Klíma, el hombre que amaba a las mujeres

A los 88 años, el escritor checo repasa en sus memorias fenómenos que vivió en carne propia, como el fascismo y el comunismo
Juan Pablo Bertazza
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18 de enero de 2020  

Ivan Klíma
Ivan Klíma Crédito: Sara Krulwich/The New York Times

PRAGA

Hay experiencias que pueden motivar toda una obra literaria, aun cuando esos libros no remitan directamente a ellas. Como una puerta por la que se filtra la inspiración o se condensa la profundidad necesaria para describir las más complejas emociones. Ese parece ser el caso de Ivan Klíma, tal vez el escritor checo más importante de la actualidad.

Nacido en Praga en 1931, su vida condensa la convulsionada historia del siglo XX: pasó parte de su infancia preso en el campo de concentración de Terezín y luego se unió al Partido Comunista en 1953, de donde fue expulsado en 1970. De hecho, cuando empezaba a abrirse paso en la literatura, el régimen comunista silenció durante dos décadas sus libros, que empezaron a circular en forma clandestina fuera de su país. Vivió un tiempo en Estados Unidos, donde trabajó como profesor; de regreso en República Checa realizó trabajos esporádicos como conductor de ambulancia o barrendero. Tanto en España como en América Latina, su novela más conocida es Amor y basura, en la que el protagonista decide trabajar limpiando las calles de Praga.

"Cada experiencia es útil para un escritor y esta lo fue para mí; pero debe ser durante un período breve, si tenés que trabajar por largo tiempo en una profesión completamente distinta de la de escritor, eso no ayuda para nada", dice Ivan Klíma a los 88 años de edad, en una entrevista concedida en su casa, en una zona residencial de Praga 4, rodeada de parques que son bosques y parecen selvas. Su biblioteca reúne casi toda la obra de Kafka, gran parte de la de Borges y diversos ejemplares de sus libros que fueron traducidos a varios idiomas.

Como sus críticos, él considera que Amor y basura es su mejor libro. Su traductora al español, Judit Romeu Labayen, explica que trabajar con esa obra le permitió aprender mucho sobre el comunismo en Europa, "una época oscura, represora y deprimente". Agrega Labayen que el estilo de Klíma es literario pero llano. "El gran reto de la traducción fue poder familiarizarme con algunas de las referencias históricas que yo desconocía". En otras palabras: la dificultad de la traducción no tenía que ver tanto con el lenguaje sino más bien con la relativa opacidad de esa época histórica. La traductora destaca el hecho de que, en el libro, la etapa comunista aparece mezclada con una historia de amor e infidelidad. "Esa mezcla de represión y pasión hace que sea una novela fascinante".

Una de las constantes en los libros de Klíma son las historias de amor entre hombres y mujeres que van desde parejas de muchos años hasta amantes que deben decidir entre patear el tablero o tratar de olvidarse y seguir como se pueda con su vida. Klíma lo explica diciendo que, como se casó recién a los 27 años, tuvo muchas oportunidades de conocer mujeres que siempre lo inspiraron.

El amor como una búsqueda existencial y trascendente, tal como aparece en una frase de Amor y basura: "Fuese cual fuese el rumbo que llevara nuestro proceder, en realidad siempre perseguía precisamente eso: la compañía de una persona que pudiese ser un compañero de viaje; en la base de todas nuestras esperanzas yace el anhelo de ese encuentro".

Aquel hecho fundante que parece haber desatado el interés literario de Klíma o, al menos, haberlo puesto en evidencia, es su experiencia como prisionero del campo de concentración de Terezín. Un lugar de exterminio que también solía ser utilizado por el nazismo como punto de traslado hacia Auschwitz: "Recuerdo que con mucha frecuencia les contaba a mis amigos en el campo de Terezín novelas que se me ocurrían mientras caminábamos por los pasillos. La necesidad de interpretar historias apareció desde muy temprano, cuando tenía diez u once años".

A esa edad, Klíma estuvo dos años preso hasta que logró escapar junto a su madre y su hermano. Dice que no escribió mucho sobre esa experiencia tan significativa porque prefirió reflexionar más sobre sus momentos de paz. Sin embargo, puede leerse algo de ese período en su novela El juez juzgado, protagonizada por Adam Kindl, un juez que en plena ocupación soviética debe pronunciarse en torno a un extraño asesinato que lo retrotrae a sus años en Terezín. En esa novela, otro de los grandes libros de Klíma también traducido al español, se narra ese gran despropósito que es la exposición constante de un niño en torno a la muerte.

A pesar de no haberla convertido tanto en literatura, Klíma vuelve una y otra vez en esta entrevista a esa época traumática en su vida en Terezín: "Cuando sos un niño estás en condiciones de aceptar semejante experiencia enloquecedora. En algún punto era bastante interesante estar mezclado con tanta gente en una habitación, sentir a veces hambre pero no demasiada y contar además con bastante tiempo libre ya que no se podía ir a la escuela. Nosotros estuvimos encerrados durante nueve meses y luego, a mediados de 1942, nos permitieron estar en la ciudad: podíamos correr, caminar y jugar en todo el gueto y eso era diversión suficiente para un chico tan pequeño. Así que, lo siento, pero no puedo decir que estaba desesperado, era bastante feliz, incluso en el campo".

Klíma insiste en que la guerra le cumplió el sueño que tienen casi todos los chicos de no tener que ir a la escuela y que cuando finalmente volvió tenía miedo de ser el centro de atención, aunque enseguida se dio cuenta de que no. Ahora que ya no es un niño, entiende que vivir hacinado junto a su familia era horrible pero, aun así, no tan terrible como la situación en que vivían, por ejemplo, algunos chicos que estaban completamente solos en el mundo. Él tenía ese extraño privilegio porque su padre era el encargado de mantener la electricidad en todo el gueto.

Klíma volvió muchas veces a Terezin, incluso estuvo el mes pasado con sus nietos, que le pidieron conocerlo. Sin embargo, aclara, no se conmovió tanto como se podría pensar. Quizás porque prefiere dejar en el pasado esa experiencia tan fuerte.

A propósito de editar la propia vida, se espera que se publique también en español su libro de memorias, que lleva el acertado nombre de 'Mi siglo loco'. Ojalá que sea pronto -reclama Judit Romeu Labayen- porque el lector encontrará en ese libro ni más ni menos que una breve historia de la Checoslovaquia del siglo XX y, en consecuencia, de la historia europea de ese siglo. Klíma conoció de primera mano los dos fenómenos históricos que marcaron el siglo XX europeo: el fascismo y el comunismo.

Cuando se lo consulta por sus influencias literarias, Klíma habla de su admirado Kafka, quien, según su opinión, con su impronta determinó la literatura del siglo XX. Pero también nombra a otros escritores checos como Hrabal, Hasek, Capek y su amigo Vaclav Havel, el primer presidente tras la revolución de terciopelo. Fuera de su país, menciona a Poe y Dickens. Recuerda haber leído alrededor de diez veces Los papeles póstumos del club Pickwick, uno de los pocos libros que tenía en el campo de concentración.

Klíma influyó a la generación actual de escritores checos, pero también fue muy importante en la carrera, por ejemplo, de Philip Roth, a quien solía alojar en Praga a principios de la década del 70. En su libro de entrevistas El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras, Roth establece una interesante comparación y dice que Klíma es la antítesis de Kundera. Es decir, si bien hay diferencias evidentes en sus orígenes, estilos y búsquedas, también es cierto que ambos coinciden en "su afinidad con lo eróticamente vulnerable, su lucha contra la desesperación política y sus continuas protestas ante los desechos sociales -sean estos basura o kitsch".

Hoy Klíma no parece estar de acuerdo con esa definición y expone que la gran diferencia que tiene con Kundera radica justamente en la relación que su literatura establece con el universo femenino: "Tuve una mejor relación con las mujeres que él. Yo amaba a las mujeres, él estaba lleno de problemas, conflictos y traumas con lo femenino. En sus libros nunca muestra demasiada admiración hacia esas mujeres y, por otro lado, ninguno de sus personajes femeninos son mujeres de las que alguien podría enamorarse".

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