Gombrowicz. El regreso de un príncipe exiliado

El casamiento, una obra que el autor polaco escribió en Córdoba (una crítica social en clave grotesca), vuelve este mes a la escena porteña
Néstor Tirri
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4 de marzo de 2018  

La guerra ha terminado: el soldado Enrique y su amigo Pepe regresan a su solar de origen. Lo que encuentran, lo que el brumoso escenario de El casamiento deja ver al espectador, es un paisaje en ruinas. Pero Enrique quiere restablecer el orden. Gombrowicz sostenía que el protagonista de su obra, Enrique, vive un sueño; frente al deterioro de su mundo, elevará a su padre a la dignidad de rey, con el objeto de que el padre "le otorgue" el casamiento con su deshonrada novia María. Esta operación adquiere, en la pieza, una función restauradora de la formalidad. "Pero después –dice el autor– él mismo, Enrique, se declara rey y quiere casarse a sí mismo, y en el momento decisivo se quebranta y cae bajo el peso de sus actos".

Witold Gombrowicz (Maloszyce, Polonia, 1904; Vence, Francia, 1969), que vivió más de la mitad de su azarosa existencia como exiliado, inculcó, a través de sus textos, que "todo eso se alcanza a través de la forma", y en ese sentido cada uno deforma a los demás, al tiempo que es deformado por los otros. "Por lo tanto –concluye el escritor– este drama es, ante todo, el drama de la forma".

A 70 años de la publicación de El casamiento y cuando se anuncia una nueva versión escénica de la obra desde el 17 de este mes en el Teatro San Martín, habría que recorrer algunos tópicos gombrowiczianos, varios de ellos exaltados desde aquí, la Buenos Aires de la inmadurez, la que el polaco exiliado añoró cuando regresó (como el Enrique de su obra) a la vieja Europa, marcada, en cambio, por la Forma (en mayúscula), el virus antagónico de lo inmaduro.

La primera incursión de W.G. en el teatro fue antes de partir de Varsovia, entre 1933 y 1935, con Yvonne, princesa de Borgoña, una comedia que habría de publicarse en Polonia en 1938, un año después de la aparición de Ferdydurke, cuando el escritor frecuentaba los cafés varsovianos, el Ziemianska y el Zodiac, junto a poetas de la época. Ferdydurke, obra capital en la producción del autor, es una suerte de novela filosófica con una malicia de invención bastante loca y una lengua trastocada, por lo cual se la vio como una especie de Ulises farsesco o en clave irónica.

El casamiento (Slub, en polaco) fue publicada originalmente en castellano, en Buenos Aires, en 1948, al año siguiente de la publicación de la traducción argentina de Ferdydurke, esto es, nueve años después de la llegada del escritor a la Argentina a bordo del transatlántico Chrobry. Como se sabe, W.G. quedó "varado" en la Argentina durante ¡24 años!, a raíz de la invasión de los nazis a Polonia, en el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Este truco del destino contribuyó a que su personalidad altiva despreciara, con equidistancia, tanto al nazismo como al comunismo que habría de tomar el poder en Polonia.

Estreno en París

La obra se estrenó en francés, en París, en 1963, y se presentó por primera vez en castellano en el Teatro San Martín de Buenos Aires en 1981, con dirección de Laura Yusem. La intelligentzia autóctona intentó "encajar" a Gombrowicz dentro de la literatura argentina, entre otras razones porque El casamiento fue compuesta en las sierras de Córdoba, en polaco, y vio la luz en Buenos Aires, luego de ser sometida por el autor a un invalorable trabajo de traducción a dos manos con Alejandro Rússovich (1927-2015), el filósofo y maestro argentino con el que W.G. compartió su hábitat en la legendaria pensión de la calle Venezuela.

Gombrowicz entrevió la gravitación, en los actos de los hombres, de una cultura que codifica (y cosifica). En ese sentido, la obra juega con el peso de rituales y gestos que fijan a los seres en una determinada condición. En el universo de El casamiento, que luce onírico y grotesco pero que no debería confundirse con las pautas del teatro del absurdo, se propone un juego en el que cada uno "actúa" en función de una mirada del entorno, pero actúa lo que es.

Ahí asoma el Jean-Paul Sartre de El ser y la nada, a propósito del ejemplo del mozo que, cuando se mueve entre las mesas, "actúa" su condición de mozo (finge lo que es). La mirada del otro, en efecto, requiere de mí que yo actúe, pero también habría que decir que yo actúo para que los otros me confirmen en mi rol.

Este juego se produce entre Enrique, su amigo Pepe, la degradada María (convertida en sirvienta y prostituta), el Borracho, el Padre, devenido posadero de lo que fue la casa familiar. Todo en un paisaje de bruma: es como Hamlet enfrentando al "podrido" reino de Dinamarca. "Pero El casamiento no repite a Hamlet: lo parodia", decía el crítico francés Bernard Dort. Este otro reino, ruinoso, es el de una deteriorada Polonia, más afín a la farsa de Ubú rey.

Pero nada "ocurre" de verdad; lo que se ve en escena es producto de un sueño. "Y es Enrique quien sueña todo, está solo, los otros personajes son soñados por él", dijo Gombrowicz. Algo semejante se verifica en Pornografia, publicada en la España franquista con un título pundonoroso, La seducción (Seix Barral, 1968); allí, lo que se narra no es un sueño sino un mecanismo de proyección: dos viejos, Fryderyk y Witold, proyectan en una parejita joven, la de Henia y Karol, un erotismo que ella aún no ha experimentado con su novio oficial, Waclaw, arquetipo de la "formalidad". El erotismo entre Henia y Karol se consuma, así, en la inmadura conciencia de los viejos.

Un mito

El propio Gombrowicz fue forjando su propio mito, como acertó a advertir Jorge Di Paola, uno de los jóvenes discípulos que lo rodearon en Tandil a partir de 1958. Como sea, la personalidad desafiante y aquella altanería de una presunta condición de "noble rural" enfrentaron a G. con la cultura "oficial" porteña, en especial la del grupo Sur. Pero su producción narrativa no se detuvo y sumó otros títulos, como Transatlántico (1950) o Cosmos (1965), que le valió en París el Premio Formentor. El genio del eterno exiliado polaco destellaba con el reconocimiento internacional, ahora junto a Rita Labrosse, la ex estudiante canadiense que lo acompañó en sus últimos años, en los Alpes Marítimos de Francia.

La partida definitiva de W.G. del puerto de Buenos Aires había ocurrido el 8 de abril de 1963. La puesta en escena de Jorge Lavelli de El casamiento en París, en junio de ese mismo año, coincidió con el regreso del polaco a Europa, quien desembarcó en Cannes, rumbo a Berlín, apenas un par de meses antes.

"Cada escena comienza como si se fuera a desencadenar una batalla, y en ese sentido El casamiento es para mí como una obra de Shakespeare en perspectiva surrealista", observó años después Lavelli. Gombrowicz confesó que él no tenía ninguna afinidad con el teatro y que había ido una sola vez en su vida a ver una representación, en Buenos Aires. Pero, eso sí, la pieza que había visto era de Shakespeare, el único autor teatral que le interesaba. Al enterarse de que El casamiento iba a ser puesta en escena, no ocultó al régisseur su escepticismo: a su juicio, la pieza era literalmente irrepresentable.

Pero la aventura de "ser elevado" a escena intrigó al escritor. Sin embargo, cuando Lavelli le propuso viajar de Berlín a París para ver ese texto finalmente plasmado en un espectáculo teatral, Gombrowicz no aceptó la invitación; sólo vería, tiempo después, algunas fotos de esa puesta.

El escritor nunca regresó a la Argentina. Tampoco se dieron las condiciones políticas para volver a Polonia, a pesar de su proximidad con Berlín. La seducción es una de las escasas ocasiones en las que un texto de G. remite en la narración a su país de origen: alrededor de Fryderyk y de Witold pululan soldados nazis de la ocupación y guerrilleros polacos. Es un rapto imaginario; escrita parcialmente en los años 50 en Tandil (donde se sentía cómodo rodeado de la "Inmadurez" de los jóvenes), la novela es un salto soñado a esa Polonia que el escritor no veía desde tiempo atrás y que ya no volvería a ver.

Lo cual remite a la experiencia de su pieza teatral: tal como lo experimenta el soldado Enrique al comienzo de El casamiento, su único regreso posible es una incursión en la bruma del inconsciente, esa que aflora en el sueño o que se trasunta en el acto de la escritura.

El autor adaptó el texto de El casamiento para el estreno argentino, en 1981, que dirigió Laura Yusem

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