La literatura como acrobacia

Silvia Hopenhayn
Silvia Hopenhayn PARA LA NACION
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8 de enero de 2016  • 00:52

Así como hay "cine de autor", podría pensarse que también existe una literatura de autores. Aquellos que no responden a ninguna tendencia, sino que inventan mundos afines a sus ansias y se empeñan en hallar las palabras que puedan dar cuenta de ellos. No son escritores de "oficio" sino autores de estilo. Clásicos, disruptivos, pródigos, profusos…Uno de ellos, Orhan Pamuk (premio Nobel de Literatura 2006) es particularmente bienvenido, al menos por quien suscribe, ya que no le teme a las formas tradicionales para contar una historia de tremenda actualidad. Es un autor que renueva sin transgredir. Sus novelas suelen contar la historia de personas, ciudades, familias enteras, sin por ello caer en las sagas o la novela histórica. Lo hace de manera ordenada, incluso cronológica, ¡hasta se dirige al lector! -por muchos considerado una técnica en desuso. Es como si quisiera arrimar su historia a la lengua, para que nos encontremos a gusto.

Sus novelas se sitúan en el frágil puente que el propio Pamuk construye entre Oriente y Occidente. Difícil acrobacia, pero sin duda posible a través de su literatura. Muestra el resentimiento y la furia, así como el reparo del amor. Su visión de Turquía es afectiva, recóndita y expuesta a la vez. Nacionalistas, kurdos, marxistas, maoístas e islamistas se entremezclan en un verdadero fresco literario. Insisto, plagado de frescura. Muy cercano a cómo Clarice Lispector considera la escritura: "Crear no es imaginación, es correr el gran riesgo de acceder a la realidad". En los libros de Pamuk el riesgo es una apuesta ética; la condición de su acrobacia. Para seguir con Lispector y una frase que excede lo meramente literario: "Entender es una creación."

Las novelas de Pamuk se sitúan en el frágil puente que él mismo construye entre Oriente y Occidente

Pamuk cuenta los últimos decenios de su país con la intensidad de quien descubre lo bello y el horror con la misma delicadeza. En su último libro, Una sensación extraña (Random House), más que en ninguno. Quizá porque se trata de una novela de aprendizaje, ya que su protagonista, Mevlut Karatas, a los doce años abandona la aldea de Anatolia, donde nació, y se instala en Estambul como vendedor ambulante de yogurt. Mevlut está inmerso en una ciudad que lo sacude y encanta. Estambul, la urbe literaria de Pamuk, como el Dublín de Joyce o Manhattan para Woody Allen. Cito de la novela: "Así fue como Mevlut llegó a comprender por fin la verdad que una parte de él había intuido todo el tiempo: caminar de noche por las calles de la ciudad le hacía sentir como si deambulara por el interior de su propia mente. Y por esa razón, cuando hablaba con los muros, los carteles publicitarios, las sombras y las formas extrañas y misteriosas que no llegaba a distinguir en la oscuridad, era como si estuviera hablando consigo mismo."

Pamuk, como Cortázar en Rayuela, juega con el azar de los encuentros. La ciudad es el escenario del azar por excelencia, donde las calles se cruzan, las esquinas esperan, las personas se encuentran. Y así como en el famoso comienzo de Rayuela, Horacio Oliveira dice, en relación a La Maga, "Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos", en Una sensación extraña, el protagonista prefiere retrasar su paso, para contemplar a Neriman en las calles. Pamuk lo describe bellamente: "Todos los edificios, comercios, vidrieras y carteles de cine que se interponían entre ellos le parecían a Mevlut algo así como fragmentos de la vida que compartía con Neriman. Como si, a medida que aumentara el número de pasos entre ambos, aumentaran también sus recuerdos en común."

Estos encuentros amorosos son frecuentes en las novelas de Pamuk, no exentos de tensiones familiares, políticas y urbanas. Osman, el protagonista de La vida nueva (2002), pregona: "Un día leí un libro, y toda mi vida cambió." Para Pamuk la lectura no es una enseñanza, tampoco un deber, ni un entretenimiento. En Pamuk, el encuentro con un libro es producto del amor. Cuando en esa misma novela, la protagonista le pregunta: "¿Qué es lo que te atrae del libro?" Él no le contesta, pero piensa: "el que tú lo hayas leído." Dar con un libro es dar también con una persona, sobre todo si detrás de un libro hay un autor… como Pamuk.

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