Horacio Castellanos Moya. "El mundo atraviesa hoy un momento muy delirante"

REALISMO. El escritor salvadoreño, en cuyas ficciones la violencia y el odio dibujan pesadillas que hoy podrían saltar a la realidad, cree que "el gran cambio de nuestra época es la muerte del hombre interior"
Leonardo Tarifeño
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24 de diciembre de 2016  

Castellano Moya: "Este es un cenicero que compré en la taberna U Fleku, de Praga, donde el poeta salvadoreño Roque Dalton escribió su estupendo y largo poema ''Taberna (conversatorio)''. Yo no fumo, pero muchas veces escribo a mano, y cada vez que saco punta a los lápices, lo hago sobre ese cenicero
Castellano Moya: "Este es un cenicero que compré en la taberna U Fleku, de Praga, donde el poeta salvadoreño Roque Dalton escribió su estupendo y largo poema ''Taberna (conversatorio)''. Yo no fumo, pero muchas veces escribo a mano, y cada vez que saco punta a los lápices, lo hago sobre ese cenicero

GUADALAJARA.- "Una sociedad que ha convertido el crimen en su principal valor. De ahí vengo", señala el salvadoreño Horacio Castellanos Moya en su último libro, Cuaderno de Tokio (Hueders, 2015), que recoge aforismos y notas escritas durante una estadía de seis meses en la capital japonesa. Como reconoce en esas páginas, la violencia que marcó su infancia y juventud -nació en Honduras, pero vivió en El Salvador desde los cuatro a los veintidós años- definió su mirada literaria, que hoy cruza desencanto y lucidez ante un mundo que asiste a la legitimación política de la intolerancia y el racismo a escala global. En El asco, El arma en el hombre y La sirvienta y el luchador, entre otros libros, Castellanos Moya ha indagado como pocos autores latinoamericanos en la fuerza del odio, una plaga moral que en sus novelas explica la imposibilidad de paz y progreso que surca el pasado inmediato del continente.

De paso por Guadalajara, tras presentarse en la última edición de la Feria Internacional del Libro (FIL), el escritor residente en Iowa confiesa que conocer el odio en los pliegues de la vida cotidiana en Estados Unidos hizo que no lo sorprendiera la victoria electoral del magnate Donald Trump. "Se veía venir, porque allá el rechazo a lo que los republicanos llaman ?blandenguería liberal' ya es muy amplio", dice, entre alarmado y curioso. El desprecio, la ley del más fuerte y los callejones sin salida que imponen los autoritarismos constituyen los escenarios de sus mejores obras, y el ascenso de Trump hace pensar que algunas de esas pesadillas literarias podrían saltar a la realidad. "Lo que pasó en Estados Unidos es fuerte porque se trata de la primera potencia del planeta, pero forma parte de un fenómeno global -señala-. Estamos en un momento en el que todavía no sabemos qué tan potente será el impacto mundial de la derecha, pero podemos suponer que irá bastante más allá de lo que vaya a hacer Trump."

¿Qué lo sorprende más? ¿El derrumbe de la izquierda populista latinoamericana o el triunfo de la derecha racista en Estados Unidos?

Me parece que los dos procesos se relacionan. Tras la caída del comunismo, la izquierda perdió su referente e intentó reconstruirlo rápidamente a partir de las propuestas trasnochadas de Hugo Chávez. Pero no supo resistir el embate del poder del dinero. Y una vez que se encontró en el centro del mundo del dinero, cayó por su propia inexperiencia y ambición.

¿El poder del dinero reemplazó la ideología?

Un poco sí. La derecha siempre ha sido coherente en eso, porque su ideología se confía a las leyes del mercado, pero la izquierda resultó más hipócrita porque se inventó todo tipo de discursos cuando en realidad lo que sus líderes hacían era embolsarse el dinero. El gran problema en la política actual es la corrupción, que cruza todas las fuerzas de manera transversal. Le pasó a la izquierda y le va a pasar a la derecha también.

¿Las ideologías fracasan y la corrupción triunfa?

Así es. Un buen ejemplo es El Salvador, mi país. De los últimos tres presidentes, dos pertenecen a la derecha y uno a la izquierda; de los de derecha, uno murió de trombosis ante la posibilidad de ir a la cárcel por corrupto, y el otro está acusado de malversar 174 millones de dólares. Y el de izquierda se fue del país y hoy se encuentra asilado en Nicaragua. La corrupción atraviesa todos los partidos. Lo que en realidad hay que preguntarse es hasta dónde va a llegar este capitalismo.

¿Hasta dónde cree que llegará?

Es difícil saber. De momento hay que esperar el rumbo que marquen las próximas elecciones europeas, en Holanda y Francia. En esos dos países, la derecha es muy fuerte. Y luego, a finales de 2017, le tocará a Alemania, donde hasta ahora hay cierta cordura política. Todas esas elecciones serán decisivas porque el mundo atraviesa un momento muy delirante. Las fuerzas del capital, liberadas de cualquier necesidad de apariencia, han comenzado a jugar salvajemente. Ya no les importa mostrarse como lo que no son. Yo diría que ser realista hoy significa tener una visión bastante pesimista.

Ese realismo está muy presente en sus libros, donde a los personajes los abruman sus circunstancias. Nunca son buenos ni malos, sino lo que las distintas situaciones les permiten ser.

Así es, y surgen de una idea del mundo en la que efectivamente no hay buenos ni malos. Todos somos o podemos ser nefastos, sólo depende del lugar donde nos pongan. Esto es algo que Juan Carlos Onetti decía muy bien.

Dentro de ese pesimismo, ¿qué rol cumplen las ideologías?

Me parece que las personas nos aferramos a las ideologías para tener una versión de nosotros mismos en la que nos gustaría creer, pero que no coincide con la realidad. Por eso tenemos el mundo que tenemos, que para colmo ahora está dominado por el cinismo del dinero. Sin duda, vamos a un futuro en el que los dueños del dinero quieren un mercado cada vez más grande y una democracia cada vez más chica. Un buen momento, diría yo, para leer El mundo de ayer, de Stefan Zweig.

¿Qué dice ese libro?

Zweig escribió El mundo de ayer poco antes de suicidarse en Brasil. En ese libro cuenta sus recuerdos, habla de una época en la que nadie vio venir la Primera Guerra Mundial. En ese tiempo se habían roto las maneras tradicionales de entender la realidad. Como ahora, pues. La gente vivía en una fantasía, tal como ahora se vive dentro de la fantasía tecnológica.

¿Por esa desconfianza de la tecnología no tiene Facebook ni Twitter?

No exactamente. En realidad, no tengo nada de eso porque yo soy un hombre muy adicto. Y si tuviera Twitter, seguramente estaría todo el día clavado ahí. Con Facebook es distinto. Desde muy chico, sentí una profunda repugnancia hacia las páginas de sociales de los diarios, que en los años de mi adolescencia era algo muy importante en la prensa provinciana salvadoreña. Y lo que yo veo en Facebook es la democratización -o pseudodemocratización, tal vez- de las páginas sociales. Ese universo en el que la niña cumple 15 años, la señora se casa y, en resumen, no hay quien no esté feliz. Lo que hace Facebook es poner a disposición planetaria esa forma imbécil de entender el mundo.

¿Cuál es el impacto cultural de esa socialización, digamos, más o menos forzada que imponen esas redes?

Ahí está lo interesante. Al menos, para un escritor. ¿Qué tipo de lectores vamos a tener si la gente se lo pasa entre Facebook, Instagram, Twitter, algún videojuego y una que otra serie? En este sentido, la tecnología tiene un aspecto macabro, porque promueve la desaparición del "hombre interior". Quizás el gran cambio de nuestra época es la muerte del "hombre interior". Hoy nos queda sólo el culto a la apariencia. Todos tenemos vanidad, ambición y ganas de figurar y de ser reconocidos, pero nunca se habían creado las condiciones para que sólo nos dedicáramos a eso. Este proceso anula la capacidad de reflexión interna, es enemiga del silencio y de toda interiorización. Construye un hombre que sólo es reactivo a los estímulos que le genera la pantalla. Según cómo se mire, es una forma de control muy sofisticada.

¿Que su último libro, Cuaderno de Tokio, sea una suma de pensamientos y notas es una manera de responder a la desaparición del "hombre interior"?

No fue pensado así, para nada. Es un libro de apuntes, en el sentido de los notizen de Elias Canetti. Pasé seis meses en Tokio, y en todo ese tiempo no escribí ni una línea de ficción. Me limité a tomar apuntes en los momentos en los que me sentaba a la pequeña mesita que tenía de escritorio. Y de esos apuntes extraje los que consideré publicables. El libro incluye anécdotas, aforismos y reflexiones muy breves sobre el "ser interno" de uno mismo.

¿Qué fue lo que más lo sorprendió de Tokio?

Por fuera se parece a cualquier otra gran ciudad, pero lo que yo entendí es que Japón tiene un mundo interno, oculto, que nos resulta inaccesible. Y que la bomba atómica no pudo matar. Esa percepción fue la que me motivó a sentarme a tomar notas. La diferencia con nuestro mundo. Y el silencio. Una cultura silenciosa, donde hay mucha reserva a expresar las emociones. Y, al mismo tiempo, basada en la idea de la obediencia, que une a toda la sociedad.

Para un latinoamericano, suena a otro mundo.

De alguna manera, lo es. Esa obediencia conectada al sentido de la dignidad? Por eso el suicidio es aceptado y hasta bien visto, si es que se lleva a cabo por un motivo que afecta la dignidad. Cuando alguien hace o siente que debe hacer algo que va en contra de sí mismo, la salida digna y honorable es el suicidio. Hay una anécdota que expresa bien esa idea, que yo recupero en el libro. Cuando acaba la Segunda Guerra Mundial, el emperador aparece para hablar públicamente. Era la primera vez que les hablaba a sus compatriotas, hasta entonces la gente no lo había escuchado nunca. Y en ese discurso anuncia que Japón va a rendirse. El ministro de Defensa estaba en contra de la rendición, pero acepta el mandato del emperador. Esa misma noche, un grupo de golpistas va a la casa del ministro para convencerlo de quitar de en medio al emperador, pero él no los recibe. Y cuando se van, se suicida. ¿Se entiende? La vida de ese hombre se entendía porque el ejército, su ejército, no se rendía jamás. Así que, a partir de ese momento, ¿qué sentido tendría su vida? Algo de todo eso se puede ver en las cosas más pequeñas de la vida cotidiana japonesa. La sensación del respeto, y la relación entre el respeto, la obediencia y el sentido de la dignidad. Para nosotros es muy impresionante porque está claro que somos muy distintos.

¿Qué lugar ocupa el Cuaderno de Tokio dentro de su obra?

Es un libro lateral, pero la verdad es que yo tengo muchos cuadernos de ese tipo, sólo que por ahora no me atrevo a publicarlos. En este caso, me parecía que valía la pena porque lo sostiene una unidad temática. Son apuntes escritos bajo la influencia de Canetti, cuyos notizen no son aforismos puros a la manera de La Rochefoucauld, ni se apoyan en la enseñanza moral de La Bruyère. Trato de trabajar a mitad de camino entre Cioran, que se cuestiona a sí mismo, y Chamfort, que utilizaba pequeñas anécdotas para mostrar su época y su visión del ser humano. Todo a mi estatura, claro está, que no soy muy alto.

En el Cuaderno de Tokio, la diferencia que veía fue lo que lo motivó a escribir. En general, ¿de qué se alimenta su escritura?

Escribo a partir de una pulsión interna que de a poco se transforma en una obsesión. No me pesa tanto la búsqueda de un tema; es la pulsión interna la que trae la historia.

La rabia, tan presente en El asco y El sueño del retorno, entre otros libros suyos, ¿es parte importante de esa pulsión?

Sí, por supuesto. Sin la rabia, yo no sería nada. Es algo que viene de un estado de insatisfacción permanente relacionado con el mundo cotidiano, por supuesto, pero la razón más profunda no está ahí. Es producto de una sensación general de abandono, de incomprensión.

Como la suya es una escritura del desarraigo, quizás haya una interpretación psicológica posible para esa sensación de abandono.

Sí, claro, esa interpretación es válida. Yo viví una infancia entre dos familias, y el desarraigo lo llevo conmigo desde muy joven. Hay vasos comunicantes entre esas heridas y el malestar que produce la rabia, sí. La sensación de no pertenencia es concreta. Pero también hay, me parece, un grito más profundo, que a su manera se expresa en mis libros. Y es tan potente que me cuesta hablar de estos asuntos. Yo le tengo mucha desconfianza a indagar los procesos de creación.

¿Por qué?

Bueno, una de las cosas que ha perdido nuestra época, que fue muy importante en otros tiempos, es el respeto al misterio. Y cada vez se le va a prestar menos importancia a este tema, en la medida en que hay menos y menos interiorización. Una vez yo me puse a diseccionar cómo escribía cuentos y lo pagué de una manera muy cara, ya que pasaron muchos años hasta que pude volver a escribirlos. Yo necesito un misterio para poder escribir. Puedo conocer algo: mis pulsiones, por ejemplo, pero no me sirve indagar mucho. En el misterio no se hurga.

¿Por qué lo entrevistamos?

Porque es un escritor cuyas ficciones dibujan una mirada propia sobre América Latina y sus experiencias de violencia.

Biografía

Horacio Castellanos Moya nació en 1957 en Tegucigalpa, Honduras. Criado en El Salvador, vivió en Ciudad de México, donde ejerció el periodismo durante doce años. Hoy vive en Iowa. Es autor de diez novelas, entre ellas El asco, El arma en el hombre y La sirvienta y el luchador. Su libro más reciente es Cuaderno de Tokio.

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"Este es un cenicero que compré en la taberna U Fleku, de Praga, donde el poeta salvadoreño Roque Dalton escribió su estupendo y largo poema 'Taberna (conversatorio)'. Yo no fumo, pero muchas veces escribo a mano, y cada vez que saco punta a los lápices, lo hago sobre ese cenicero"

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