Reseña: Los invisibles, de Lucía Puenzo

Infancias robadas y a la intemperie
Laura Cardona
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28 de octubre de 2018  

Sobre la infancia se ha dicho, entre tantas definiciones, que es una invención cultural que llevamos arrastrando hace siglos o una pesadilla que la modernidad ha construido pacientemente. Construcción discursiva, zona donde conviven lo pesadillesco junto con lo edénico, la infancia no deja de ser –según esas versiones– una representación de los adultos que la convierten en objeto, y la literatura es un campo propicio para ensayar o afirmar saberes acerca de la vida infantil. Este es el mundo que busca retratar Los invisibles, la nueva narración de la escritora y cineasta Lucía Puenzo (Buenos Aires, 1976).

Una novela reciente y relevante al respecto es República luminosa (2017), en la que el español Andrés Barba juega con dos perspectivas: la infancia "conocida" (niños pobres o pudientes, reconocibles, y una infancia domesticada por efectos del discurso y las ideologías) y otra inquietante (que interpela por su falta de adecuación a cualquier referencia conocida). Esta última muestra una infancia siniestramente vulnerada, la de los niños que juegan y roban o matan en un universo que carece de fronteras precisas y cuyo lenguaje resulta inaccesible para los adultos. El efecto inmediato de esa perspectiva es el desasosiego.

Los invisibles es el nombre que tuvo el cortometraje que Puenzo dirigió en 2005, en el que desarrollaba una historia que le habían contado dos chicos de la calle, la misma que ahora traspuso en texto literario. Puenzo hizo el camino inverso a lo que usualmente ocurre, la adaptación o versión de una obra literaria al código audiovisual. La historia trata de tres chicos –Ajo (de seis años), su hermana "la Enana" e Ismael (estos dos adolescentes)– que trabajan para Guida, un guardia de seguridad que los entrena para robar casas de barrios cerrados o ricas en general. Cuanto más menuditos de cuerpo, mejor, porque uno de ellos debe ingresar por ventanas muy pequeñas. La orden es llevar objetos que las familias no llegan a registrar como faltantes o que, de notarlo, terminan en acusaciones domésticas sin generar denuncias policiales. Un día, por intermedio de Guida, los reclutan para ir a hacer lo mismo en la costa uruguaya, donde van a tener que poner en funcionamiento toda su astucia y capacidad de supervivencia para arreglárselas solos en un medio desconocido y peligroso.

El narrador de Los invisibles tiene una visión marcadamente amorosa y maternal de sus personajes, del más pequeño sobre todo. Su mirada los configura como víctimas de un sistema doblemente perverso: en él están los ricos y los pobres, pero también los adultos corruptos (civiles y policías) que los usan para enriquecerse y luego los descartan. Esa actitud compasiva provoca a veces ciertas inconsistencias en el narrador, que traiciona el punto de vista de los personajes, asignándoles ideas o referencias inverosímiles para sus mundos culturales.

Los tres protagonistas se encuentran a la intemperie; no hay hogar ni mayores que los protejan, y sus infancias robadas se oponen a la de los rubios hijos de la gente con dinero que viven en un planeta diferente. Esta condición justifica el título; así lo explica Puenzo en una entrevista de 2004, cuando estaba filmando el cortometraje: "Ellos sentían que eran los invisibles, fantasmas de unas casas que nunca iban a ver por dentro de otra manera que no fuera como lo estaban haciendo. Esos chicos son doblemente invisibles, en esas casas y en las calles".

El ritmo de la historia es intenso y el suspenso está bien administrado, aunque la dicotomía tan marcada entre oprimidos y opresores, pobres y ricos, adultos y niños le sustraiga vuelo literario y le imprima un efecto sensiblero que, contra todo, no termina de invalidar la novela.

Los invisibles

Por Lucía Puenzo

Tusquets200 páginas/ $ 399

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