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Coronavirus

La intimidad. Luces y sombras de una vivencia inigualable

Santiago Kovadloff
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25 de abril de 2020  

La peste ha desfigurado, con su acoso inclemente y planetario, infinidad de aspectos de nuestra vida que parecían llamados a perdurar. Entre ellos, la relación íntima de cada cual con su cuerpo. Por eso y profundamente, en tiempos de pandemia como estos se alteran no solo nuestras relaciones sociales sino también el trato íntimo con nuestro propio cuerpo. Asediado por la peste, acechado por el contagio, el cuerpo pierde las habituales características que lo convertían en algo familiar. Al verse usurpado, en la percepción y en los hechos, por el riesgo, el temor y la desconfianza, se vuelve impersonal, incierto, amenazante. Y aun siniestro, en aquel sentido que Sigmund Freud atribuye al término al concebirlo como angustiante conjunción entre lo reconocible y lo extraño. El posesivo usual -mi- ya no se aplica con naturalidad al cuerpo. Él ha ganado, por obra del miedo, otra realidad que la que le atribuíamos al llamarlo nuestro. Ahora es poco menos que tierra de nadie. Allí se despliega la batalla entre salud y enfermedad. Y en días como estos, el desenlace es todavía incierto. Seguramente la especie sobrevivirá a esta catástrofe. Nosotros, en cambio, cada uno de nosotros, no lo sabemos.

La pandemia no solo ha convertido en imprudente, cuando no en riesgosa, la cercanía con otros cuerpos. Al despertar ahora cada mañana, sentimos que el día que ella nos trae puede ser el fatídico y que en él se manifiesten los síntomas más temidos. Solo nos distendemos, al menos en parte, al volver por la noche a acostarnos. Como si en ella el peligro fuese menor o nuestra salud más robusta.

No es necesario ser hipocondríaco para advertir que lo que a tantos les ha sucedido ya también a nosotros nos puede pasar. Aun cuando no haya síntomas, aun cuando ningún indicio lo delate, nuestro cuerpo podría estar incubando lo más temido.

A diario crece el número mundial de contagiados. A diario, el número de muertos. La peste es sigilosa, secreta en su acechanza. Basta sentirnos rozados por su sombra para que la intimidad con nuestro cuerpo estalle en pedazos. Esa proximidad nos altera como un espejo deformante. Al mirarnos en él, no podemos reconocernos. Se ha roto con nuestro cuerpo la identificación usual. ¿A quién refleja el cristal que no nos reproduce tal como creemos ser? Hasta ayer, lo sabíamos. Hoy ya no. El intruso que rondaba nuestra casa bien puede haberse adueñado de ella. A ese cuerpo al que me resisto a dejar de llamar mío, la extrañeza empieza a arrebatármelo. Así, lo más íntimo deja de serlo. ¿Qué leyes son las que ahora lo gobiernan? ¿Cuándo, cómo darán a conocer ellas el veredicto de mi desalojo?

Abrumados por la duda, no renunciamos al cuidado del cuerpo. Pero ya no hay garantías de que él nos responderá con igual solidaridad.

Esta atención obsesiva sobre nosotros mismos excede todo interés sensato por nuestras personas. Si aún no estamos en manos del virus, es innegable que ya estamos emocionalmente alterados por su irrupción.

Vivenciado como algo que ya no es estrictamente nuestro en términos de intimidad, progresivamente incierto y en esa medida más y más ajeno, el cuerpo y nuestra conciencia se disocian. En una confiamos. En el otro, ya no.

Abusivamente asociada como suele estar a la privacidad, a lo que carece de difusión y se cumple entre cuatro paredes, no queda más remedio, si se entiende la intimidad de ese modo, que caer en la presunción de que entre ella y lo público no hay consonancia posible. Sin embargo, no siempre es así. Muchas veces, la privacidad no es tal. Su apariencia enmascara un buen negocio y muy poco más. Es el ganapán de aquellos que saben especular con la presunta intimidad de quienes despiertan avidez de novedades sobre su vida sentimental o las alturas logradas por su roce social.

No obstante, no conviene que sea indiscriminada e intransigente la convicción de que lo íntimo pierde autenticidad al hacerse público. Convirtiéndola en imagen o metáfora, el arte teatral, el pictórico, el literario fueron los primeros en llevar la intimidad a la expresión y a su publicidad. Lo prueban la pintura flamenca del siglo XVII o la poesía dos veces milenaria de un Catulo, que tal vez fue el primero en revelar el estatuto lírico de la vida personal. ¿Y qué decir de El rey Lear, de Macbeth o de Hamlet?

El aliento decisivo de la creación proviene del peso ganado, en la singularidad de un espíritu, por la fuerza motivadora de un hecho, de un sueño, de una idea o de una forma. Y no siempre esa raíz es discernible para quien logra convertirse en un creador. ¿Cómo olvidar la perplejidad de Max Planck por haber sido él y no otro quien formulara la teoría cuántica? "¿Por qué yo?", se preguntaba el físico sin poder develar en él el secreto que guardaba, con celosa reserva, lo más íntimo de su genio.

La intimidad. Luces y sombras de una intimidad inigualable.
La intimidad. Luces y sombras de una intimidad inigualable.

La intimidad puede o no ser compartida. No pocas veces basta con estar a solas para que ella sobrevenga. Íntimo, en tal caso, puede ser un acto de lectura en una plaza, impermeable al bullicio infantil o al eco del tránsito cercano.

Donde hay introspección abunda la intimidad. Ella siempre tiene que ver con el destino personal que en términos de reflexión alcanza una experiencia. Y no necesariamente con el hecho de no encontrarnos expuestos a la consideración de los demás. Íntimo no es lo que excluye a otros sino lo que me transfigura.

Si es cierto que mi vida pública es intensa y frecuente, no menos lo es el hecho de que lo que en ella trato proviene de buenas horas de indispensable soledad e introspección. Sin ese repliegue extenso y habitual, me desconozco.

Son pocas, en el trato con otros, las formas cabales que revelan intimidad. Por más ponderable que resulte, no lo es, obviamente, la amabilidad. Tampoco la atención esmerada que podemos dar o recibir de alguien. La amistad, en cambio, no puede sino ser una experiencia íntima. De lo contrario, esa cercanía privilegiada se diluye en la cortesía. La amistad que une a dos seres pone de manifiesto una notable afinidad. No la afecta el desinterés ni la vulnera el desacuerdo. La idealización nunca le da sustento ni tampoco la obsecuencia. Solo el amor la vertebra. "Mitad del alma mía", llamó Horacio al gran Virgilio.

Quien está con un amigo no tarda en advertir que se encuentra en compañía de lo mejor de sí mismo. En esa afinidad inconfundible radica la fortaleza de ese encuentro excepcional. Amistad e intimidad son mucho más que dos términos que riman. Son, ante todo, sinónimos.

Algo esencial en juego

Al dar una charla a gente bien dispuesta, dictar una clase ante alumnos interesados o al escuchar a una persona admirada cuya palabra obra como un puente tendido desde él hacia lo que me importa, palpita inconfundible en lo que vivo la emoción de la intimidad. Ella no requiere fronteras contextuales para manifestarse. Se da a conocer en lo que nos ocurre al sentir que allí algo esencial de nosotros está en juego en términos de autocomprensión.

Hay, por cierto, quienes no toleran el trato íntimo consigo mismos ni con los demás. Y, para resguardarse de él, demandan distracción perpetua. Una de ellas puede ser la pornografía.

Nadie sensato lo ignora: la pornografía desconoce la intimidad. Pero no porque divulga lo que debería permanecer en reserva sino porque reduce, en lo que exhibe, el encuentro entre personas al contacto entre órganos genitales. Sin emocionada intimidad entre quienes se relacionan sexualmente, no hay erotismo en juego por más que abunden los gemidos. Si el afecto más hondo no entra en juego habrá dos cuerpos presentes y una ausencia compartida.

Me parece imprudente, por lo demás, asegurar que la nuestra es una época reacia a la intimidad y que todo lo colectiviza sin medida, imponiendo rasgos universales a lo que no los tiene. Hay, sí, una fuerte propensión a generalizar y a tomar la parte por el todo. Recuerdo que cuando le preguntaron a Jorge Luis Borges qué opinión le merecía el pueblo alemán contestó que no conocía a todos sus integrantes. Pero la ligereza no es un rasgo exclusivo de este tiempo.

Me cautivan los rostros que sugieren intimidad; esa sensibilidad extrema que anticipa en una mirada, una sonrisa o la voz un mundo de sentimientos y percepciones abierto a los matices, habituado a ponderar ideas y emociones que piden y brindan larga convivencia.

Lo privado, se sabe, puede no ser íntimo aun cuando no esté publicitado. La intimidad, en cambio, puede resultar socialmente evidente sin perder por eso nada de su encanto ni menos aún la intensidad que le es propia.

Convertido en expresión, el don de intimidad puede llegar a despertar emoción en multitudes. Un orador bien dotado, una cantante talentosa, un actor, una docente, un buen divulgador de maravillas científicas saben convertir su mensaje en transmisión. Esa honda intimidad que emiten quienes de veras son elocuentes opera como un faro magnético hacia el que convergen lo íntimo y lo público en forma simultánea.

La publicidad, a su turno, procede haciendo suya la lógica totalitaria. Claudio Magris lo supo ver. Como no puede abarcar las complejidades del universo subjetivo, se afana por reducirlas a sus variables más convencionales. Con ellas produce las herramientas con que imponer los imperativos del consumo o de la sumisión a los que ella misma se debe. Inventa, en suma, intimidad donde no la hay. Nombres como los de Voltaire o Montaigne entran a circular donde solo se los reconoce como emblemas de mercancías. El verano pasado, cruzando el Río de la Plata, leí en una pantalla esta espléndida sentencia de Paul Klee aplicada a una promoción de telas y cortinas: "El arte hace visible lo invisible". Por supuesto, en esa promoción el nombre del pintor no figuraba.

Hay personas a las que se frecuenta toda la vida y con las que no se alcanza ninguna intimidad, aunque en el trato con ellas entren en juego temas muy personales. Otras, en cambio, con las que basta el resplandor de un instante para lograr una comunión excepcional.

Aguardando un vuelo a Roma, a fines del año 2009, se me acercó a paso firme una mujer que yo no conocía. Se detuvo ante mí, clavó sus ojos vivos en los míos y con una sonrisa apenas insinuada fue apagando mi extrañeza. De inmediato y con voz templada, sensible a la cadencia de cada línea y a las pausas entre una estrofa y otra, recitó íntegro y de memoria uno de mis poemas. Luego, su mano buscó la mía mientras ella recogía la emocionada gratitud de mi silencio. Después se apartó y se perdió entre la gente.

¿Qué decir de ese instante? ¿Cómo nombrarlo sino con la palabra intimidad? También hay fronteras para el deseo que se empecina en alcanzar con las palabras aquello que las excede y que, sin embargo, nos estremece con hondura inusual. Cuando no se puede llegar más lejos es cuando mejor se comprende lo lejos que se ha llegado.

Me intrigaba, siendo niño, que las mujeres al reunirse como lo hacían mi madre con sus hermanas semanalmente, pusieran en juego al conversar sus emociones más personales. Los hombres, en cambio, a los que yo veía con mi padre en esas mismas reuniones familiares, rehuían toda intimidad y se concentraban al hablar en temas políticos o laborales no menos espontáneos si se quiere, pero sin ninguna referencia personal a la que se pudiera considerar íntima. Los años, las lecturas y los cambios sociales fueron despejando mis incógnitas y modificando muchas circunstancias. Pero aun así algo hay de esa diferencia que subsiste a favor de las mujeres cuando de exponerse se trata. Y esa diferencia insiste en hacerse oír.

Los secretos de una ciudad

Hace muchos años, me acerqué en Jerusalén a un hombre llamado Viñas. Así lo designo porque él mismo soslayaba al presentarse su nombre de pila. Viñas había entablado con la Ciudad Vieja el trato más íntimo y singular que yo nunca imaginé. Residía allí desde joven. Era argentino y, en tres décadas, había logrado una cercanía única con ella. Lo que valoraba en Jerusalén, más allá de lo usual, fue para mí tan cautivante como infrecuente. Y al revelármelo, potenció el hechizo habitual que esa ciudad remota y sin tiempo a la vez ejerce sobre cualquiera que la visite.

Viñas sabía, por ejemplo, en qué rincones de Jerusalén la penumbra sembrada por el atardecer del otoño ganaba su mejor intensidad. O en cuál de sus callejuelas y a qué hora de la mañana el paso de un camello alcanzaba su eco más cristalino.

Para apreciar cabalmente el Jesús negro expuesto en una iglesia minúscula, no me recomendó observarlo de frente ante el altar, sino desde el ala lateral derecha y a diez metros de distancia. "Si lo hacés al mediodía, sobre todo en invierno, verás en él resplandores insospechados", me aseguró.

Lo suyo en Jerusalén eran los rasgos sutiles, íntimos, ya sea de la luz, ya de la piedra, ya de las voces múltiples y entramadas unas con otras en sus calles predilectas. Y la vitalidad de un pasado que, al no ceder, abrazaba el presente y se convertía en eternidad.

El encanto de los ensayos de Montaigne se resume en una virtud superlativa: al leerlos, escuchamos la voz de un hombre del siglo XVI que nos habla íntimamente. Supo hacerlo creando un género literario y poniendo a nuestro alcance tanto las emociones que le daban que pensar como las ideas que lo conmovieron.

La aspiración de Montaigne fue la de darse a conocer: "Yo me atrevo no solamente a hablar de mí mismo, sino a hablar de mí mismo solamente: me extravío cuando hablo de otra cosa, apartándome de mi asunto. No me estimo tan atado y mezclado a mí mismo que no pueda distinguirme y considerarme a un lado como un vecino o como a un árbol. Lo mismo se incurre en defecto no viendo hasta dónde se vale que diciendo más de lo que se ve. Mayor amor debemos a Dios que a nosotros mismos y le conocemos menos, a pesar de lo cual hablamos de él a nuestro gusto".

"Lo que en mí siente, está pensando", escribiría tres siglos y medio después Ricardo Reis, heterónimo del portugués Fernando Pessoa.

La intimidad lograda con alguien no resulta de una intensa afinidad sino que ya es esa afinidad. La empatía con otro es la más alta expresión de intimidad. Pero ella no implica un conocimiento exhaustivo de quien la inspira. Así, quien más entrañable nos resulta no deja de ser nunca insuficientemente conocido. Iría más lejos: solo quien de veras nos importa puede convertirse, para nosotros, en un cabal desconocido. A medida que intimamos con él su complejidad nos excede al mismo tiempo que nos cautiva. Y es él también quien aprende a reconocerse y desconocerse en todo vínculo esencial. Solo las relaciones más íntimas se saben insaciables en términos de cercanía. ¡Qué retrato formidable de esa insuficiencia nos legó Lucrecio en su poema "La herida oculta"! Es ella y solo ella la que resulta plenamente diáfana donde late la auténtica intimidad.

La intimidad, por último, no aflora sino con esa doble carga de luz y de sombra que en nada afecta su intensidad ni la verdad de su entrega. Nunca está de más recordarlo: solo las relaciones superficiales ofrecen un contenido plenamente discernible

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