La belleza irrefutable

Silvia Hopenhayn
Silvia Hopenhayn PARA LA NACION
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6 de mayo de 2016  • 00:47

Se presentó en la Feria del Libro "El león ya no quiere rugir", de Paulo Valente, hijo de Clarice Lispector

Dijo Oscar Wilde, "la vida imita al arte y no el arte a la vida". O sea, la vida en sí, puede ser muy pobre sin una pintura que la realce. Esto que parece abstracto, es sensiblemente concreto. Y el escritor paulistano, Ferréz, líder de la literatura marginal de las periferias de San pablo, lo demuestra nada menos que con un cuento infantil. Un cuento plagado de colores, que empieza en un fondo gris oscuro, lleno de sombras.

Se trata del libro Amanecer esmeralda, publicado en la colección Puentes de Papel de Corregidor con ilustraciones de Pupé. La historia es tan dura como renovadora. Autor de relatos que transcurren, muchos de ellos, en territorio favelado (como las de Nadie es inocente en San Pablo), algunos "rapeados" y minados de jergas, en esta oportunidad, Ferréz acudió a la literatura infantil para rescatar a una niña de la mugre y el mal trato.

En vez de ingresar en vapuleos discursivos, o considerar la victimización como condición necesaria del reclamo, Ferréz decide contar una historia del embellecimiento como batalla íntima. Ya no se trata de esperar que el rescate venga desde afuera. La infancia es la primera revolución. Y más que un ejemplo, digno de seguir, Ferréz lo plantea como un deseo: gustar, gustarse. La sorpresa de algo bello. La llegada del arte, ¡y que la vida se las arregle para imitarlo!

La niña se llama Mañana, y vive en una destartalada casita de madera con un padre golpeador y adicto a la bebida. Ella, afrodescendiente, se recluye en un rincón del aula del colegio de su barrio y un día su profesor, distinguiéndola de la clase, le permite descubrir un nuevo color que ella desconocía: el verde esmeralda. Sin entender lo que pasa, el hallazgo la deslumbra. A su vez, la señora que trabaja en el comedero de la escuela, separa en crenchas su pelo y la cubre de hermosas y apretadas trenzas. Así, Mañana (su nombre ya es promesa), regresa esa misma tarde a su casa y su padre casi no logra reconocerla. En vez de una niña enmarañada y sucia, llegaba una mujercita de color esmeralda envuelta en trenzas; toda una reina africana. Demudado, su casulla de madera le pareció una inmundicia frente a la nueva habitante, tan radiante y fresca. Debía hacer algo, y le dijo: "Sos muy linda como para estar en un lugar así". Enseguida fue a buscar pintura azul y cuando la madre llegó del trabajo, no sólo encontró irreconocible a su casa y a su hija, sino que su marido se había puesto la camisa que "no usaba desde que eran novios". Y sucedió el contagio, la vida comenzó a imitar al arte. Todos en el barrio compraron su lata de pintura, al menos para decorar una puerta -porque la belleza, así como la violencia, es irrefutable.

El dueño de la ferretería, feliz con tantas ventas, se comprometió a cementar las calles. Esa misma noche, la familia de Mañana festejó el gusto de gustarse. El televisor quedó apagado en un rincón, "mudo y sordo".

Las páginas del libro van incorporando colores nuevos a su tipografía como si también las letras requiriesen de una mano de pintura para graficar la felicidad.

El relato no pretende moraleja ni moralizar. Es un empuje a la belleza que sólo requiere de ganas y ojos atentos.

En la misma colección, otro libro infantil, cuyo autor vino a presentarlo a la Feria del Libro: El león ya no quiere rugir, de Paulo Valente con ilustraciones de Irene Singer. En esta historia también se destrona la violencia, o la dependencia feroz, aunque de manera bien distinta, puesto que trata de animales que de golpe pretenden vivir en democracia. El león está cansado de reinar. Ya no quiere rugir más, y le cede su lugar a los que puedan hacerse cargo de la selva. Casi de manera opuesta a Rebelión en la granja, de George Orwell, esta historia para niños replantea el salvajismo de los humanos en la paz del mundo animal. Inspirado en el Carnaval de los animales, de Camille Saint-Saens (1835-1921), también podríamos pensar que el autor recibió una influencia –ya más no sea de relatos susurrados en noches de tormento o sueño demorado- de su madre, tan llena de animales en sus estremecedores cuentos: Clarice Lispector.

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