Henri Roorda: los misterios de un cero a la izquierda

Ariel Dilon
Ariel Dilon PARA LA NACION
La flamante edición de Tómalo o déjalo (Paradiso) permite conocer al escritor suizo, autor de Mi suicidio, un pedagogo libertario y un cronista insólito. Además dos textos de anticipo: "Apretones de mano" y "Los discursos"
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21 de septiembre de 2019  

Los escritores suicidados son legión, y sin embargo no abundan -aun entre los más brillantes- aquellos que nos hayan legado, como lo hizo el escritor suizo en lengua francesa Henri Roorda (Bruselas, 1870-Lausana, 1925), un genuino "suicidio autógrafo". Como si unos seres que han vivido (re)escribiéndose se mostrasen reticentes -suerte de pudor liminar- a dejar tras de sí una palabra pretendidamente última. Tal vez por eso la nota de suicida considerada una de las bellas artes va a la zaga respecto de otros géneros literarios, de desarrollo más constante: ni aun sus cultores más conspicuos se ensayan en la especialidad sino una vez en la vida. Con delicadeza o exasperación, abrumados o lúcidos, justificativos o rotundamente fácticos, y por regla general en forma sumarísima, toman la pluma por última vez y detienen la acción, in extremis, para dar cuenta de la pesadumbre, la bancarrota, el exilio, el miedo a la enfermedad y a la vejez, el sentimiento de fracaso o de agotamiento creativo, la desesperación de la ternura o el cansancio de las ilusiones que apuran la despedida.

La singularidad de Henri Philippe Benjamin Roorda van Eysinga (o Balthasar, su nom de plume) no reside únicamente en haber consagrado al género un libro entero -su nota de suicida ocupa unas cuarenta páginas, él mismo le escoge un título que la adscribe a la literatura y una serie de subtítulos que organizan el texto, al que se refiere como "mi libro"- escrito inmediatamente antes de "infligirme la pena de muerte" y dejado allí, a modo de continuación o nota al pie de su propio cuerpo; sino también, sobre todo, en haber mantenido, hasta la última línea de esa suerte de confesión de un condenado que es Mi suicidio, los rasgos distintivos del estilo de escritura que había desplegado antes en un vasto corpus de crónicas y ensayos. Se los podría enumerar así: una prosa a un tiempo elegante y límpida que nombra con discreción y franqueza el inefable lugar de tensión entre la libertad individual y la coerción social; una suerte de pureza desencantada, madre de la lucidez, de la melancolía y del sentido del absurdo; una elasticidad mental y bruscos cambios de plano que, afirma, son la condición necesaria del humor; un contrariado amor al mundo en medio de la zozobra personal; y la tozuda preferencia -siempre y en la hora de la muerte- por la divagación contemplativa, la alegría y el placer: "Con ebriedad en mi espíritu y con fugitivas emociones, querría admirar la belleza del mundo y saborear los 'alimentos terrestres' de la mañana a la noche". Estas inclinaciones casi retratan a otro gran escritor suizo, en su caso, de expresión alemana: Robert Walser (1878-1956). Aunque los medios artísticos del autor de El paseo, El ayudante o Jakob von Gunten fueran acaso más vastos y más refinados que los de Roorda, los dos contemporáneos, hombres del siglo que industrializó la muerte, conciudadanos del país cuya cultura había incubado la semilla de la religión capitalista, fueron, cada uno a su modo y por propia y soberana decisión, dos "ceros a la izquierda" ("Yo, la milmillonésima parte.", titula Roorda una de sus crónicas). Por autoconfinamiento el uno, por autoeliminación el otro, ambos rehusaron hacer de sus vidas un cálculo de interés. Como el escribiente Bartleby, Walser y Roorda son de esas criaturas who "prefer not". Mi suicidio es la suprema afirmación de ese NO.

El pedagogo Roorda dando una clase de matemáticas al aire libre
El pedagogo Roorda dando una clase de matemáticas al aire libre Crédito: Editorial Paradiso

Bastante olvidado hoy incluso por sus compatriotas -aunque en su ciudad existe una leal cofradía de "amigos de Henri Roorda"-, el escritor gozó en su hora de considerable popularidad como pedagogo heterodoxo y gracias al brío de las crónicas sociales, filosóficas, cómicas, provocadoras que escribió durante varios años para diarios y revistas de entonces y de las que él mismo llegó luego a reunir más de cien en dos volúmenes: À prendre ou à laisser (1919) y Le roseau pensotant (1923). A estos se añade una colección póstuma que prácticamente duplica en porte a las otras dos: Les saisons indisciplinés.

Pero la obra de este humorista, anarquista, pacifista, pedagogo libertario y profesor de matemáticas (antes y después de su muerte, varias generaciones de estudiantes aprendieron aritmética con su Cours de mathématiques élémentaires, de 1912) comprende además algunas piezas de teatro, un ensayo antibelicista y varios libros de pedagogía: Roorda escribe contra la escuela de la docilidad, que fuerza a los niños a resignar de antemano la soberanía sobre sus cuerpos y su tiempo.

A sus expensas, contribuyendo sin duda a la quiebra monetaria del amante de la buena vida que el sueldo de docente y sus colaboraciones periodísticas no le permitían costear, publicó entre 1922 y el año de su muerte los cuatro anuarios del Almanach Balthasar, compuestos de poemas y relatos cómicos, fábulas y adivinanzas, "problemas para noches de insomnio", efemérides, recetas de cocina originales, palabras cruzadas con definiciones extravagantes, calambures y consideraciones inopinadas. Entre los mensajes de los anunciantes, propagandas de los libros del propio Balthasar/Roorda. El título recuerda a otro humorista de genio, contemporáneo suyo, aunque de muerte más temprana: Alfred Jarry.

El ensayo La risa y los que ríen (1925) resume las ideas de algunos filósofos sobre la comicidad -de Aristóteles a Bergson, pasando por Kant, Schopenhauer, Sully, Spencer y Schwob- para luego hacer su propio aporte a la materia, articula el ideario humorístico del escritor y su sombrío humor final (para Mi suicidio, había pensado en otro título: "El pesimismo alegre"). En el último capítulo del ensayo sobre la risa, "El humorista y el fanático", Roorda representa al "pobre humorista" como un espíritu elástico, al que caracteriza "por la extrema movilidad que hay en sus pensamientos y en sus estados de ánimo". "Voluble, diverso y demasiado cambiante, no puede fijar su atención por mucho tiempo en un mismo aspecto de los fenómenos. Bien sabe que la realidad tiene aspectos múltiples y que todas las cuestiones, por consiguiente, son complejas. La natural agilidad de su espíritu le permite franquear, sin darse cuenta, las fronteras que los hombres han puesto entre aquellas cosas que son 'serias' y aquellas que no lo son. Y él puede estar, simultáneamente, alegre y triste". Tensión entre extremos del ánimo que no sorprenderá al lector de Chejov, al de Vonnegut.

Son la Gran Guerra y sus privaciones, precisamente, el telón de fondo de las crónicas que componen Tómelo o déjelo, escritas entre 1914 y 1918. Enemigo de todo nacionalismo y de todo militarismo, Roorda sabe que en algunas circunstancias no es posible hacer otra cosa que combatir hasta vencer al adversario fanático y expansionista. Pero su mirada siempre va más allá: espera (sin hacerse ilusiones) que al final de la guerra se exija de los gobiernos del mundo un "desarme universal". La "neutralidad perpetua" de Suiza cumplía por entonces un siglo, pero su economía y su seguridad dependían de "ciertos compromisos" con vecinos poderosos y ariscos, particularmente Alemania. Al mismo tiempo que algunos industriales se enriquecían proveyendo insumos de guerra o queso gruyere a los diez contendientes, la población se veía sujeta al racionamiento, de cuyas penurias obtiene Roorda no obstante algunos exquisitos bocadillos.

La noticia de "la muerte súbita del señor [Henri] Roorda van Eysinga", que "causó una dolorosa sorpresa en la Suiza romanda" fue publicada pudibundamente en la prensa, sin aclaración de la causa del deceso.

Los amigos habían intentado disuadirlo de lo que, lejos de sorprenderlos, sería un final presentido y presagiado. Una larga depresión, deudas más altas de cuanto la honorabilidad consentiría, una agravada inclinación al alcohol o los remordimientos que roían su conciencia: todo ello acabó volviendo intolerable la antigua incompatibilidad entre el idealista Roorda y la realidad del mundo. Luego de que se despidiera, una tarde, de los amigos en el café, uno de ellos declaró, resignado: "Será probablemente para esta noche".

El 7 de noviembre de 1925, Roorda escribió la última frase de su libro, referida a "un corazón sensible", y alojó una bala en el propio. De haberse conocido, el pluripoeta Fernando Pessoa (cuyo barón de Teive había perpetrado un acto análogo) y nuestro Roorda -del que Balthasar es un cuasiheterónimo- habrían podido compartir más de una buena botella de vino de Oporto, e invitar a brindar con ellos a ese otro noble cero a la izquierda, Robert Walser.

Ariel Dilon es el traductor y prologuista de la reciente edición de Tómalo o déjalo (Paradiso), de Henri Roorda, que incluye también La risa y los que ríen y Mi suicidio .

ANTICIPOS

APRETONES DE MANO

Por Henri Roorda

Acabo de pasar con T., el historiador, una hora deliciosa. Me hizo comprender la importancia de fenómenos sociales en los que yo no había pensado; y ahora tengo temas de meditación para largo tiempo. A pesar de eso, cuando pienso en T. me siento descontento, como si me reprochara algo. ¿Qué es? Esto: nos despedimos mal. Nuestro apretón de manos resultó completamente fallido. Mi mano llegó con retraso y él no pudo estrechar más que las puntas de mis dedos más largos. En cuanto a mi pulgar, inerme, ejerció una torpe presión sobre un hueso sorprendido. Habríamos debido volver a empezar.

Me dirán que hago mal en dejarme turbar por accidentes totalmente desdeñables. ¡Qué quieren! Para mí, los apretones de mano no son todos iguales. Cada uno tiene su propia significación; y si se los analizara se podría elaborar una ciencia que tendría tanta solidez como la grafología.

En el momento de separarnos, yo habría querido decirle a T., sin palabras, mi simpatía y mi regocijo. Al envejecer nos tornamos discretos y tímidos en la expresión de nuestros sentimientos; y al despedirnos de un amigo le encomendamos a nuestra mano que transmita el mensaje de nuestro corazón, que no nos atrevemos a apoyar contra el suyo.

Nos es imposible amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. De ordinario no tenemos, los unos por los otros, más que indiferencia. Pero nuestra sangre está constantemente a una temperatura de unos 36° centígrados; y ponemos poca calidez en nuestros encuentros con nuestros semejantes. La fraternidad superficial que a cada momento aproxima a los seres es preciosa. No podríamos vivir mucho tiempo en una atmósfera glacial. ¡Pues bien! Cuando he conversado cordialmente durante algunos minutos con alguien, yo espero que nuestro gesto de adiós exprese el fugitivo acuerdo de nuestros pensamientos. Juzgo sin benevolencia al doctor Z., cuya mano desconfiada y a medio cerrar me recuerda que es un hombre avaro. Pero evito con idéntico cuidado a mi ex-compañero Oscar, que por demasiado tiempo se ejercitó en el arte de romper nueces apretándolas en la palma de su diestra. Conocí a un viejo campesino que, cada vez que nos despedíamos, posaba en mi mano algo semejante a una cataplasma tibia que tuviera cuatro dedos y un pulgar, y parecía esperar que yo le dijera: "Ya puede retirarla". Y también me acuerdo de cierto meridional cuyo caluroso shake-hand significaba claramente que estaba dispuesto a arrojarse a las llamas por mí. ¿Por qué ese completo sacrificio? Jamás se me habría ocurrido pedírselo.

Demasiado prudentes o demasiado ardientes, torpes o ridículos, los apretones de manos revelan una falta de comodidad o de naturalidad en nuestras relaciones con los otros. Es por razones de orden geométrico, también, que no siempre puede realizarse el encaje perfecto con el que sueño. Por fortuna hay excepciones. Me ocurre encontrarme en la calle con mi viejo amigo Georges. A veces los dos estamos apurados; pero, sin que nos detengamos, se produce entre nuestras manos fraternales un contacto tan perfecto y tan íntimo que la corriente se establece instantáneamente entre nuestros corazones. Y es un momento tan bueno, casi, como cuando mi hija, cansada por el paseo que estamos terminando, me abandona con una confianza absoluta los cuatro dedos y el pulgar de su mano izquierda; de la izquierda, porque necesita el pulgar de su mano derecha para chuparlo.

LOS DISCURSOS

Por Henri Roorda

Para Briscard, el día de gloria había llegado. A las nueve y media de la mañana debía comenzar la ceremonia organizada en su honor. Pues desde hacía cuarenta años este ilustre sabio enseñaba Estadística integral y comparada a los estudiantes de nuestra Facultad de derecho.

Briscard tenía admiradores en el mundo entero, y hasta sus conciudadanos menos cultivados conocían su nombre. A las nueve y cuarto, la gran sala del teatro, que había sido alquilada para la circunstancia, ya estaba colmada de invitados. Toda la Lausana pensante estaba allí. Yo me había instalado en el fondo, en los palcos frontales, contra la pared, junto a la puerta de la evasión. Nunca se sabe lo que puede ocurrir. Instruido por la experiencia, me había metido en los bolsillos tres sándwiches (ternera, jamón, manteca y mostaza) y una botellita de Oporto.

El gran hombre fue recibido con largas aclamaciones. Daba la impresión de encontrar aquello muy natural. Me habría gustado que dejara trasuntar un poco de emoción. "Tal vez se emocione cuando tome la palabra, me dije. Esperemos." El señor consejero de Estado fue el primero en hablar. Su discurso, que duró tan solo dieciocho minutos, causó en el público una buena impresión. Cuando todavía crepitaban los últimos aplausos, mi vecina se volvió hacia mí y me preguntó, con un fuerte acento meridional: "¿El señor Briscardo va a responder ahora?". Yo le dije: "Madame, en nuestro país no nos apuramos tanto. Si viene usted de lejos, verá su inversión recompensada". Pero para mis adentros pensaba: "¡Pobrecita! ¡Esperemos que haya tenido un almuerzo abundante!"

El segundo discurso, más largo, fue pronunciado por el representante de la Municipalidad, que se vio obligado a repetir lo que había dicho su predecesor. Como me mantuve muy atento, me sentía capaz de dar una conferencia de un cuarto de hora sobre nuestro Briscard nacional. Esta costumbre de decir dos veces lo mismo decididamente tiene sus ventajas. Desgraciadamen te fue el rector de la Universidad quien habló en mi lugar. Le bastó con media hora para recordarnos todo lo que habían dicho los dos primeros oradores. Cuando llegó el turno del decano de la Facultad de derecho, ataqué mi primer sándwich. Ese Oporto era admirable. El delegado de la Universidad de Ginebra, que no había sido advertido, utilizó algunas expresiones de las que ya se habían servido los otros. Por lo demás su discurso fue excelente; pero no me di cuenta hasta el día siguiente, al leerlo; porque a partir del quinto, los discursos se suceden y se parecen.

Me comí el segundo sándwich mientras otros dos señores decían palabras monótonas. Briscard, confortablemente sentado al lado del rector, tenía un aire muy satisfecho. Él habría querido que aquello durara para siempre. Cada uno de los oradores me recordaba que la estadística es una "ciencia árida", lo cual me obligaba a tragar frecuentes sorbos de Oporto.

Eran las doce y media del mediodía. Algunos invitados se iban tímidamente. Yo ya no oía más que jirones de discursos. ".La Universidad de Lisboa no ha querido dejar pasar este día." ¿Por qué no querer dejarlo pasar? Aunque requiera veinticuatro horas, este día pasará, como los otros. ". Permítanme hacer un poco de estadística." Le permito, puesto que todavía me queda un sándwich. Alguien habló otra vez en nombre del "Coro de hombres", del que Briscard había formado parte alguna vez; en nombre de los Ex alumnos; en nombre de Estocolmo, de París, de Oxford y de Vuitebouf. Es en Vuitebouf donde nació Briscard. Dado que puede ocurrir que un gran hombre surja de un agujero pequeño. El síndico de la encantadora localidad estaba tan emocionado que después de haber dicho: "La población vuitebovina en su totalidad reivindica a uno de los suyos.", no pudo continuar. ¡Basta! ¿A quién de los señores le toca?

Debajo de la butaca de mi vecina había un charquito. Al parecer, era una doctora de Montevideo que quería oír a toda costa la respuesta de nuestro gran Briscardón. Mi vecino de la derecha me dijo: "Ya pasaron catorce".

Las graderías del fondo se iban vaciando; eran las dos y doce. Briscard acababa de sacar de su bolsillo un grueso manuscrito. El rector avanzó hasta el borde del proscenio y dijo: "Como ya es tarde, el señor delegado de Montevideo renuncia a.". Tormenta de aplausos. Todo el mundo se levanta. Se mandan a mudar. "Otro poco de paciencia, señoras y señores. Aquel a quien hoy celebramos querría agradecerles." ¡No hay de qué! Los asientos plegables y las puertas se ponen a chirriar furiosamente. En los corredores hay un ruido infernal: es la Bestia humana, que se retira a comer.

En el guardarropas había tres mujeres desmayadas a quienes les estaban dando a respirar sales. Innumerables bocas dejaban escapar la suprema palabra que expresa el hastío de las almas saturadas. Ese día, algunos amigos y yo fundamos la liga de los N.M.D.D.D., cuya fórmula explícita es: "No más de doce discursos" al hilo.

Trad.: Ariel Dilon

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