¿La big data nos salvará del coronavirus?

Agustín Casalia
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25 de abril de 2020  

LAUSANNE, Suiza

Mi amiga farmacéutica me cuenta que desde que empezó la pandemia padece cotidianamente una serie de agresiones. No deja de sorprender, sobre todo tratándose de Suiza, donde un cierto statu quo social frena cualquier desborde. Algunos clientes se muestran disconformes y hasta agresivos al enterarse de que no hay más barbijos en stock. La mayoría compra remedios por demás y en general eligen los más caros, desoyendo los consejos de los empleados de la farmacia. Nunca su negocio facturó tanto, pero está lejos de alegrarse por eso. La cloroquina y el antibiótico asociado a ella se acabaron en toda la región en unos días, apenas trascendieron sus cualidades terapéuticas. Abatida, me contó lo mucho que se alarmó cuando advirtió que eran los mismos médicos que se recetaban grandes cantidades para atesorar, hasta que llegó la orden del cantón de no vender más. ¡Sálvese quien pueda!

Todos estos son comportamientos cuyo eje es el miedo, que tiene dos elementos esenciales. En primer lugar, su objeto es siempre algo determinado: miedo a contraer el virus, a que no haya suficientes respiradores, a la revuelta social, a no poder hacer frente a los gastos familiares, a quedarse sin comida, sin alcohol en gel... o al colapso generalizado. Donde hay miedo, una representación subjetiva fija un objeto determinado. En segundo lugar, impele a la acción: huir, neutralizar, superar, vencer (o a esa otra forma de la acción que es la parálisis). En ningún caso, ni siquiera cuando se trata de sobrevivir, el miedo o el pánico resultan buenos consejeros. Cuando el peligro acecha, la reacción alocada o el bloqueo no son respuestas adecuadas. El miedo desencadena una especie de exageración de la subjetividad. Es caos, huracán, conmoción.

Pero el miedo es más que un sentimiento. Supone la tentativa de escaparle a la tarea de existir, a esa confrontación necesaria de toda existencia consigo misma. No es la única expresión de este rechazo, pero constituye sin dudas un aspecto fundamental del mismo.

La angustia, en cambio, expone el puro y simple extrañamiento propio de toda existencia. Manifiesta calladamente el carácter insondable del mundo. Su ámbito es lo indeterminado y no es un sentimiento sino un desafío, una prueba, una experiencia. Si el miedo es siempre miedo de algo, la angustia no tiene objeto: remite siempre a un no algo, a la nada. En la angustia no se nos pide hacer nada. En ella no nos representamos nada, o mejor dicho, asumimos la nada que nos rodea. Nos confronta con nuestra propia condición de mortales.

Al contrario del miedo, que es torbellino, la angustia nos sitúa en la calma del ojo del huracán. Allí, en la serenidad de la inacción, más allá de toda subjetividad, puede quizá surgir... la alegría: gracias a la angustia las cosas brillan de otra manera, gratuitamente, con un esplendor original, fuera de la confusión y el ruido propios del pánico.

El miedo nos reduce a la operatividad cotidiana, allí donde nos sentimos dominadores, expertos en el circuito de medios y fines. Allí donde no tenemos que enfrentar la propia vulnerabilidad, la angustia, la paradoja y la negatividad como condiciones de toda existencia singular. El miedo mantiene la ilusión de que somos nosotros quienes dirigimos, que todo depende del sujeto, capaz de controlarlo todo. La angustia en cambio nos libera de esta ilusión.

En estos tiempos de pandemia, una de las formas del miedo quiere tomar las riendas: el imperio de la técnica moderna. Los países asiáticos que parecen ir ganando la batalla contra el virus empiezan a exportar a Occidente sus métodos digitalizados. En algún momento hubiéramos podido imaginar que el extrañamiento que comparte por estos días el planeta en su conjunto podía traducirse en una reconsideración de nuestra relación con todo aquello que implica a la Tierra. Ojalá fuera así, pero hay indicadores que sugieren lo contrario y ponen de manifiesto que la solución se buscaría en la técnica moderna: vigilancia digital y virtualización generalizada, big data, expertos en macro datos y una armada de trackers, la informática y su irrestricto intercambio de información cuyo modelo de aplicación son los países asiáticos, la inteligencia artificial y la robótica. En una palabra: la big data nos salvará del virus. Así se instala la idea de que el ser humano, gracias a su poder infinito, volverá a vencer "lo real" (nada menos digital que ese "enemigo" que es el virus). Podremos entonces volver a nuestra familiaridad, que nos enferma de rendimiento y se lleva puesto el planeta en favor de la eficacia, transformándolo todo en disponible. Y aquí no ha pasado nada.

Es que el control, el cálculo y la provocación, que caracterizan a la técnica moderna y constituyen la especificidad del miedo, determinan la imposibilidad de hacer la experiencia de la angustia: de lo vulnerables que somos, por suerte, todavía.

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