios problemas con el inglés, ellos no están en condiciones de largarse a escribir en español.
Sumergido en esos charcos, Alberto asiste impertérrito al aniquilamiento de su autoridad, de lo que queda de ella, y su agenda parece limitarse cada vez más al juego dual de conformar a Cristina y de perturbarla; pero incluso cuando intenta lo primero la perturba. El sensible viaje a Los Ángeles suscitó una ola mística: en todo el país, cadenas de rosarios se elevaron a los cielos para implorar que fuera asistido con el don de la prudencia, de la mesura, y los más osados se animaron a pedir sabiduría, entendimiento. ¿Escucharon el discurso? Hay que rezar más. O prohibirle salir del país.
Esa sería, también, una manifestación de piedad.






