
La gira del arco iris
Con la misión de recomponer la imagen del peronismo en el exterior, durante los tres meses que duró su tour europeo Evita mantuvo misteriosas reuniones, fue brillante y ridícula, y encendió pasiones públicas y privadas. En La enviada (Planeta), Jorge Camarasa narra los entretelones de un viaje histórico
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LA gente había empezado a llegar [al aeropuerto de Barajas] después del mediodía, y a media tarde ya había trescientas mil personas semidesmayadas y agobiadas por el calor, atendidas por puestos móviles de la asistencia pública.
Los edificios estaban engalanados con banderas argentinas y españolas; alfombras y tapices colgaban de las ventanas, y decenas de miles de flores hacían irrespirable el ambiente. De una fila interminable de ómnibus descendían las muchachas de la Sección Femenina de la Falange, vestidas con trajes típicos regionales, a tomar posición para las danzas que bailarían en las terrazas.
Madrid, como contrapartida, estaba desierta. Desde el día anterior los diarios españoles habían publicado proclamas invitando a ir a Barajas, y anticipando para el lunes una suerte de asueto general. [...] Eva le contaría meses después a su peluquero Julio Alcaraz:
-Cuando Franco se me vino a los pies, yo pensé que era idéntico a Caturla, el que vendía pollos en Junín. Era petiso, barrigón, con pinta de almacenero, y llevaba una banda que se le apoyaba en la panza. Hasta la mujer y la hija se parecían a la mujer y la hija de Caturla ¡Y con todo lo que Perón me había hablado de él...!
[...] Franco, en uniforme de gala, besó con torpeza de soldado la mano de la visitante. Su esposa, Carmen Polo, lucía un aparatoso sombrero adornado de plumas que acababa de afearla, y Carmencita, la hija, miraba con curiosidad a aquella mujer rubia de la que pronto oiría decir que era el mismísimo demonio.
Eva, que no era alta, miraba a ese hombre desde arriba y no lograba entender la admiración que Perón sentía por él. Franco era el general más joven de España (tenía 54 años); ocho años antes había sido el vencedor en la guerra civil, y el primero en combinar tácticamente la infantería con la caballería blindada en las batallas del Ebro y de Guadalajara.
La multitud, contenida a duras penas por la Guardia Civil, coreaba desafinada: "¡Franco, Perón/ un solo corazón!".
* * *
[...] Después de la ceremonia y de un almuerzo en el Palacio, Eva y su anfitriona salieron a recorrer Madrid. Aunque la visita preveía un paseo por la ciudad histórica de los Austrias y los Borbones, Eva quiso ver hospitales públicos y barrios obreros, y el cambio de planes provocó el primer chispazo. Lo que doña Carmen no estaba dispuesta a explicar era que no quería ir a lugares donde podrían abuchearla, tirarle naranjas o algo peor.
Eva, sensible y perspicaz, comprendió la situación sin necesidad de explicaciones, y al principio no dijo nada. Tiempo después, de regreso en Buenos Aires, contaría:
-A la mujer de Franco no le gustaban los obreros, y cada vez que podía los tildaba de "rojos" porque habían participado en la guerra civil. Yo me aguanté un par de veces hasta que no pude más, y le dije que su marido no era un gobernante por los votos del pueblo sino por imposición de una victoria. A la gorda no le gustó nada.
El de aquella tarde fue el primer round de una pelea que iba a prolongarse durante toda la estada de Eva en España.
Madrinazgo
Enrique Pavón Pereyra había llegado a Madrid el 14 de febrero de 1947. Era entonces un joven hispanista ocupado en estudiar documentos sobre la Guerra Civil Española, y había viajado en barco desde Buenos Aires hasta Barcelona. El trayecto, y luego el camino hacia la capital, lo había hecho con el socialista Ramón Vera, que iba a incorporarse a la embajada argentina como agregado obrero.
Cuando llegaron a Madrid, Vera y Pavón Pereyra se alojaron en un hotel de la Gran Vía y Mesonero Romanos, y fueron después a la embajada, donde el socialista debía presentarse. En la delegación fueron recibidos por el doctor Radío y por el primer agregado, Mario Casal, cuya esposa estaba embarazada.
[...] Mario Casal había sido uno de los asistentes de Hernán Benítez (el confesor de Eva) desde que el jesuita había aparecido en España, y se había establecido entre ellos una relación de amistad. Benítez, conmovido por la amabilidad de la joven familia, se había comprometido a interceder para conseguirle un ascenso, y la oportunidad llegó tres días después del arribo de Eva, de la mano de uno de sus caprichos.
Desde que se había transformado en primera dama, Eva Perón tenía una idea fija: ser madrina de bautismo de cuantos chicos pudiera, siempre y cuando fueran varones. No hay cómputos finales sobre sus madrinazgos, pero como prueba abundan las fotografías con bebés en brazos ante pilas bautismales.
Cuando llegó a España no vio razón para no darse otra vez el gusto, y una de las primeras cosas que le pidió a su confesor fue salir de madrina de algún bebé nacido en Madrid. Benítez, que se había imaginado el reclamo, había decidido no molestar con eso a las autoridades franquistas y había llegado a un arreglo con Casal: demorar el bautismo de su hijo, y hacer que Eva fuera la madrina.
Pero había un problema: la esposa de Casal no había dado a luz un varón, sino una nena.
-No importa -dijo Benítez-. Evita no tiene por qué enterarse.
En la mañana del 11 de junio de 1947, durante un intervalo de sus actividades oficiales, Eva Perón llegó a la iglesia de San José, en la calle de Alcalá, acompañada por Carmen Polo y unos pocos miembros de su comitiva. Mario Casal y su esposa, con Benítez, esperaban en el atrio junto al sacerdote que daría el bautismo. Eva avanzó por la nave central, tomó al bebé en brazos, esperó que el cura hiciera su trabajo con agua bendita, y en pocos minutos salió satisfecha de haber sido otra vez madrina.
Pavón Pereyra, que estaba en un banco de la primera fila, la oyó decir: -¡Qué lindo es! Parece una nena...
La reina del trigo
Con un pie en el avión que la sacaría de España, para Eva y Franco era hora de balances.
Desde el punto de vista de Eva (o, más propiamente, de Perón), la visita a tierra española había sido un comienzo promisorio para la gira. La apuesta del peronismo a un reconocimiento internacional que lo sacara de la cuarentena había empezado bien, y terminaría mejor en la medida en que a España la siguieran otros países mejor vistos políticamente.
La Argentina se alineaba en un bloque inequívocamente anticomunista y cristiano, y Perón sentaba las bases externas de lo que llamaba la "tercera posición". España, en definitiva, había sido un buen comienzo, y Eva -que había logrado una adhesión mayor que la que tenía entonces en su propio país, que había lucido joyas y vestidos de película, que había recibido honores y condecoraciones con las que jamás había soñado, y que se había sentido tratada como una reina- ignoraba que de allí en adelante ya nada sería igual.
Desde el punto de vista español, la visita había significado un agradecimiento tardío a lo que el peronismo ya había hecho por Franco, y uno anticipado a lo que haría en los meses siguientes. España necesitaba de la Argentina como ninguno de los países europeos, y Buenos Aires había tendido una mano no del todo desinteresada.
Cuando Eva había llegado a Madrid, a mediados de 1947, los españoles tenían derecho a una ración diaria de pan de entre ciento y ciento cincuenta gramos. Seis meses más tarde, con Eva de regreso en su país, esa cuota diaria se había incrementado al doble y el peronismo se había convertido en el primer copartícipe comercial de España, vendiéndole insumos por casi cuatrocientos millones de pesetas de oro al año.
[...] ¿Cuánto se había gastado España en el homenaje? Aunque en la prensa española la cuestión de los costos no se mencionaba, informes de la prensa extranjera los estimaban en alrededor de cuatro millones de dólares.
Para el franquismo había sido una inversión dolorosa, y los hombres que mandaban en España no dudaron en hacerla contra viento y marea. El vendaval mayor quizás no estaba en el costo económico sino en el riesgo social que significaba esa mujer agitadora e irreverente, y los jefes franquistas tuvieron que apretar los dientes para soportar sus desplantes.
Deseo y decepción
La entrevista en la biblioteca de Pío XII, donde se habló de tantas cosas, terminó a las 10.35 del viernes 26 de junio. Aunque impresionada, no podría decirse que al salir Eva estuviese eufórica: el Papa no sólo no le había dado el marquesado ni la Rosa de Oro, sino que la había conformado con un modesto rosario sacado de un cajón del escritorio, y le había pedido que la Argentina refugiara criminales de guerra.
Eva había accedido pero la molestia iba más allá, y había llegado la hora de la venganza.
En el penúltimo día en España, mientras estaba en Barcelona, había leído en el Giornale d´Italia que era seguro que el Papa le daría la Rosa de Oro, y la Gran Cruz de San Gregorio el Grande para Perón. Desconfiada por principio, Eva [...] había convocado a [Alberto] Dodero a su cuarto del Palacio Pedralbes para trazar una estrategia.
-A mí -le dijo- el Papa no me va a joder.
Y le contó su plan. En síntesis, tal plan consistía en invertir las dos veces milenarias reglas vaticanas y ofrecer la donación después de recibir el regalo... y sólo en función de la importancia que éste tuviera.
-Hacemos una cosa, Dodero -le explicó-. Cuando yo salgo de la entrevista, usted me pregunta cómo me fue. Si yo le digo "muy bien", es que el Papa me hizo marquesa y usted pone ciento cincuenta mil pesos. Si yo le digo "bien", me dio la Rosa de Oro y usted deposita cien mil. Pero si yo le digo "regular", es que no me dio nada y usted deja lo mínimo posible. ¿Entendió?
Cuando Dodero preguntó cómo le había ido, Eva hizo un gesto de fastidio y siguió caminando. Una nube de sotanas negras y púrpuras la rodeaba, y aunque no tenía nada de ganas la esperaba una visita guiada al mayor templo de la cristiandad.
[...] La visita terminó en la basílica de San Pedro, donde a sugerencia del padre Benítez se hincó sucesivamente en la capilla de la Eucaristía, en el altar de la Santa Visión y en el altar central, situado bajo el fantástico palio de bronce de Bernini.
El último acto en el Vaticano fue una ceremonia oficiada por el padre Perantoni, general de la Orden de San Francisco, que le otorgó el título de hermana terciaria franciscana en la Casa Central de la congregación. Cinco años y un mes más tarde, al morir, su cadáver fue vestido con la túnica franciscana y los símbolos correspondientes, a los que tenía derecho.
El punto más alto de la gira había terminado, y Eva, excepto por algunos detalles, había alcanzado a tocar el cielo con las manos.
Con Onassis
La versión del encuentro amoroso en Mónaco entre Aristóteles Onassis y Eva Perón tiene una única fuente, varios difusores y un puñado de vehementes desmentidores. La fuente es el propio Onassis; quienes difundieron el rumor fueron sus biógrafos, y quienes lo desmintieron fueron los biógrafos de Eva.
Según le contó Onassis al periodista Peter Evans -al que había contratado para que le escribiera la historia de su vida-, él y su esposa, Tina, estaban en Montecarlo cuando Eva llegó a la Costa Azul con sus acompañantes. El encuentro habría sido fortuito, una noche, en los salones del Hotel de París, y al armador griego se le habría ocurrido en ese momento incluir a la esposa de Perón en su inagotable colección de mujeres.
Dice Evans: "Ari le confesó a Dodero su interés por encontrarse con Eva en circunstancias menos formales. Fue una conversación entre viejos amigos, entre hombres de mundo. Ya que gozaba aún de la simpatía del presidente Perón y que acompañaba a Eva en un viaje a la vez oficial y de placer por Europa, don Alberto le explicó a Ari que se podía arreglar".
Lo que sigue es confuso: según Evans, el encuentro se produjo en una mansión de Dodero en Santa Margarita, pero es posible que el lugar se confunda con la villa Poggio Fiorito que el argentino tenía en Rapallo y que la comitiva ya había abandonado. Según otros biógrafos del griego, la cita fue en una suite del propio Hotel de París, y aun otros aseguran que se realizó a bordo de un barco amarrado en el puerto.
En lo que todos parecen de acuerdo es en lo que pasó cuando estuvieron juntos. Eva le habría dicho a Onassis una frase de radioteatro: "No te gusta perder el tiempo, ¿verdad?", y después de hacer el amor le habría cocinado huevos revueltos (algunos dicen que una omelette ), que a Ari no lo emocionaron demasiado.
-Fueron los huevos revueltos más caros que comí en mi vida, y los había probado mejores -le confesaría después a su amigo John Meyer.
Las manos de un pianista
Peter Kreuder era un pianista y director de orquesta de cierto renombre, moderno y revolucionario en sus ideas musicales, y autor de algunos éxitos como Good bye, Johnny . Raúl Bopp, el cónsul brasileño en Berna, lo había recomendado a Llambí para que tocara en alguna fiesta a la que asistiera Eva, y el embajador argentino decidió invitarlo a la recepción que se ofrecería en la Embajada.
Kreuder, un profesional, cuando recibió la invitación preguntó cuáles serían sus honorarios, y el enviado de Llambí se vio en aprietos para explicar la obra en favor de los pobres que hacía la esposa de Perón. Después de conversar un rato, representante de Kreuder incluido, el músico encontró una solución elegante que ponía contra las cuerdas a los argentinos:
-Muy bien -dijo-. Yo cobro mis honorarios y luego los dono a una obra de caridad.
En sus memorias, tituladas Sólo las muñecas no lloran , Peter Kreuder recordaría en detalle aquella recepción en la embajada de Berna: "Eva se acercó al final. Llevaba puesto un vestido de seda dorada que le llegaba al piso, y no usaba bijouterie . Llevaba una trenza que le había hecho el coiffeur Bernz. Tenía una cara clásica, bella, muy oval. Me agradeció en español y me preguntó en inglés si yo hablaba francés. Le dije que la música era el idioma universal".
Cuenta que Eva lo miró intensamente y que "mi corazón capituló. El streap tease más refinado puede dejarme frío, pero esa mirada me levantó. Me sentí atrapado en los ojos de Evita". Y sigue relatando: "Estábamos solos ella y yo. Se sentó a mi lado en el taburete y me cantó con una voz aguda una antigua canción popular argentina. Se me venía más y más cerca con su boca, hasta que me besó y me acarició el pelo. Entonces yo pensé: "¡Qué señora de un presidente...! Se trata sólo de una mujer". Yo quería tomar su cara y besarla, y ella me dijo: "Esto no posible, ¿verdad?". Sonó tan espantoso que me estropeó todo el romanticismo y tuve que reírme".
Eva, escribió Kreuder, le agarró la mano, la acercó a su cuerpo ceñido por el vestido de seda, y le dijo: "Nos vamos ahora y después tendremos mucho tiempo". El contestó que sí, y volvieron al salón donde estaba el resto de la gente.
Al día siguiente, "Eva invitó amigos al Baur-au-Lac, un hotel de ZŸrich, donde se sirvió asado y, de postre, música. Por la tarde se despediría de sus amigos, y por la noche de mí. Fue una despedida agridulce y sin fin que duró hasta la mañana. Yo sabía que nunca la podría poseer, porque ella se regalaba a muchos hombres pero no era de ninguno, ni de Perón".
Las memorias de Kreuder abundan en descripciones y se detienen en lo que él llama "un cuerpo de niña, un cuerpo que uno no sabe si tiene que pedirlo o amarlo hasta el fin. Un cuerpo que parece sumergido en oro claro, piel brillante y un cabello rubio y liviano".
Cuatro años después de aquel encuentro en Suiza, Peter Kreuder viajó a la Argentina con gastos pagos por Presidencia de la Nación. En Buenos Aires fue designado por decreto director de la Orquesta Filarmónica Nacional, condecorado con la medalla a la Lealtad Justicialista, y ofreció conciertos de música clásica y nacional.
Vivió en Acasusso hasta 1954 y sobre su permanencia en el país escribió: "Había algo que me ataba a la Argentina: esa atadura era Evita Perón. Ella era una vida natural y elemental como el fuego, como el aire, el agua y la tierra. Ella amaba naturalmente, como respiraba".
[...] Pero para cuando la etapa suiza de este affaire terminó, la esposa de Perón ya había entrado en el curso más misterioso de su viaje.
Corazones
OCURRIO al mediodía del lunes, cuando [Eva] acompañada por miembros de su comitiva visitaba la Capilla de los Reyes, y se detuvo ante los sepulcros tallados en mármol de Carrara que representaban los cuerpos de Isabel y Fernando en su lecho de muerte.
Allí advirtió que la cabeza de la reina estaba notablemente más hundida en la almohada que la del rey, y el detalle -un capricho inescrutable del escultor italiano Domenico Francelli, discípulo de Miguel Angel- le fue explicado con la misma humorada que se utiliza hasta hoy: "Es que la reina era más inteligente que su esposo. Tenía mejores ideas y por eso su cabeza pesaba más".
Eva escuchó la explicación en silencio, se quedó un momento pensando, y cuando todos esperaban que sonriera cómplice y festejara el chiste, dijo de lo más seria:
-Ah, sí. En todos lados pasa lo mismo.
La última vuelta de tuerca al asunto fue un comentario que les hizo a los periodistas españoles al salir de la catedral. Cuando le preguntaron qué reflexión le merecía el hecho de que la almohada de Isabel estuviera más hundida que la de Fernando, Eva dijo:
-Que si las almohadas me las pusieran a mí debajo del corazón estarían más aplastadas que las del general Perón.
Esta frase -una metáfora recurrente en todo el discurso de Eva- la mostraba directa y sin pelos en la lengua, y ése iba a ser uno de los aspectos de su personalidad que sedujera a los españoles.





